Viajé a indonesia a ver un ritual sexual milenario con el que dicen que te haces rico

[La imagen no corresponde al ritual que se describe en el reportaje]

Cuando leí sobre el Pon Festival supe que sería el empujón definitivo para comprar el billete de avión y largarme a Indonesia. En este ritual, que se celebra desde hace cinco siglos, se practica sexo con desconocidos para conseguir fortuna y riqueza. Es una festividad Kejawen, una religión propia de la zona de Java que mezcla el animismo, hinduismo, budismo y el islam. Me costó encontrar información fiable, pero descubrí que la noche del 21 de julio se celebraría el próximo festival, así que me marché sin pensarlo.

Cuenta la leyenda que un sultán llamado Pangeran Samodro y su madrastra, Nyai Ontrowulan, cometieron incesto y fueron descubiertos y asesinados. Desde entonces, cada 35 días, centenares de peregrinos se dirigen al lugar para acabar el acto sexual en honor a los amantes. Pero, lo curioso de todo esto, es que deben tener relaciones con una persona desconocida durante siete festivales consecutivos. Según la tradición, si realizas este ritual tendrás prosperidad. Antiguamente la gente practicaba el sexo encima de la tumba de los amantes, en mitad del cementerio. Pero al llegar descubrí que ahora las cosas han cambiado, y mucho.

Indonesia maravilla por sus paisajes y su contaminación. En este país no existe el reciclaje, simplemente se quema la basura en los arcenes de las carreteras para contribuir de ese modo a un mundo más calentito. Pero la gente en la ciudad de Surakarta, en la isla de Java, disfruta del sol en las plazas mientras intentan cazar algún Pokémon. Me acerco a un chico para preguntarle sobre el Pon Festival y le cambia la cara. Me dice que se llama Andri, que es musulmán, como el 87% de la población en Indonesia; y que no está de acuerdo con esa celebración. Pero también reconoce que tiene curiosidad y que algún día quiere ir a verlo con sus propios ojos.

Averiguo que se celebra en el Monte Kemukus, a dos horas de la ciudad, así que me voy para allá con mi compañero de viaje. El tráfico en Indonesia es terrible y tras mucho claxon y paciencia, conseguimos llegar a ese pequeño monte que se alza entre aguas. Nuestra cara de bule (extranjero en indonesio) alerta a los del gobierno, que están en el parking del pueblo fumando un cigarrillo. Y empiezan los sobornos. Les explicamos que vamos a hacer un reportaje sobre el ritual y nos piden 100.000 rupias (unos 7€). Pagamos 25.000 rupias más (1,70€) por dejar el coche y otras 50.000 para que lo vigilen. Además de 100.000 rupias para un hombre que nos iba a acompañar en toda la visita para “evitar que nos pasara nada malo”. Más tarde supimos que el principal trabajo de esa persona era hacer de censor.

Se inicia un ritual en una fuente para purificar el cuerpo antes del sexo. En realidad, lo que ellos llaman “fuente” es un pozo muy profundo con poca agua. Cogemos el agua con un cubo atado a una cuerda, llenamos la botella vacía y nos mojamos los brazos, ojos, piernas y cara. A continuación, nos dirigimos a una sala minúscula donde el oficial rezaría por nosotros. Curiosamente, el chamán es el mismo al que le habíamos pagado las 100.000 rupias en el parking. Me pide mi nombre, mi procedencia y mi profesión. “Noemí. Spain. Journalist”. Construye un discurso en el que solo consigo identificar estas tres palabras. “Shower tonight with the water and flower”, me ordena. Le pago el soborno correspondiente o lo que ellos llaman 'la voluntad', 5.000 rupias metidas en un sobre, y él me devuelve una sonrisa.

Finalmente, entramos en el cementerio donde antiguamente tenía lugar la parte sexual. El sitio es muy pequeño y el calor es tan sofocante que me cuesta respirar. Hay varias lápidas a mi alrededor pero tengo claro a cuál me tengo que dirigir: a la que está llena de flores y rodeada de gente que llora. Me pongo a un lado y doy mis flores. Me piden que rece a Nyai Ontrowulan y a Pangeran Samodro. Lo intento mientras mis ojos se desvían hacia las personas que suplican y besan la sucia piedra de la tumba. Salgo de ese lugar para respirar un poco mientras me pregunto qué ha pasado con el sexo. No veo nada, ni un solo indicio de deseo o lujuria. Solo personas peregrinando, llorando y rezando.

¿Dónde está el sexo?

Le pregunto al chico de seguridad, que no se despega de nosotros, sobre el sexo. “No prostitutes”, me dice. Entiendo. Observo a mi alrededor y encuentro mujeres muy maquilladas y mujeres con hijab. La prostitución ha ido aumentando, al igual que la cantidad de hombres que solo vienen al Monte Kemukus a pasar una buena noche que les haga olvidar su vida. El porcentaje masculino supera con creces al número de mujeres y para suplir esa escasez y que nadie se quedara sin hacer su ritual, las prostitutas abrieron varias casetas por todo el pueblo.

Queremos destapar esa historia pero nadie nos confirma nada. Conseguimos despistar al censor y entramos rápidamente en una casita en la que hay pequeñas habitaciones con colchones tirados en el suelo listos para ser utilizados. Pero por más que presionamos por practicar sexo con una prostituta, ninguna se ofrece voluntaria. Dicen que no hay relaciones en el Monte Kemukus, aunque algunas de las habitaciones están cerradas y entran y salen hombres y mujeres locales. Sexo hay, pero no con bules.

Por fin alguna respuesta

Conseguimos hablar con una mujer, dueña de una paradita de snacks y bebidas cerca de la mezquita del pueblo. Al principio, se muestra reacia y nerviosa. Busca con la mirada algo o a alguien y no entendemos muy bien porqué. Al poco comprendimos que buscaba al muchacho de seguridad, al censor. La gente tiene miedo de hablar, y mucho. Pero Luh nos cuenta una historia, la historia que queríamos escuchar. “En el pasado realizábamos el ritual con el acto sexual y no había ningún problema, nadie decía nada. Pero hace dos años, un australiano vino con una cámara oculta e hizo un documental muy polémico”. Luh explica que desde entonces ha empezado un turismo sexual de australianos que solo buscan sexo con prostitutas, sin que importen demasiado las creencias ajenas. Así que se decidió mantener en total confidencialidad el acto sexual y muestran un hermetismo absoluto con los extranjeros.

Buscamos este contenido y resulta que se publicó en 2014 en la cadena australiana SBS y va firmado por el periodista Patrick Abboud. En el reportaje, de unos 14 minutos, la protagonista es una mujer viuda con problemas económicos que viaja cada 35 días al Monte Kemukus para realizar el ritual y que le ayude a pagar sus deudas. Hay algunas imágenes grabadas con cámara oculta, pero todos los entrevistados parecen haber dado su consentimiento, aunque entiendo que haya podido resultar polémico en la región.

Al volver al hotel me meto en la ducha y me rocío el agua con las flores, tal y como me ha ordenado el chamán. Mientras, me pregunto cuántas tradiciones milenarias habremos roto los occidentales por el hecho de meter nuestras narices y juzgarlas por ser diferentes a las nuestras. Cuántas.