Hemos Probado La Última ‘Solución Definitiva’ Para Organizar Tu Tiempo Y Ser Más Productivo

Nadie tiene la clave definitiva, pero es innegable que a algunos les cunde más el tiempo que a otros. Por estrategias no será: cientos de gurús se han afanado en alumbrar el método definitivo para organizar el tiempo de trabajo, creyendo haber dado con el sistema perfecto y prometiendo jornadas más intensas, más productivas y menos agotadoras. Pero, ¿alguna funciona realmente? El coach Tim Urban ha sido el último en lanzar una propuesta. A la concepción habitual de los días divididos en horas de trabajo, él apuesta por subdividir todavía más el tiempo, estableciendo pequeños bloques de 10 minutos. ¿Para qué? Primero, para tener un objetivo claro y fácil de abarcar, evitando perder el tiempo. Segundo, para analizar después los ‘calendarios’ y poder decidir qué franjas están poco aprovechadas. Tercero, y al hilo del anterior, para ser capaces de eliminar actividades que no aportan nada constructivo a nuestras horas de trabajo o, incluso, de ocio.

Urban establece que, tras restar las siete u ocho horas de sueño, quedan otras 16 o 17 de vida activa -o, lo que es lo mismo, unos 1000 minutos- al día. Tomando esta cifra como referencia, propone organizar un cuadrante con 100 bloques de 10 minutos y, a partir de ahí, rellenar los espacios. Y aquí surgen ya las primeras preguntas: ¿qué sucede con las tareas que abarcan más de ese pequeño lapso de tiempo? El coach propone unir los huecos que sean necesarios, con lo que ya se ‘rompe’ esa concepción de bloques de 10 en 10. Y ¿qué ocurre con los imprevistos? Si te quitan minutos ya asignados a una tarea concreta… ¿cómo se contabilizan?

Un lío curioso. Por eso, porque el movimiento se demuestra andando, decidimos ponerlo en práctica. No con 16 horas, pero sí con cinco, correspondientes a la mañana en la que escribimos este artículo que estás leyendo, tomando como hora de inicio las 9 de la mañana, y las 14 como fin de la jornada. Este es mi cuadrante:

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Mola, ¿eh? Con colorines y todo. Pues cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Sobre las diez y diez, internet comenzó a fallar, y la conexión se cayó definitivamente a las diez y media, así que tuve que dedicar unos 15 minutos a amenazar de muerte al operador que tuvo la mala suerte de cogerme el teléfono. Los nervios generados mientras hablaba con una centralita consumí mi último cigarro, así que me vi obligado a bajar al estanco sobre las once menos diez, perdiendo unos 15 minutos. Más tarde, sobre las 12, recibí la llamada de mi madre, a la que dediqué unos 15 o 20 minutos, porque a una madre hay que respetarla.

También me vi interrumpido por una llamada de una amable teleoperadora dispuesta a venderme una tarifa plana para mi móvil, robándome unos cuantos minutos, y por la visita del operario de la compañía del gas, que vino a leer el contador, hecho que también me descuadró uno de los bloques dedicados a recabar información para el artículo. Además, y tras tanta interrupción, tuve que invertir más tiempo del esperado en redactar el reportaje. Total, que el cuadrante quedó el papel mojado antes incluso de haber llegado a la mitad.

Así, podemos extraer una conclusión general, extrapolable a cualquier modelo propuesto por esos gurús organizacionales que se afanan por descubrir la fórmula definitiva para convertirnos en robots: cada uno organiza sus horarios como puede o como le dejan. Porque lo que ocurre en una jornada de trabajo, como casi todo, es impredecible. Siempre pueden surgir imprevistos o suceder cosas que nos alejan del ideal de un día perfecto y, por tanto, resulta imposible prever absolutamente todo lo que va a ocurrir. Así que la próxima vez que leas la última ‘solución definitiva para ser un crack en tu trabajo’, desconfía o, por lo menos, no te agarres a ella, o terminarás frustrado y enfadado. No somos máquinas, por más que nos empeñemos. Y tan a gusto, que tampoco pasa nada.