Sin padres ni futuro, los huérfanos de los nazis se refugiaron en los bosques viviendo como lobos

Los niños que vivían en zonas ocupadas por los nazis tuvieron que abandonarlas en cuanto acabó la guerra. En muchos casos, para sobrevivir, tuvieron que adentrarse en bosques y olvidar su identidad

Tenía cinco años, caminaba sin zapatos por el bosque y estaba llena de pulgas. Iba sola —sus padres y hermanos no habían sobrevivido a la guerra—, no tenía comida y tenía que emigrar de Alemania hasta Rusia. Era como un lobo hambriento, perdida entre árboles, alejada de la civilización, su único objetivo era sobrevivir. Es la historia de Erika Smetonus, una de los miles de “niños lobo”, los menores alemanes que, al final de la Segunda Guerra Mundial, se habían quedado huérfanos —ya fuera porque sus padres eran nazis o porque fueron víctimas colaterales de la guerra— y tenían que huir de un país destruido que les auguraba una muerte segura.

Smetonus viajó desde Prusia Oriental (una región de Polonia ocupada por la Alemania de Hitler) hacia Lituania cuando los nazis fueron derrotados y expulsados del territorio. Durante el camino se encontró con otros niños, pero rápidamente les perdía la pista porque cuando encontraban comida no querían repartirla. Su travesía acabó cuando una familia lituana la encontró muerta de hambre y frío y la adoptó.

Luise Quietsch

Fueron 25.000 niños los que hicieron este éxodo, según calculan los historiadores. La mayoría se fueron a Lituania porque creían que allí había comida para ellos, a pesar de estar ocupada por la Unión Soviética, que había prohibido a sus ciudadanos adoptar a los que llamaban “niños fascistas”. Aunque fueron muchos los que se arriesgaron a irse y buscar un futuro mejor, otros otros regresaron a Alemania, dividida y destruida por la guerra.

“A lo largo del camino, algunas familias ponían tazones de sopa en sus puertas para que los niños pudiéramos comer. Otros soltaban a los perros para que no durmiésemos en sus portales. Los niños pequeños eran adoptados más fácilmente. Y si los mayores no encontraban un hogar, tenían que sobrevivir en el bosque. Incluso aquellos que eran acogidos en un hogar, nunca sabían durante cuánto tiempo sería. Quizá los dejaban durante el invierno cuidando de sus hijos y luego los echaban”, explica Marianne Beutler, una de las niñas que tenía 10 años cuando emigró, a la agencia alemana DW.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Superar la prohibición de vivir en Lituania no era fácil. “Teníamos que aprender lituano muy rápido porque el alemán estaba prohibido. Si no lo hacíamos, era peligroso para nosotros y para las familias que nos habían acogido”, recuerda Beutler, que también tuvo que cambiar su nombre alemán, Marianne, a uno local, Nijole. “No tenían nombre, ni lengua, ni identidad”, cuenta a la DW. “Tenían que quemar todos sus recuerdos para asegurarse la supervivencia, muchos olvidaron detalles clave de quiénes eran”.

La mayoría de niños lobo acabó en la pobreza, explica National Geographic. Trabajaban en condiciones casi de esclavitud, en fábricas o granjas comunales, no tenían derecho a recibir educación y vivían siempre a escondidas. Las familias tenían miedo de que, por las políticas de la URSS para suprimir toda la influencia nazi de Europa, se los acusase de cómplices y colaboracionistas. Al fin y al cabo, estaban dando cobijo a los hijos de aquellos que habían construido un sistema diseñado para su prosperidad, que se basaba en el genocidio, la discriminación, la explotación y la segregación.

Gisela Unterspann, una niña lobo, recuerda que hasta la caída de la URSS solo su marido e hijos sabían que era alemana. Lo reprimió durante muchos años, ocultando sus raíces. En el 1960 descubrió que sus hermanos y madre seguían vivos, pero decidió no escribirles por miedo a que las autoridades lo descubrieran y su familia recién formada en Lituania sufriera las consecuencias.

Deutsches Historisches Museum

Aunque está claro que los niños lobo fueron víctimas de la guerra, durante muchos años ha sido difícil hablar de ellos. Cuando fue derrotado el nazismo, se proyectó la idea de la culpa era de Alemania (habían causado las mayores atrocidades vistas en el continente) y que la URSS y los aliados habían sido los salvadores. Hablar de hijos de nazis sufriendo, en ese contexto, podía interpretarse como una equiparación entre su sufrimiento y el de las víctimas del Holocausto. De hecho, así pasó en cuanto se volvió a hablar de los niños lobo: los partidos de ultraderecha decían que “los judíos habían sufrido”, pero “los niños alemanes también”, intentando reducir el peso del antisemitismo nazi.

Hoy en día, los niños lobo ya han recibido compensaciones económicas, sobre todo del gobierno Lituano y en menor medida del alemán. Pero el trauma sigue vivo, y muchas veces transmitido de madres y padres a hijos, ya que durante muchísimos años, los descendientes de los niños lobos sentían una especie de mancha en su sangre al tener ascendencia nazi, no querían afrontar su linaje y han vivido negando su identidad e historia.