Las hamburguesas veganas cada vez saben mejor pero son la peor solución posible

La irrupción de las hamburguesas "imposibles" no ha supuesto una mejora nutritiva ni tampoco una solución medioambiental

Desde hace algún tiempo comerse una buena hamburguesa ha dejado de ser sinónimo de ingerir una masa de carne sangrienta. A medida que más y más personas eligen pasarse al veganismo como manera de expresar su rechazo a los excesos de la industria cárnica y, en general, los abusos a los que sometemos a los animales para nuestro propio provecho, las cadenas de comida rápida han explorado alternativas para captar esta corriente cada vez mayor con hamburguesas con cero contenido en carne. 

La aparente respuesta al dilema de las hamburguesas veganas pareció llegar en 2017 con las hamburguesas “imposibles”. Según explicaba el profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford, Patrick Brown, el “hemo”, un ingrediente obtenido a través de la fermentación de la hemoglobina de soja, permitía la creación de hamburguesas con un sabor idéntico al de la carne real y un porcentaje proteico similar.

Un negocio no tan saludable

El éxito del hallazgo fue tal que dos empresas, Impossible Foods y Beyond Meat, se lanzaron a la producción de las hamburguesas imposibles permitiendo que tres de las principales cadenas de alimentación del país —entre ellas Burguer King— incluyesen la opción vegana en sus menús. Sin embargo, el problema de las hamburguesas a base de hemo es que no son para nada más saludables que las tradicionales. 

De hecho, estas hamburguesas no dejan de ser productos con un alto grado de procesado y con la presencia de numerosos químicos. Aunque la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) aprobó su consumo en 2018, los informes de la OMS han situado a este producto al mismo nivel de la carne roja en cuanto al riesgo potencial de cáncer asociado a su consumo. Es decir, la alternativa a las hamburguesas de toda la vida es igual de mala o peor.

La demanda colapsa la alternativa

Por si fuera poco, el aumento de la popularidad de este alimento vegano —el 15% de los estadounidenses prefieren consumir hamburguesas veganas— unido a la dificultad para para su procesamiento está provocando que esta creciente industria no sea capaz de atender la demanda, lo que ha implicado que sus precios continúen siendo muy superiores a las de las hamburguesas de carne real —la hamburguesa Beyond Meat cuesta el doble que una de carne—. 

Al final la paradoja se hace evidente: en nuestro esfuerzo por evitar el consumo de productos de origen animal hemos acabado por generar un nuevo problema. La dependencia de la soja transgénica que, según los últimos estudios supone un 83% de la producción mundial, unido a que el consumo de carne a nivel global no deja de crecer —la mayoría de los países de Europa occidental consumen entre 80 y 90 kilogramos de carne por persona al año—, han provocado un panorama muy poco alentador. Quizá la verdadera solución no esté tanto en buscar alternativas, sino en consumir mucho menos.