Qué tienen las chicas del cable para haber conseguido conectar con tantísimas mujeres

Más allá de su meticulosa recreación histórica y sus complejas urdimbres emocionales, lo que está claro es que ‘Las Chicas del Cable’ aborda una problemática social que preocupa mucho a nuestra generación: el empoderamiento de la mujer dentro de mundos intensamente machistas. Y Netflix lo sabe, por nos ha regalado títulos como Orange is the new black, Glow o Ingobernable, que por primera vez situaban a personajes femeninos en el centro de sus historias, y no ya relegadas a papeles secundarios.

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Y ahora nos ha devuelto a Las chicas del Cable con su segunda temporada.  Ocho nuevos capítulos donde se es testigo del pulso que mantienen esas mujeres, pioneras de una lucha por la igualdad de género que todavía hoy perdura, con la sociedad heteropatriarcal de los años veinte. Ocho nuevos episodios donde constatar que, al final, la cosa no ha cambiado tanto casi cien años después.

Pensemos si no en toda esa maquinaria sexista que la primera temporada desnudó: una complicada y limitada incorporación de la mujer al mercado laboral, una represión sexual que la mermaba y le impedía fluir con libertad, un etiquetaje ofensivo cuando salía de los márgenes de aquello que le decían que debía ser. Son rasgos que, desgraciadamente y por mucho que haya llovido y se hayan suavizado, cualquier mujer conocerá como la palma de su mano. Por eso permanece el espíritu #chicasdelcable en nuestra generación.

Y si aquella primera temporada fue una escalada hacia la libertad, esta segunda será una lucha por conservarla, algo que tampoco suena ajeno en un mundo plagado de amagos de retroceso social. Ahora ya no son simples telefonistas: se han empoderado, han tomado el control de sus vidas y están al cargo de las decisiones. No obstante, la independencia, el acto de vivir tu vida como siempre has querido vivirla, siempre ha tenido un precio. En unas ocasiones, el desprecio. En otras, la culpa. Pero es ahí, en la percepción de tener libertad para elegir, de ser la verdadera timonel de tu destino, de hacerte responsable de las consecuencias de tus decisiones, donde radica la felicidad de existir.

Las protagonistas aprenden esto de primera mano. Porque la trama de la serie viene envuelta en un manto mucho más sombrío y moralmente confuso, fruto de esas decisiones incorrectas que solo pueden surgir desde la libertad. Porque solo puede equivocarse quien tiene la capacidad de elegir. Y para mantener esa capacidad, las chicas del cable harán todo lo posible, incluso ejecutar un turbio crimen que las unirá en el sentimiento de culpabilidad y en la necesidad de encubrirlo para protegerse las unas a las otras. Porque si la escalada hacia la libertad de la primera temporada era ardua y fangosa, la tarea de preservarla ante toda una sociedad que trata de arrebatártela es titánica.

La trama emocional se presenta llena de complejidad. Si el fin justifica los medios o no, es un convencimiento personal. Un sentir innegociable que hará que cada uno de nosotros interprete lo que ocurre en los episodios en base a su propia moralidad. Sin embargo, nadie pone en duda que, en principio, cualquiera de nosotros haríamos lo que estuviese en nuestra mano para seguir siendo libres si el entorno que nos rodea conspirara para dominarnos, sea 1929, 2018 o 2075, si tenemos la desventura de continuar en las mismas.

Y esa es la premisa del cuarteto protagonista, que lidiará con ello mientras se ve envuelto en enmarañados romances y crisis de identidad que sobre volarán toda la temporada. Una que, seguro, seguirá siendo un espejo en el que mirarnos.

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