El primer matrimonio gay de España fue hace 1000 años

Eran Pedro Díaz y Muño Vandilaz, dos gallegos que se prometieron, institucionalmente, cuidados mutuos, compartir sus bienes y heredarlos en caso de fallecimiento

“Yo os declaro esposo y esposo”. Unas palabras que, hasta la aprobación del matrimonio igualitario en España, en 2005 (uno de los pioneros en todo el mundo), no se habían escuchado. Bueno, sí. Porque 1000 años antes ya hubo la primera boda gay (documentada) de nuestro país, como recuerda el diario Público. Fue el 16 de abril de 1061, y "tuvo como contrayentes a Pedro Díaz y Muño Vandilaz, vecinos de la parroquia de Santa María de Ordes, ubicada en el concello ourensano de Rairiz de Veiga. Una unión oficial en la que ambos se comprometían a cuidarse mutuamente, a compartir sus bienes y a trabajar por igual”.

Eso sí, no fue un matrimonio eclesiástico, sino un emparejamiento institucional, en el que ambos hombres prometían cuidados y asegurarse heredar los bienes de su cónyuge, algo parecido a las uniones civiles. Como declara el documento, “y si Pedro muriese antes que Muño, dejará a Muño la propiedad y los documentos. Y si Muño muriese antes que Pedro, le dejará la casa y los escritos”. Además, este caso no es algo residual o anecdótico. No fueron unos locos yendo a contra corriente. Era algo más habitual de lo que solemos creer, más que nada que no fue el único caso de "matrimonio" gay en la Europa medieval (hay otros documentados), aunque sí el más antiguo de la península Ibérica.

El texto estaba almacenado en el archivo de Madrid, que fue descubierto por el medievalista estadounidense John Boswell, que analizaba en un ensayo “la tolerancia del cristianismo en sus orígenes con las relaciones entre dos hombres”, según recuera Público. Esta tesis se basa en que, en la primera mitad de la Edad Media, encontramos estas uniones homosexuales oficializadas y algunas hasta santificadas mediante rituales similares a los que se aplicaban en la época para las uniones heterosexuales. Eso sí, aunque eran consideradas ceremonias de hermanamiento y tenían validez institucional, eran vistas como algo diferente al matrimonio. Eso, por supuesto, no elimina las evidencias: había una mayor aceptación de lo LGTBI en la Edad Media de lo que solemos creer por culpa de la leyenda negra, que dibuja el periodo como una época de oscurantismo e intolerancia.

Estas evidencias históricas demuestran, de nuevo, que la homosexualidad no es fruto de “la postmodernidad” ni de “las teorías queer” ni todos esos argumentos que utiliza la extrema derecha para retroceder en los derechos LGTBI, algo que merece ser recordado, y más aun después de las polémicas declaraciones de la diputada de Vox Macarena Olona, que se oponía a prohibir las traumáticas terapias para “curar” la homosexualidad, añadiendo que eso “vulneraría el derecho que cualquier persona, sea o no homosexual, tiene a acudir a un especialista que le ayude a encontrar su identidad”. A pesar de que estas terapias han sido catalogadas por la Organización Mundial de Psiquiatría como “potencialmente dañinas”, “amenaza grave para la salud” y una “violación de los derechos humanos”. En resumen, un discurso altamente peligroso.