El desierto que se está convirtiendo en un gigantesco vertedero de ropa

Aproximadamente 39.000 toneladas de ropa sin estrenar acaban en este desierto cada año convirtiéndolo en un auténtico vertedero

Para comprender debidamente esta tragedia tienes que conocer a sus dos protagonistas. El primero de ellos es el desierto de Atacama, ubicado en el norte de Chile y con una superficie total de 105.000 kilómetros cuadrados. El segundo de ellos es el voraz consumismo de ropa propio de las sociedades occidentales. Según aseguran desde Magnet, "se estima que el equivalente a un camión de basura con ropa se quema y se envía a un vertedero en el mundo cada segundo". El problema es que los vertederos no son espacios metafísicos: tienen que estar emplazados en algún lugar de la geografía. Y Atacama se está llevando la peor parte.

Porque Chile funciona como una especie de país mediador que conecta la producción de ropa de países como China con todos los países de América Latina. En concreto, apuntan desde este medio, "unas 59.000 toneladas de ropa llegan cada año al puerto de Iquique en la zona franca de Alto Hospicio en el norte del país". Ahí van los comerciantes de ropa del continente a hacerse con esas prendas fabricadas en China o Bangladesh y que en Europa y Estados Unidos no hemos querido comprar. Aunque no se hacen con todas. "Al menos 39.000 toneladas que no se pueden vender acaban en basureros" ubicados en el desierto.

Según explica en Magnet el especialista Franklin Zepeda, el motivo de esta localización es que "la ropa no es biodegradable y tiene productos químicos, por lo que no es aceptada en los depósitos sanitarios municipales". Y obviamente tiene que acabar en algún lado. No puede simplemente desmaterializarse. Así que termina en un hermoso paraje natural, hábitat de algunas especies animales increíbles como el guanaco, la vicuña, la vizcacha, el zorro del desierto, el lobo gris o el flamenco. Les estamos rodeando de mierda para poder seguir viviendo nuestro demencial estilo de vida. Uno basado en las modas rápidas y el ansia.

A fin de cuentas, la inmensa mayoría de las prendas que llegan al puerto de Iquique son prendas sin estrenar que los ciudadanos de los países más ricos no hemos querido comprar. Y no porque no cumplan con la calidad esperada, sino porque hemos dejado de desearlas en muy poco tiempo. Piénsalo: nos da por los pantalones de campana, los compramos a mansalva, la demanda genera que en China y otros países asiáticos se produzcan más pantalones de campana, pero para cuando llegan ya estamos a otra y nos molan nuevamente los pitillos apretados. ¿Resultado? Para el desierto que van. Y se nos está yendo de las manos.

Y no es solo por las tristísimas montañas de basura de Atacama. En la actualidad, indican desde este medio, "la industria de la ropa es responsable del 20% del desperdicio total de agua a nivel mundial". Y hasta un 8% de la emisión de gases de efecto invernadero globales provienen de la misma. A ello debemos sumarle el consumo energético y de muchos otros recursos. Lo peor de todo es que la tendencia es preocupantemente creciente: "El consumidor promedio compra un 60% más de ropa ahora que hace 20 años". ¿Acaso tenemos más piel que cubrir? No. Sencillamente actuamos inconscientemente. Y eso debe cambiar.