El verdadero problema de C. Tangana y el postureo en los yates

La contaminación y el incordio en Instagram que supone el postureo en los yates, alimentado además por artistas como C. Tangan, supone la legitimación de un lujo con un elevado coste medioambiental

“Cierras los ojos, el viento de cara. Estás en un yate, agua salada”. El plan de la canción de C. Tangana suena de lujo y tus amigos han encontrado por fin la banda sonora ideal que acompaña a sus stories en el barquito que han alquilado para montar sus fiestas privadas por el mar, un plan ideal en plena pandemia, con las discotecas cerradas y el riesgo de contagio de las aglomeraciones con desconocidos.

Pero más allá de la turra que te han dado en Instagram o de la polémica foto de Tangana rodeado de chicas al más puro estilo Jesús Gil, esos yates no molan nada si el molómetro incluye lo que contaminan. ¿O es que nadie se ha planteado el daño que hace al medio ambiente “el reguerito que vas dejando” de aceite, las emisiones de humo, el ancla contra la posidonia en el fondo del mar?.

Claro, “sé que si miras para atrás aún te persigue el pasado / pero vas a toda hostia y el champán está helado”, joder, has tenido un año durísimo, con la pandemia, los curros, los amores, y no hay desconexión más total que meterte en el yate con tus colegas y tus bebidas: paisaje, naturaleza y fiesta. Pero si en vez de mirar para atrás miras un poco hacia adelante, o incluso al presente, la cosa del yate no es tan guay. Suerte que se acaba la temporada.

Para empezar, todo tipo de embarcaciones (los cruceros más, pero también los yates) contaminan el medio ambiente con los productos químicos que emiten sus combustibles, sobre todo gas y petróleo, pero en ocasiones también zinc o mercurio que pueden dañar a la calidad del agua, según explica un artículo de Muy Interesante.

El estudio más importante sobre la contaminación de los barcos se hizo hace ya unos años, en 2009, y la Organización Marítima Internacional (OMI), de la ONU, determinó que el transporte marítimo contamina miles de veces más que el terrestre. Un crucero contamina como un millón de coches, pero un yate también tiene su qué.

Según Transport and Environment, de las 139 toneladas de Co2 anuales que emiten los barcos en España (más que el total de coches de las 30 mayores ciudades españolas), 53 millones corresponden a buques de carga, 20 a pasajeros (cruceros) y 7 a otros sectores, entre los que estarían los yates. El “reguerito (grasiento, eso no lo dice la canción) que vas dejando” también contamina y si hay un vertido, un derrame de gasoil, la contaminación se multiplica.

Aún hay más: Los lastres de las embarcaciones amenazan la posidonia y el coral marino, plantaciones indispensables para la biodiversidad marina y por tanto también para el planeta y para el ser humano. En lugares como Jávea, en Valencia, o Calvià, en Mallorca, han tenido que proteger los fondos marinos ante el aluvión de yates.

En Baleares, es difícil encontrar a un local que no hable sobre estos barcos que tienen rodeadas las islas como si fueran piratas. Cada vez es más normal que un mallorquín se vaya a su playa desconocida preferida a descansar del ruido y se encuentre un yate con la música a toda castaña dejando cada vez menos lugares de desconexión. Más que “vete, vete, muy lejos de aquí”, como canta Puchito, a los yates podríamos cantarles: “Desaparece”.

Medios como Expansión avisan de que el futuro podría estar en los yates eléctricos voladores, que no emiten CO2. Aunque bueno, como pasa con los coches eléctricos y con las placas solares, habrá que ver lo que contamina producir los materiales con los que están hechos y lo que contaminan los residuos del vehículo una vez está inservible. Vamos, el rollo de siempre del capitalismo.