El capricho de los ricos de irse de turismo espacial nos va a salir muy caro

Este capricho (porque es lo que es) dañará nuestro medio ambiente si no se frena porque el coste enérgico que supone es enorme

La carrera espacial que mantuvieron los Estados Unidos y la Unión Soviética entre los años 1955 y 1975, en el contexto de la Guerra Fría, generó avances extraordinarios para la ciencia y la tecnología. Hoy, una carrera muy similar, pero con el interés empresarial, y no patriótico, como telón de fondo, llena las páginas de todos los medios de comunicación del planeta: la carrera entre magnates descabelladamente ricos como Richard Branson o Jeff Bezos por dominar el sector del turismo espacial. No lo disfrutaremos ni tú ni nosotros. Solo aquellos con cuentas bancarias rebosantes. El coste ambiental de que los millonarios hagan turismo espacial es enorme y se trata de un capricho que pueden no llevar a cabo.

Porque estas aventuras espaciales no son inofensivas para nuestro planeta. Para empezar, y como aseguran desde The Conversation, "alcanzar el espacio es muy costoso energéticamente" y produce una inevitable huella de carbono. Y podríamos pensar que, bueno, en realidad muchas de nuestras actividades producen la maldita huella de carbono que contribuye al aceleramiento del cambio climático. Pero la cuestión no es esta, sino si resulta justo que a la inmensa mayoría de la población nos inviten a tomar menos aviones, consumir menos carnes y sustituir el coche por la bici cuando unos cuantos vuelan más allá de la atmósfera.

De hecho, y según las estimaciones, cada uno de los vuelos realizados por Virgin Galactic o Blue Origin será responsable de la emisión de entre 60 y 90 toneladas de dióxido de carbono. Esto supone que cada uno de los pasajeros de estos viajes emitirá durante los mismos entre 8 y 15 toneladas, lo que implica una huella de carbono muy superior a la emitida por una persona normal en el mundo durante todo un año. En España, por ejemplo, cada persona es responsable de la emisión anual de 5,4 toneladas de dióxido de carbono. Y esa cifra desciende considerablemente para ciudadanos de países menos desarrollados.

Además, y según apuntan desde este mismo medio, el impacto ecológico de esos viajes al espacio —que tanto la compañía de Branson, Virgin Galactic, como la compañía de Bezos, Blue Origin, han estrenado con éxito este mismo verano— no reside únicamente en las emisiones de dióxido de carbono que generan. También en "la liberación de gases en capas altas de la atmósfera durante los lanzamientos espaciales" como es el vapor de agua que, aunque inofensivo aquí abajo, "contribuye al efecto invernadero" cuando se desprende directamente sobre la capa de ozono del planeta. No destruyen el mundo por sí solos, pero no ayudan.

Hasta este momento de la historia, quienes habían abandonado nuestro planeta para viajar hasta el exterior, e incluso a nuestro querido satélite, eran científicos astronautas cuya principal misión era descubrir cosas y abrir nuevas vías de investigación que nos permitieran comprender el universo y vivir mejor. Ahora, gracias a estas gigantescas empresas espaciales, los viajes más allá de los confines de la Tierra son un juego, otra de las muchas recreaciones de ocio. El espacio convertido en otro escenario de diversión para ricos. Es normal que esté levantando tanto entusiasmo como críticas. No es democrático ni sostenible.