Turismo De Acantilados En Los Que Ver El Fin Del Mundo

Imagínate un lugar en el que puedas sentarte al borde del infinito, con el mundo a tus pies y solo la brisa y el silencio en el horizonte. Una energizante calma recorre tu cuerpo y, de repente, te sientes capaz de cualquier cosa. Ahora deja de imaginar, porque ese lugar existe, es más, hay varios repartidos por todo el mundo. Porque viajar es mucho más que ir a descubrir ciudades, esta es la lista de los acantilados que te harán sentir en el filo mismo del paraíso.


Vixía Herbeira, en Galicia

Nuestra primera parada más cerca de lo que imaginas. Coge la mochila y anímate a hacer turismo nacional para contemplar esta maravilla situada en la costa de Galicia. Te encontrarás de pleno con más de 600 metros de caída casi vertical en uno de los acantilados más altos de toda Europa. La humedad de la zona permite disfrutar de un manto verde a lo largo de todo el recorrido, adornando el encuentro con el mar con una belleza que casi deja sin aliento.

No hay líneas rectas y el clima hace que el paisaje nunca sea igual; puede sorprenderte con aguas azul oscuro o con un blanco salvaje en días de fuerte oleaje. Es un lugar para perderse, tan grande que puedes quedarte tranquilamente en soledad. Llévate unos auriculares y escucha tu canción favorita; no lo olvidarás jamás.


Preikestolen, en Noruega

En la costa oeste de Noruega, cerca de Stavanger, encontramos uno de los acantilados más famosos del mundo: ‘El Púlpito’. No es para menos, entre su abrupto perfil asoma una piedra de finas líneas que los noruegos comparan al púlpito desde el cual los padres luteranos predican cada domingo. De ahí que su nombre se traduzca literalmente como ‘la silla del predicador’.

El lugar perfecto en el que terminar la ruta por el rocoso paisaje de la región de Rogaland que divide el mar en complicados lagos. El mirador no es apto para los que tengáis miedo a las alturas, ya que se trata de un rincón en mitad de la naturaleza en el que una roca parece querer precipitarse al agua del Lysefjord en 604 metros de caída 100% vertical.Para los que no se atreven con los deportes de riesgo, esto es lo más parecido a tener alas que jamás experimentarás.


Acantilados de Étretat, en Francia
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Tal vez no sea uno de los más altos, pero sin duda es uno de los más bonitos. El mar en esta zona de la Normandía francesa te regala una magnífica visión azul cristalina en tonos turquesa con una muralla de piedra blanca que parece querer proteger y refugiar semejante escena. Lo más característico de Étretat son las rocas con forma de puente que dibujan el horizonte, como pequeñas puertas que te dejan tener el privilegio de seguir viendo más allá de lo que tus ojos alcanzan. Al atardecer el paisaje se tiñe de un naranja y azul cálido que dota de una calma especial a la puesta de sol. Imposible relajarse más.


White Cliffs en Dover, Reino Unido
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Este acantilado es simplemente magia pura, no existe nada igual en todo el mundo. Sus paredes se dibujan a la perfección, como si les hubieran hecho un corte limpio con cuchillo, se levantan rectas y blancas directamente del mar, pudiendo parecer un iceberg a lo lejos de no ser por la mullida capa verde que cubre su superficie.

En un día de mar calmada, simplemente túmbate en el césped y siente la luz del brillante y pálido paisaje para decir adiós a cualquier estrés que pudieras traer contigo. Como una imagen vale más que mil palabras, no os perdáis las espectaculares vistas en motocicleta por el borde del acantilado que nos regala el final de la película Quadrophenia.

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La playa de Navagio, en Grecia
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Volvemos a aguas cristalinas y en calma, esta vez en Grecia. En una de las playas de la isla de Zante encontramos un remanso de tranquilidad acompañado exclusivamente por el mar, el cielo y las rocas que dibujan este pequeño trocito de cielo. Los acantilados que rodean esta playa se convierten en el mirador perfecto para contemplar el mar y los restos históricos del naufragio de Panagiotis, un barco que todavía hoy sigue reposando en la orilla.

Para disfrutar de las vistas es mejor ir en la primavera, cuando las pequeñas barcas hacen viajes privados a la playa, única forma de acceder a ella. En verano llegan embarcaciones más grandes y la privacidad se esfuma, aunque se puede recorrer a pie los acantilados y perderse entre ellos.

Para los más aventureros, existe la posibilidad de lanzarse al vacío desde lo alto del acantilado y dejarse caer en la orilla de la playa en parapente, ala delta o bungee jumping. El viaje perfecto para, literalmente, ir volando al infinito y más allá.