Viajé a Japón y me sentí como un cavernícola peludo y maleducado

Estábamos sudando como cerdos, nuestras maletas pesaban como mil kilos y delante nuestro un señor japonés de unos 60 años no paraba de hacer reverencias y decir “hai, hai, hai”. Apenas un hora antes nos habíamos plantado en el aeropuerto internacional de Narita (a unos 60 kilómetros de Tokyo) y las señales en inglés que nos habían llevado hasta la salida del metro del barrio de Asakusa habían desaparecido entre una maraña interminables de kanjis (caracteres japoneses). Teníamos que encontrar el Sakura Hostel lo antes posible pero lo teníamos bastante jodido: en Japón nadie habla inglés y la mímica no te servirá para nada.

Así, y gracias a que conseguimos unos billetes de Air France a un precio razonable, comenzó la maravillosa experiencia de visitar el lejano Oriente. Corría el año 2010 y, aunque ya han pasado siete añazos, te diré con toda perspectiva que los 21 días que pasé en la otra punta del mundo fueron un verdadero viaje en el tiempo. A continuación te contaré algunas anécdotas sobre un choque cultural bestial que dejó mi reluciente ego europeo hecho una mierda. Por mucho que lo veas en la TV o en Youtube, ir a Japón es una experiencia iniciática que te hará vislumbrar los primitivos (y peludos) que seguimos siendo en muchos sentidos los ciudadanos ibéricos.

Nuestra paciencia es igual a cero patatero

Volviendo al señor que no entendía ‘ni papa’ cuando le explicábamos que queríamos ir al hostel, te diré que sin conocernos de nada estuvo una hora (60 minutazos, ni uno menos) dando vueltas por el barrio y parando a conductores de autobús y taxistas. Incluso nos pagó un billete en un autobús con forma de oso panda que, en teoría, debía llegar al hasta allí. Al final, una chica más joven que pasó por nuestro lado entendió que íbamos al único albergue para jóvenes del barrio y nos acompañó hasta la puerta, aunque eso le significara llegar tarde a la facultad. A los tres días, una señora pagó más de 50 euros por llevarnos en taxi al Yoyogi Park (por cierto, 100% recomendado un domingo para ver a los yankii).

Somos como cerditos comiendo

Poco después de dejar nuestras cosas en el conocido aunque extrañamente ubicado Sakura Hostel (no solo es barato sino que está cerca del famoso templo Senso-ji), nos vimos en la necesidad de ir a comer algo ASAP. Como mi colega se había dejado las baterías de la cámara en España, decidimos que lo mejor sería ir del tirón al barrio de Akihabara, el paraíso para los frikis de los gadgets, el anime y la tecnología, y aprovechar el camino para comer algo.

Al entrar a un restaurante en el que creemos que jamás había puesto los pies un gaijin (así nos llaman a los extranjeros), todo el mundo nos miró con cara de asombro y no era por los casi dos metros que medía mi amigo. No teníamos ni idea de qué hacer con la toallita caliente que nos dieron o cómo colocar los palillos. Fue un momento ‘unga, bunga’ total y nos dimos cuenta de que los japos se estaban descojonando con nuestras maneras rudas y poco elegantes.

Tenemos la cortesía pegada en el culo

Cuando nos subimos al shinkansen (el famoso tren bala que conecta Tokyo con el resto de la isla de Honshu y su vecina Kyushu) para continuar viaje hasta Kyoto y Osaka, flipamos con el nivel de cortesía extrema de sus azafatas y revisores. Aunque íbamos tres personas en el vagón cada vez que atravesaba la puerta nos ofrecía una lenta y pausada reverencia que se repetía a la salida. Lo que nos dejó más locos es que la reverencia se repetía en el vagón contiguo aunque estuviera vacío. Otro nivel, definitivamente.

El disimulo no es la principal virtud de los europeos

Todavía puedo recordar los gritos de ‘Mira, tío, una geisha’ que lanzábamos por Kyoto o cuando parábamos otakus de verdad por el barrio de Harajuku o Akihabara para sacarnos fotos con ellos (todavía no existía el fenómeno selfie). No sabría decir si lo que sentían era vergüenza ajena, alegría o si realmente hacían como que se reían (los japos siempre intentan esconder la risa) porque les parecía la mejor opción para escapar de las solicitudes de dos turistas hiperexcitados.

