8 Motivos Que Hacen De Tu Pueblo El Rincón Más Especial Para Irte De Vacaciones

Cuentan que existe un lugar en el que el tiempo pasa más despacio. Un lugar donde la siesta es obligatoria, los tomates saben a tomate y se respira mejor. Donde, de vez en cuando, se oyen campanas, y donde todo es más barato. Sí, los pueblos. Porque digo yo: ¿por qué uno siente la necesidad de irse lejos cuando la magia, la de verdad, la auténtica, a veces la tenemos mucho más cerca? Esta es nuestra oda a los veraneos en el pueblo. Ese lugar que nos vio crecer de una forma tan humana y divertida, y que tantas veces nos regaló momentos que en cien años, cualquiera seguiría recordando.

Haces ejercicio sin darte cuenta

Porque allí caminas, paseas y, sobre todo, vas en bicicleta a todas partes. La panadería, el bar, la peña… cualquier lugar está a tiro de piedra, así que haces trabajo aeróbico en plan natural, no subido a una elíptica en el gimnasio donde no hay ni verde, ni olor a tierra mojada, ni rodillazos contra el suelo.


Duermes del tirón

Porque no se oye ni un ruido ni medio. No hay tráfico ni atascos, y como mucho oirás a alguna cigarra o algún grillo que añadirá el punto bucólico a la estampa. Vamos, que caerás redondo en la cama y nada te perturbará hasta que tu propio cuerpo sea el que te diga que no es capaz de dormir más.


Te enamoras

Porque los pueblos conocen más historias de amor que cualquier capítulo de Romeo y Julieta. Como allí parece que todo es posible, el corazón se abre y deja entrar a los que probablemente serán los grandes amores de nuestra vida. Con los que tal vez aprendimos el primer beso, los abrazos inocentes o los chupetones en el cuello. Cada uno de los rincones de cualquier calle cuentan una historia y guardan un secreto. Quizás alguno sea el tuyo.


Dices adiós al postureo

Porque allí a nadie le preocupa la ropa y a nadie le importa que salgas a la calle con un chándal o con las zapatillas más arrastradas de la historia. ¿Qué más da? Estás en el pueblo, nadie va a juzgarte. Y si lo hacen jamás lo harán por el outfit que hayas elegido para ir al bar a tomar la cerveza.


Todo es más barato

Una cerveza, un vino, un bocata, una copa… Todo vale bastante menos de lo que te cuesta en la ciudad, así que puedes olvidarte de las típicas clavadas que te arrean por una mini-caña en una terraza del centro. Y eso, ¿qué supone? Que detrás de una va otra. Y eso acaba de redondear el lujazo.


Las fiestas son épicas

Porque empiezan con la tontería y acaban en una orgía de alcohol y destrucción animada con pasodobles y canciones populares. Recuperas las amistades de cuando eras pequeño como si no hubieran pasado los años y revives también algo que forja las relaciones más duraderas del mundo: el odio a los del pueblo del al lado, que vienen al tuyo a montar bulla.


Por las noches, refresca

Porque tal vez el día hayas tenido un calor infernal pero, al caer la noche, nadie sabe qué sucede pero se levanta un airecito que te da la vida. Tanto como para tener que sacar una chaquetilla si te vas a dar una vuelta o sales a la puerta de casa a hablar con los colegas. ¿Y dormir? Arropado, claro que sí.


Y, por supuesto, respiras naturaleza

Porque estás en medio de ella. El aire fresco, un paseo por el monte, un chapuzón en las piscinas naturales, una comida en el merendero que hay al lado de la ermita… Todo a tu alrededor es verde así que, si no eres muy asquerosito con el rollo de los bichos, te sentirás como un auténtico hombre de campo.

¿A que apetece? Conectar con tu ‘yo’ rural al menos una vez al año debería ser obligatorio. Así que, si estás a tiempo, búscate unos días para escaparte al pueblo, disfrutar del cielo estrellado sin contaminación, del aire puro y perder, incluso, tu nombre. Porque uno es más auténtico en el momento en el que conecta con esa parte más pura y más real.

Y eso amigos, solo pasa cuando estás en tu pueblo.