La ecoansiedad existe y podría estar afectándote más de lo que piensas

Las consecuencias mentales de la crisis climática reciben el nombre de ecoansiedad y es mucho más común de lo que la mayoría cree

Oleadas de calor extremas, chubascos e inundaciones, imágenes de peces muertos o de barcos contaminando el mar. Incendios en Siberia, en el Amazonas o en Grecia. Y la previsión de la ONU que sitúa en 2030 la fecha límite para revertir algunos de los efectos más graves del cambio climático o la temperatura aumentará 1,5 grados de media. El bombardeo de noticias sobre la crisis climática y la sensación de que nos vamos al garete tienen unas consecuencias psicológicas. Se llama ecoansiedad. 

Aunque no está considerada una enfermedad, la American Psychology Association describe la ecoansiedad como “el temor crónico a sufrir un cataclismo ambiental que se produce al observar el impacto aparentemente irrevocable y la preocupación asociada por el futuro de uno mismo y de las próximas generaciones” según explica la BBC. Dicho así, parece que estamos hablando de realismo y de empatía, pero hay unos síntomas asociados que pueden hacer que te rayes demasiado.

En un documental de la BBC, un joven estudiante, Sam, explicaba que había tenido problemas para dormir y palpitaciones. Y Tim Gordon, biólogo marino de la Universidad de Exeter, en Inglaterra, relataba cómo a veces rompía a llorar en medio de sus investigaciones en el océano. 

En una entrevista con El Periódico, Caroline Hickman, psicoterapeuta experta en ecoansiedad y afiliada a la Climate Psychology Alliance, definía la ecoansiedad como “un conjunto de sentimientos confusos y entrelazados que sirven de preámbulo para el despertar de una concienciación ecológica”. La investigadora alerta de que niños y adolescentes, así como granjeros y comunidades indígenas, se muestran más sensibles a esta preocupación. Y de todas formas, advierte de que le preocuparía más que no existiera esta alarma y que al fin y al cabo esta ecoansiedad es en el fondo un síntoma de “buena salud mental” porque implica preocupación por el planeta y empatía. 

Aunque la “impotencia” por el limitado alcance que puede tener el comportamiento individual ante el cambio climático puede ser uno de los síntomas de la ecoansiedad, el activismo puede ser la respuesta al bloqueo que puede surgir de esta confusión. Más allá de la psicoterapia o de los fármacos para dormir mejor o estar más tranquilo -que sería el último recurso si lo decide un médico-, pasar a la acción ayuda a contaminar menos, a presionar a los poderes. 

Por un lado, la triple erre pone en nuestras manos acciones concretas contra el cambio climático: reducción de consumo, reutilización de bienes y reciclaje. Lo más importante es reducir el consumo: menos plástico en bares, menos coche, menos ropa, intentar reducir el consumo a lo esencial. Por el otro, usar más de una vez todo lo que se pueda: llevar tuppers a las tiendas de comida preparada, usar tu propia bolsa de tela, coser aquel pantalón que se te ha roto...Y por último estaría el reciclaje, que erróneamente creíamos que era suficiente. Pero claramente eso no va a acabar con tu ecoansiedad porque aunque tú cambies tu actitud seguirás viendo coches, barcos, humo y plásticos a tu alrededor. Y puede que te indigne que mientras tú haces esfuerzos y los supermercados te cobren la bolsa de plástico, al mismo tiempo llenen sus estanterías con promociones plastificadas. 

Contra eso, y contra la insuficiencia de las políticas públicas para cambiar el modelo de relación con el planeta, solo queda alzar la voz y presionar. Para ello, existen plataformas como Friday’s for Future, la famosa plataforma de Gretha Thunberg, Greenpeace o Extinction Rebellion, aunque también puedes hacer activismo desde tu asociación de vecinos más cercana presionando para la rehabilitación energética de edificios o para una política más eficaz de gestión de los residuos en tu barrio.