Sobre todo recuerdo la mirada de desprecio de los hosuto, una especie de ‘chulo putas’ que regentan los clubes nocturnos en Tokyo y que van 'makeados' hasta el infinito. Como no podíamos dejar de mirarles e intentar hacerles fotos, nos pillaron bastante asquete; eso sí, al ser tan educaditos ninguno pasó de mirarnos mal. En Japón hay cosas y lugares en los que los occidentales no somos bienvenidos, hay que entenderlo y listo.

Nuestra espiritualidad se reduce a las frases de Instagram

Jamás en mi vida había visto una cara de enfado más expresiva que la de un monje en un templo budista de Kyoto. El tema es que habíamos alquilado unas bicis para movernos por la ciudad y al pasar por al lado del muro de un templo chulísimo se nos ocurrió mirar dentro a ver qué tal. Sinceramente, estamos tan acostumbrados a que nuestras catedrales sean lugares turísticos que incluso pensábamos que habría un aparcamiento de bicis o algo al otro lado y pasamos por la puerta montados en las bicis sin pensar.

Automáticamente, dos monjes comenzaron a gritar y a perseguirnos para que no profanásemos un lugar tan sagrado para ellos. La semana siguiente, cuando ya llevábamos unos cuantos templos shinto y budistas a las espaldas, me di cuenta de la profunda espiritualidad que la mayoría de los japoneses mantienen a pesar de estar rodeados de la tecnología más loca que te puedas imaginar. Recuerdo perfectamente mi primer intento de meditar en un templo en las montañas del distrito de Ohara. No es que por entonces fuera especialmente religioso, solo que la armonía del lugar me inspiró a hacerlo. Increíble.

La pereza nos puede y nos pone de mala hostia

En Japón el concepto de pereza sencillamente no existe y eso que siempre verás gente quedándose sobada en el metro o en los bancos del parque. El tema es que allí se duermen por agotamiento, por currar demasiado y por despertarse extremadamente temprano para tener un hueco en el transporte público. Cada japonés hace de su trabajo un arte y no importa que se dedique a preparar katsu (la fritanga japonesa) en un chiringuito o, como y habréis visto en algún vídeo del Youtube, en el servicio de la gasolinera.

Otra cosa muy curiosa es que siempre llevan unos curiosos guantes blancos que se mantienen así de impolutos aunque estén trabajando en la construcción o barriendo las calles. Un detalle que te hace darte cuenta de lo jodidamente perfeccionistas y refinados que son. Además de que el contacto físico es mínimo, hasta el punto de que las puertas de los taxis se abren automáticamente. En fin, que los nipones convierten todo en una ceremonia y los detalles son para ellos extremadamente importantes, por lo que un gesto de pereza o hacer mal tu trabajo se considera una verdadera ofensa. Igualito que aquí cuando te atiende un funcionario, vamos.

Los rituales son la esencia del buen gusto

Para acabar, creo que no se podría entender hasta qué punto son refinados si no os hablo de mi experiencia en un ryokan (una hospedería tradicional japonesa con suelos de tatami y baños termales conocidos como onsen). Nosotros nos quedamos en uno a los pies de un templo budista en las montañas del distrito de Ohara (a unos kilómetros de Kyoto) y nada más llegar nos recibió con reverencias un matrimonio de ancianos, que nos descalzaron y nos hicieron partícipes de la ceremonia del té verde o matcha (algo muy relacionado con el budismo zen).

Imagínate dos tíos sudados hasta la deshidratación en tirantes y chanclas, cargados como porteadores del Tíbet y esperando a que una señora de 70 años que se movía a la velocidad de un gato de escayola nos hiciera un té. Fue uno de los momentos en los que me sentí como un estúpido occidental con una mentalidad de Mc Donald's que no era capaz de apreciar una ceremonia tan exquisita simplemente porque tenía prisa. Os lo digo, aunque Japón es el país de las prisas (sobre todo en Tokyo) realmente saben parar en ciertos momentos y tomarse sus rituales muy en serio. Cada movimiento es consciente y tiene un significado, además de traer su mente al presente. Nada que ver con nuestros rituales antiestrés de cervecita y tapas en una terraza.

En fin, si has leído hasta aquí lo más probable es que ya te hayas convencido de que los japoneses están al otro lado del mundo y de la evolución humana. No digo que sean mejores o peores, solamente que visitar Japón y abrir la mente para ver nuestros propios defectos puede ser una de las experiencias más enriquecedoras que se pueden tener.