Avoriaz: el pueblecito francés en el corazón de los Alpes que se recorre esquiando

El dominio de Portes du Soleil se adentra en Avoriaz convirtiéndola en una de las villas esquiables más bonitas del mundo. A 1.800 metros de altitud, en el corazón de los Alpes franceses —a caballo entre Francia y Suiza— se esconde este pequeño pueblo de montaña (que podría ser el escenario de los cuentos de Hans Christian Andersen). Esquiar aquí es algo más que un deporte. Podrás ir deslizándote a la farmacia, al supermercado, a las tiendas de alquiler de material, a los restaurantes y al cine. Avoriaz es otro mundo, uno para los amantes de la nieve.

Al cine sin quitarte los esquís

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Parece una cabaña de montaña, pero en realidad es un cine. Cinema Portes Du Soleil es una de las cosas que más me llamó la atención cuando pisé Avoriaz por primera vez. ¡Un cine de invierno! Igual que hay cines de verano, este es de invierno. Se puede llegar esquiando hasta la misma puerta y después podrás acceder incluso con las botas puestas y el equipo de esquí. Un plan ideal para cuando cierran las pistas y empieza a hacer más frío.

Por cierto, durante muchos años aquí se ha celebrado el Festival de Cine Fantástico de Avoriaz (de 1973 a 1993), con gran reputación en el sector. Aún queda la esencia de aquellos tiempos en el Cinema Portes Du Soleil.

Dormir en un iglú

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Village Igloo Avoriaz es un hotel de hielo del siglo XXI. Construido a mano, como los iglús de los esquimales, pero con las comodidades de hoy. Las camas, las mesillas de noche, las sillas, las mesas, las puertas, el baño, el suelo, las paredes, todo es de hielo. Si embargo es muy curioso que, aunque la temperatura en el interior del iglú es de 2 grados, no se suele pasar frío. El cuerpo se atempera y las pieles de animales ayudan.

El hotel mide 350 metros cuadrados y cada año se tarda unos 20 días en levantar. Además del hotel, puedes entrar en la Gruta del Hielo a ver las esculturas heladas, que son auténticas obras de arte (la entrada son 3 euros).

Un pueblo libre de humos

Es ecosostenible: en Avoriaz no hay coches, ni motos, ni bicicletas, no hay señales de tráfico y tampoco hay asfalto. Un pueblo de altura, que casi roza las nubes y en el que todo el aire que se respira es puro (no como en tu ciudad). Para los desplazamientos, además de las tablas que llevas en los pies, es normal ver motos de nieve y trineos tirados por caballos (que por cierto, son los encargados de transportar las maletas de los esquiadores).

La sensación de estar aislado de verdad

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El camino hasta allí no es sencillo, aunque dicen que lo mejor siempre está al final de él. Y, en este caso, el dicho se cumple a rajatabla. La única manera de acceder a Avoriaz es esquiando, en coche hasta el parking de las afueras o en los autobuses lanzadera que suben y bajan durante todo el día desde Morzine.

De terraza en terraza

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Desde bien temprano, las calles de Avoriaz se llenan de esquiadores en busca de una terraza mona para desayunar. Después empieza la gymkana: valle arriba y valle abajo. Montaña arriba, montaña abajo. A mediodía las terrazas vuelven a quedarse pequeñas para los cientos de visitantes sedientos y hambrientos. Mi recomendación es que hagas una parada en el restaurante Le Bistro para reponer fuerzas. Excelente comida y precio razonable.

Y por la noche, al fin intimidad. Un privilegio del que solo podrás disfrutar si te quedas a dormir en el mismo Avoriaz. Si te vas, te lo pierdes. Y no vas a querer arriesgarte a eso.

Crédito imagen: snowplaza.fr