La bomba de humo es una necesidad vital universal

Run, la nueva serie de HBO, creada por Phoebe Waller-Bridge y su amiga Vicky Jones, parte de la complicidad que necesitas en ciertos momentos de la noche

Todos los que hemos vivido fuera del epicentro de la ciudad tenemos una especie de estrés post-traumático por la experiencia de cuánto se tarda de de volver de fiesta a casa. Nos lleva a que en medio de la noche, en el tercer o cuarto cubata algo se encienda en nuestra cabeza. Clack. Automático. Hay que planear la estrategia para irse a casa.

Decir adiós a todo el mundo me llevaría media hora y acabaría llegando a las 4:30. De verdad podría usar ese tiempo para pillarme un kebab en el camino. Además, está esa amiga que no me dejaría escapar tan rápidamente. Así que cojo por banda a otra amiga de confianza —esa que tiene cara de que me comprendería y muy seguramente me envidie por la decisión que voy a tomar— y le digo: “que me voy a casa, si alguien pregunta”. Lo comprende. Me apoya. La quiero. Me pongo dirección al baño y giro en la última esquina donde nadie me ve. Me voy: a mi cama.

La nueva serie de HBO, Run, parte de la misma complicidad entre amigas. Su productora, la It Girl del momento Phoebe Waller-Bridge (creadora, directora, actriz y todo en Fleabag, y creadora de Killing Eve) y su amiga Vicky Jones (creadora de Run) solían dibujar la palabra “run” con los labios en eventos sociales para hacer la conocidísima y aparentemente intercultural técnica de “la bomba de humo”. Al parecer, la socialité de creadoras británicas de moda y yo (y muy seguramente tú) compartimos tradiciones en silencio. Las ganas constantes de huir son universales.

Bomba de humo llevada a extremos

En Run, Bill y Ruby, que fueron pareja en la etapa universitaria, hacen un pacto: si uno manda un SMS que dice “Run” al otro y el otro responde con “Run”, ambos dejarán sus vidas atrás y se irán juntos en un tren rumbo al oeste. El pacto, para goce de un espectador aficionado al drama, se cumple cuando llevan 15 años sin verse ni hablarse, más allá de algunos “Run” a lo largo de los años que nunca recibieron respuesta.

La serie fue planteada y vendida desde sus promos como comedia romántica (que supongo que el prejuicio que teníamos aquellos que habíamos vivido intensamente el romance entre el Hot Priest y Fleabag había influído en ello), pero a medida que pasan los capítulos esto queda claro como una simple estrategia de marketing para arrastrarnos hacia dos personajes oxidados en lo existencial. Quizás también se puede discutir que este sea uno de los futuros de la comedia romántica, explorando el género desde vías menos convencionales. Sea como fuere, es la química entre sus actores Merritt Weaver (la que habíamos visto anteriormente en Historia de un matrimonio o Unbelievable) y Domhnal (About Time o incluso la última trilogía de Star Wars) hace que este tren que se guía por la tensión sexual no se descarrile.

Una serie para el escenario

La serie brilla en sus momentos más teatrales, posiblemente porque Vicky Jones venía de dirigir la película de Fleabag en el National Theater y así como Phoebe Waller-Bridge parece más cómoda en los códigos de este otro formato. Bill y Ruby pasan la mayor parte del tiempo en un tren que al estar en constante movimiento sale de los espacios físicos, haciendo que lo único que importe sea la gente que va en él y los estrechos pasillos que los fuerzan a estar cerca. Se magnifica cada gesto y cada palabra que hay entre ellos. Y sin embargo, aunque las paradas que hace el tren ayuden a que la historia avance, su tensión queda evaporada en la nada cada vez que salen de él. La de Bill y Ruby es una relación que solo funcionaría sin contexto, suspendidos en el vacío del espacio sin pasado ni futuro.

Así como Fleabag sí que conseguía adaptarse al formato serie e incluso aportar frescor a las mil series con la misma estructura narrativa que vemos cada día con ideas como la ruptura de la cuarta pared (¡y el juego que tiene con esto y el Hot Priest para representar el amor como ser visto por el otro!) o monólogos que son más comunes en obras en directo, a Run le falta chicha y riesgo. Las partes más televisivas de la serie —aquellas que se vuelcan más en el thriller, o más en la romcom— quedan como adornos raros, como cuando entras en casa de alguien en julio y te encuentras con decoración navideña por las esquinas. La acción que ocurre alrededor de ellos son metáforas circulares para recalcar sus propias decisiones. 

¿Es posible dejar el contexto de uno atrás por un romance? Ruby está arrinconada en una vida familiar con dos hijos. Billy es un personaje mediático que es incapaz de huir de sus obligaciones públicas. La serie es una carrera por la supervivencia de ese ideal del romance y de cómo para romper con el pasado, si se elige, el sacrificio es constante. A escala grande, esta bomba de humo necesita de constantemente responder a whatsapps de amigos que te dicen “ey, te has ido?” “donde estas?” “tía, han puesto Gasolina vuelve YA del baño”.

Run tiene aspectos fallidos, otras virtudes muy buenas y casi seguro funciona mejor para vérselo del tirón en una tarde sin demasiadas expectativas. Pero si acabar Fleabag te dejó un hueco en el alma que parece no rellenarse con nada, exploración de la angustia emocional a ritmo frenético de Run puede ser un buen parche temporal para ti.

CN