Simone Veil, la mujer que no cerró los ojos ante los abortos clandestinos en Francia

Madonna, Simone de Beauvoir, Virginia Wolfe y más recientemente Emma Watson son algunas de las mujeres que asociamos con el feminismo y que se han convertido en una referencia para el movimiento en defensa de los derechos de las mujeres y de la igualdad de género. Una de ellas, que recientemente ha fallecido, es Simone Veil, una política, abogada y defensora del espíritu europeo, pero sobre todo una feminista, que dejó su huella en Francia, siendo responsable, entre otros asuntos de la aprobación de una Ley de Aborto en el país vecino.

“No podemos seguir cerrando los ojos sobre los 300.000 abortos que cada año mutilan a las mujeres de nuestro país”, es la mítica frase que pronunció para sacar adelante esa normativa (la primera de un país católico), siendo ministra de Sanidad en el gabinete de Jacques Chirac en el año 1974. Fue el empeño de una feminista acérrima, que no solo consiguió legalizar la interrupción de los embarazos, sino que fue una política pionera.

Y una luchadora, porque vivió y sobrevivió a uno de los agujeros negros de la Historia de Europa y del mundo, los campos de exterminio de la Alemania nazi. Pasó por Auschwitz, y tuvo más suerte que parte de su familia, ya que sus padres y su hermano fueron asesinados en campos de concentración. Fue, junto a su hermana, uno de los 11 menores que consiguieron salir con vida de las prácticas que aplicaban los hombres de Adolf Hitler. Esta experiencia la marcó, tanto desde el punto personal como profesional. Abogada de profesión, se alejó de los tribunales para defender los derechos humanos de las grandes tragedias del siglo pasado, de los olvidados, como las víctimas de la guerra de Argelia.

Y de ahí, dio el gran salto a la política. En Francia no alcanzó ni la presidencia ni la jefatura de Estado, solo llegó a ministra de Sanidad, pasando antes por el Consejo Superior de la Magistratura, con Georges Pompidou como presidente, y posteriormente como ministra de Justicia en los años 90. Su gran labor durante la primera etapa ministerial fue aprobar la Ley de Aborto, por la que tuvo que aguantar calificativos como “asesina” –ella que había sobrevivido a los nazis-, “libertina”, “mala influencia” o “rebelde”. Supo llevar su misión a buen término porque estaba convencida del beneficio de la nueva legislación. “Ninguna mujer recurre, por gusto, al aborto. Basta con escuchar a las mujeres. Siempre es una tragedia”, defendía.

Y lo consiguió. Ese esfuerzo fue bien visto y Francia quiso que lo repitiera con otro gran reto: la Unión Europea. Por eso, encabezó las listas de la UDF en las primeras elecciones al Parlamento Europeo, que llegó a presidir. Fue la primera mujer en estar al frente de la Eurocámara, predominantemente masculina, donde abogó por principios europeos básicos como “la solidaridad, la independencia y la cooperación”, que hoy siguen teniéndose que defender. De hecho, su europeísmo le valió el premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en el año 2005, uno de los muchos reconocimientos que recibió en su vida.

La justicia y la abogacía centraron su vuelta a Francia, donde además de ser ministra de Justicia, formó parte del Consejo Constitucional, la máxima autoridad judicial francesa, y fue una de las cuarenta ‘inmortales’ de la Academia (en cuyo sello reza “A la inmortalidad”) , una de las instituciones más antiguas del país. Todo ello convierte el legado de Simone Veil en un ‘inmortal obligado’, por servir de ejemplo a todas las mujeres que, sin abandonar su faceta personal (estuvo casada y tuvo tres hijos), supo llegar a lo más alto de la política francesa y europea, siendo testigo y artífice de algunos de los hitos que ya se estudian en los libros de texto de Historia.

Todo un ejemplo de lucha, cuyo objetivo siempre estuvo centrado en los olvidados, en los desfavorecidos, en los ‘débiles’, en aquellos a los que constaba levantar la voz. Las mujeres, en la década de los 70, y durante toda su vida adulta en defensa de las víctimas de las guerras. Para ello, se involucró con causas sociales, como la Fundación para la Memoria del Holocausto, y estuvo muy presente en la puesta en marcha del Fondo para las Víctimas, que depende del Tribuna Penal Internacional. Una heroína del siglo XX, que supo adelantarse a su tiempo y que ha dejado marca en las mujeres francesas, y en las de todo el mundo.