Por qué deberías viajar al Polo Norte una vez en tu vida

De todos los lugares de la Tierra de los que habrás oído decir que son únicos, hay pocos que, de verdad, cuenten con una característica realmente única. Sin duda, el Polo Norte es uno de ellos. Y no porque su paisaje sea diferente –que lo es—, ni por lo inhóspito que pueda resultar —que también—, sino porque es el único lugar del planeta desde el que, vayas donde vayas, siempre te dirigirás al sur. Por si fuera poco, caminarás siempre sobre una capa de hielo de entre dos y cinco metros que, en realidad, nunca se encuentra parada ya que fluctúa sobre el Océano Ártico.

Una experiencia emocionante

Viajar al Polo Norte geográfico —los 90 grados de latitud norte— no es una experiencia apta para todo el mundo, o eso dicen los por allí han estado. Hay que ser aventurero, tener ganar de conocer mundo y de, por decirlo de algún modo, pasar un frío de narices. Pero, según cuentan los que ya han logrado esta hazaña, merece la pena. De hecho, a juzgar por las palabras que eligen a la hora de describirlo, vivir la experiencia de alcanzar el punto más al norte de la Tierra no deja indiferente a nadie.

“Es una emoción indescriptible. El Ártico es uno de los sitios más remotos y solitarios del planeta”, explica José Naranjo mientras prepara una expedición precisamente al Polo Norte. Una expedición tan ambiciosa como arriesgada que no está pensada para todos los públicos. Su coste se sitúa alrededor de 16.000 euros y, dependiendo de la forma en la que decidas alcanzar el punto más al norte de la Tierra, tendrás que tener por lo menos un buen fondo físico. Básicamente, existen dos formas de alcanzar el Polo Norte geográfico: en helicóptero o esquiando. Por supuesto, si eliges este último camino, será el más duro pero también el más auténtico.

La ruta empieza en Noruega

Si aún no te has desanimado a pisar el techo del mundo, con perdón del Everest, lo primero que tienes que saber es que tu ruta deberá partir de Noruega aunque también se puede hacer desde Canadá, pero el precio aumenta considerablemente. Por lo tanto, busca un vuelo a Oslo y aprovecha para ver la capital del país nórdico por excelencia si aún no has tenido oportunidad —las escultura del Parque Vigeland son mágicas—.

Spisshusene i lav høstsol | Thor Inge Vollan

Sin embargo, no pierdas tiempo en la capital de Noruega ya que tu ruta te tiene que llevar mucho más al norte. Desde el aeropuerto de Oslo-Gardemoen deberás coger un avión a Longyearbyen, la capital de las islas Svalbard, una ciudad minera donde los lujos para los turistas brillan por su ausencia, pero no así las comodidades y el encanto. “La infraestructura es muy básica, son cabañas muy monas, pero no es lujo. Al Ártico vas a buscar experiencias y naturaleza”, explica Laura Méndez, otra aventurera que ha estado en varias ocasiones por esas latitudes.

Naturaleza salvaje y paisajes blancos

Bien, una vez que has llegado hasta aquí —estás a 78 grados latitud norte— tienes dos opciones. Puedes quedarte y seguir disfrutando de la naturaleza salvaje y de las actividades que puedes realizar en esta parte del Ártico o seguir adelante. Hasta las islas Svalbard la experiencia ya es reseñable. “Cruzas el océano Ártico, entras en un desierto de montañas blancas y aterrizas en una pista totalmente congelada, y lo que piensas es ‘¿dónde estoy?’”, bromea Laura Méndez. La aventura solo acaba de empezar, ya que la capital de la ciudad cuenta con una ‘zona de seguridad’ por los osos polares —la población de estos animales es superior a la de humanos: 2.500 frente a 2.200—, y una vez que sales de ella, o llevas un rifle o tus acompañantes tienen que llevarlo.

“Ves a la gente que se va a montar en bici y que lleva un rifle colgando”, recuerda Laura Méndez. Obviamente, además de los paisajes blancos, la gran cantidad de animales que se pueden ver en esta zona es uno de sus atractivos: focas, morsas, leones marinos, además de multitud de aves, y por supuesto, los osos polares. Y puedes hacer muchas actividades: montar en moto de nieve, visitar cuevas glaciares o conducir trineos de perros. “La sensación es como si fueras en un barco de vela, solo oyes los esquís del trineo sobre la nieve”, apunta Méndez.

A estas alturas, puede que tus ganas de aventura ya se hayan saciado —o que tu bolsillo te diga que pares—, pero seguramente quieras más. Si es así, el siguiente paso es alcanzar el Polo Norte geográfico como los grandes exploradores del siglo pasado. “Es una de las pocas oportunidades que se tienen de visitar un lugar solitario”, explica Naranjo. Y, sí, es un lugar tranquilo. La última señal de vida humana la tendrás en Barneo, una base rusa que ha servido como plataforma de exploración y científica desde 2002. Precisamente, es desde el casquete de hielo que ocupa donde empieza verdaderamente la aventura.

Olvídate de los hoteles

Si te ves con ganas, fuerzas y forma física, puedes ir hasta los 90 grados norte esquiando, pero no será un paseo. Tendrás que tirar de un trineo con unos 50 kilos de peso, en los que llevarás tu propio equipo —si lo contratas con una agencia te facilitarán ropa especial, sino, es mejor que busques dónde alquilarla, porque no te será muy útil en otras ocasiones y es realmente caro—. Además, piensa la tienda especial, los utensilios que utilizarás para cocinar y derretir el hielo para poder tener agua, etc.

En total, serán siete días andando, para recorrer los escasos 150 kilómetros que separan la base del punto más al norte del planeta, y viviendo la experiencia de una verdadera de expedición, sin hoteles ni servicio de habitaciones. “No hay que saber esquiar. Se trata literalmente de andar con esquís, en una mañana se aprende todo lo que se necesita saber”, indica Naranjo. Una aparente obviedad pero que cobra mucho sentido si se piensa que serán 150 kilómetros de interminable travesía en plano y sorteando miles de gritas, acumulaciones de hielo, etc. Todo ello a temperaturas de hasta -50ºC.

La otra opción, si no te apetece caminar durante siete días sobre la nieve, es salvar la distancia entre la base y los 90 grados norte en helicóptero. Da igual cuál de las dos alternativas escojas, las sensaciones que experimentarás serán únicas. “Es una emoción indescriptible. Lloras, pero no por la dureza de la experiencia, ni por el frío, es de la emoción”, apunta Naranjo. Y lo es no solo por haber llegado hasta un sitio tan lejano y remoto, sino también porque no te esperas lo que se ve: “curiosamente estás en un océano, pero es uno de los lugares más cambiantes del mundo. Es mágico, ves témpanos flotantes, otras zonas que parecen escombreras, flores de hielo. Y puedes huir crujir el hielo, y llegar a ver cómo se están juntado o separando los témpanos”.

La vuelta, hayas llegado como hayas llegado, siempre se realiza en helicóptero, así que las vistas del océano Ártico desde el aire, las tendrás aseguradas. Si después de leer esto sigues pensando en coger unas vacaciones en primavera —es la mejor época del año para realizar este viaje— y tus ganas aventureras están creciendo, no te lo pienses, el Polo Norte te está esperando.