Cómo gestionar la frustración que nos produce no poder cambiar el mundo

Gestionar tu frustración y concentrarte solo en aquello que sí puedes cambiar podría ser una manera muy efectiva de contribuir a pequeña escala para cambiar este mundo 

Si hubieras nacido unos cuantos siglos antes, el sentido de tu vida estaría probablemente determinado: tus días en la Tierra tendrían por objetivo ser un buen vasallo de tu rey y ganarte un lugar en el cielo junto a un dios. Pero hoy las cosas han cambiado bastante: para la mayoría de la gente el sentido de la vida no viene de fábrica, sino que debe decidirse sobre la marcha. Y son muchas las personas que escogen cambiar el mundo como motivo existencial. En principio, una meta muy noble y necesaria, pero esconde un reverso doloroso y amargo, según cuenta el escritor especializado en autoconocimiento Gregg Levoy en Psychology Today.

"Si identificas un problema, lo resuelves y desaparece, entonces sientes que has hecho lo suficiente. Pero con los problemas globales como el cambio climático, la desigualdad o la pobreza, especialmente en su escala y urgencia actuales, no tendrás esa satisfacción". Porque tú no puedes solucionar el mundo. Simplemente te tienes que limitar a tener un pequeñísimo impacto en él. Un impacto que, por otro lado, resulta muy complicado de medir. De ahí que tantos activistas y tantas personas comprometidas con la mejora del planeta se sientan insuficientes. El problema no está en ellos ni en lo que hacen. Es que la tarea resulta descomunal.

Según Levoy, este sentimiento de inutilidad conduce a una de estas dos actitudes: a una intensificación poco saludable del esfuerzo o a un abandono del propósito inicial. Y debes ser honestx contigo mismx: "La dura verdad es que la diferencia que probablemente hagas en términos de historia humana, evolución, conciencia o sufrimiento es aproximadamente equivalente a arrojar una piedra a un lago". Pero ojo porque esa pequeña piedra eleva mínimamente el nivel del mar. Y, como no puedes medir cuánto, "tienes que creer en el valor de que estés ahí y hagas tus buenas obras". Es una cuestión de fe. No te queda otra para continuar.

Pero existe una alternativa a la fe. Consiste en establecerse metas infinitamente más modestas, pero que van en la línea del cambio global que quiere conseguirse. No puedes cuantificar cuánta desigualdad combates en el mundo, pero puedes cuantificar a cuántas personas de tu entorno has ayudado. "Cuanto más cuantifiques tus metas, más probabilidades tendrás de conocer y de sentirte satisfechx cuando las alcances", dice Levoy. Además, fijarse estas metas más asequibles evita que caigas en comparaciones absurdas. Al fin y al cabo, "el umbral de cada persona de lo que es una suficiente contribución al mundo es diferente".

De hecho, para algunas personas resulta más relevante contribuir en una escala muy cotidiana y cercana que enfocarse en los grandes problemas de la humanidad. Y está genial. Tal y como señala este experto, "trabajar en nombre del medio ambiente o las relaciones raciales es sin duda un servicio útil, pero también lo es escuchar a un amigo, cuidarse a unx mismx cuando está agotado y escoltar a los insectos fuera de casa en envases de yogur en lugar de matarlos". Necesitamos gente comprometida con el planeta pero, "si terminas amargado y agotado, no estarás haciendo ningún bien a nadie". Libra las batallas con el espíritu adecuado.