Viajé a Sri Lanka y entendí el verdadero significado de la palabra ‘desigualdad’

Estás sentado en tu cómoda silla de oficina o hincando codos en la uni. Corre el mes de febrero y has tomado la firme decisión de hacer un viaje largo este verano. Los destinos exóticos se barajan en el grupo de WhatsApp con los amigos y, al final Sri Lanka, se perfila como el lugar al que comprar los billetes de avión. Un país que sabes que existe porque te debes haber estudiado su capital en algún punto de tu etapa escolar, pero que difícilmente puedes situar en el mapa y que solo sabes que queda "allá por el sur de la India". Pero, lo que no sabes es que estás a punto de ver de cerca una abismal brecha social entre los que tienen demasiado y los que sobreviven con poco más que aire.

Nos habían dicho que era un país en el que costaba bastante moverse a no ser que contrataras un chófer, que también haría las veces de guía turístico e intérprete (la gente de allí chapurrea el inglés pero tirando a poco y mal), a un precio razonable entre los tres amigos que íbamos. Sin embargo, cuando descubrimos la mísera parte que cobraba nuestro acompañante local de todo lo que habíamos pagado nosotros, empezamos a intuir lo que a lo largo del viaje se nos fue confirmando: Sri Lanka es un país profundamente marcado por la desigualdad.

Lo que debes esperar de tu viaje a Sri Lanka es mucha naturaleza en Puttalam, templos budistas como el de Kandy, playita y snorkeling en Trincomalee. Si te descuidas acabarás comiendo curry en cada una de las comidas y puede que a algunas ni les notes el sabor de lo picantes que están. Cuando mires a tu alrededor en los restaurantes, no te extrañe estar solo, en temporada baja, o únicamente rodeado de turistas, en temporada alta, pero srilankeses, ni uno solo. Algo bastante fácil de entender con los sueldos que tienen y que les dan para construirse una de las cientos de miles de chabolas que verás en tu viaje y esperar a que algún otro turista como tú les deje una buena propina para poder llegar a fin de mes.

Estos srilankeses, a diferencia de los que trabajan para el gobierno y tienen seguro, pensión y cobran relativamente bien, tienen también que hacer malabares para cuando se hacen mayores (sería muy osado hablar de jubilación) porque, cuando la salud ya no les permite trabajar, la mayoría dependen de sus hijos para sobrevivir y, si no los tienen, están jodidos. Un día cogimos un tren para visitar las inmensas plantaciones de té de Nuwara Eliya que, si te gustan las infusiones en general, te encantará.

También descubrimos que el 80% de la economía del país todavía depende de la agricultura y por eso muchas carreras universitarias están dirigidas hacia eso. Los animales también formarán parte de tu viaje. Nosotros preferimos ver los que estaban en libertad como en Puttalam donde conseguimos ver uno de los 35 osos que hay y otro de los 45 leopardos además de cocodrilos, pelícanos, renos o pavos reales. También nos acercamos a un santuario de elefantes en Habarana y quisimos evitar las excursiones en elefantes que están en cautiverio y esclavizados para turistas como nosotros.

A la vuelta nos llevamos de Sri Lanka muchas experiencias, aprendizajes y también una buena bofetada de desigualdad social, de esas que solo se curan con políticas sociales que intenten asegurar una clase media con un mínimo de necesidades cubiertas, acceso a la educación y demás medidas que, probablemente, sus políticos ya sepan pero no apliquen por razones que yo desconozco (aunque sí que lo sospecho). Así que lo único que queda es volver a casa con ganas de disfrutar mucho de lo que tenemos, quejarnos menos de lo que ‘nos falta’ y dejar aparcado el curry durante unos cuantos meses.