El neonazi y líder del Ku Klux Klan que prefirió suicidarse a reconocer que era judío

Dan Burros se disparó dos veces el día en que el New York Times expuso su origen judío a pesar de ser uno de los líderes antisemitas más temidos del país

Dan Burros, todo un ‘gran dragón’ del Ku Klux Klan a sus 28 años, es decir, uno de los grandes líderes de la organización racista más sanguinaria de la historia de Estados Unidos, acaba de volver del kiosco con un ejemplar del New York Times bajo el brazo. Es una mañana de domingo de 1965 y el conocido neonazi está pasando unos días en casa de otro miembros del KKK en Reading, una pequeña ciudad de Pennsylvania. Parece muy alterado, abre de una patada la puerta del domicilio y se dirige a la habitación de invitados mientras maldice y jura matar al autor de un artículo sobre sus orígenes. Sin dar explicaciones a sus amigos, Dan saca un revolver de la mesita de noche y se dispara en el pecho, al ver que no había acertado en su corazón dirige la pistola a su cabeza y aprieta el gatillo. “No tengo nada por lo que vivir. Voy a hacerlo”, fueron sus últimas palabras según un artículo del ABC que explica su historia.

¿Qué había en ese artículo del dominical como para llevar a Burros al suicidio? Nada más y nada menos que la verdad: Dan Burros era un judío del Bronx que había sido educado en una de las mejores escuelas hebreas de Nueva York y cuyos padres, George y Esther, no podían creer que su hijo con un 154 de coeficiente intelectual hubiera pasado de ser judío fervoroso a uno de los mayores admiradores de Adolf Hitler de todo el país. Esa es la historia que reflejó el reportero del New York Times, McCandlish Phillips, en su artículo State Klan Leader Hides Secret of Jewish Origin que acabó provocando el suicidio de uno de los mayores ideólogos del neonazismo y la supremacía blanca de los Estados Unidos. Y todo había comenzado una semana antes cuando el joven reportero intentaba entrevistar a Burros en una pequeña peluquería del barrio neoyorkino en el que residía el ‘gran dragón’. 

Aquel día, el joven reportero tuvo la valentía de plantarse ante Burros, un tipo extremadamente agresivo en sus discursos e ideas y autor del Official Stormtrooper Manual, es decir, el manual con el que el Partido Nazi Americano formaba a sus nuevos reclutas. De hecho, Burros era tan radical que abandonó el partido al pensar que no tenía sentido que no aspirasen a eliminar a todos los judíos del país y llevar “la obra iniciada por el maestro (Adolf Hitler)” a “una conclusión victoriosa”. Frente a él, y consciente de que Burros ocultaba a todo el mundo sus orígenes confiando en que su radicalidad evitaría cualquier sospecha sobre él, fue lanzando sus preguntas una a una hasta que llegó a su pasado como judío. La furia del líder del KKK fue tal que amenazó de muerte al periodista y juró que lo mataría con sus propias manos si el artículo llegara a hacerse público.

Pero la decisión sobre la publicación hacía tiempo que había sido tomada, el Comité Parlamentario de Actividad Antiamericanas hacía tiempo que lo investigaba, y el diario había mandado a su mejor sabueso para sacar a la luz los secretos más sucios con la suerte de que la historia de Burros era demasiado buena para ser verdad. Al parecer, el odio de Burros por la religión de sus padres se inició mientras estudiaba en la prestigiosa escuela hebrea Richmond Hill. A pesar de su gran inteligencia, Burros odiaba aprender hebreo y fue la única asignatura en la que no lograba la máxima calificación. Su aspecto rechoncho y sus gruesas gafas era utilizadas por sus compañeros para meterse con él y su aislamiento le llevó a desarrollar extrañas ideas y un odio visceral que reflejaba en sus cuadernos repletos hasta arriba de dibujos de oficiales nazis, carros de combates y retratos de su ídolo, el führer Adolf Hitler. 

En cuanto pudo, Burros solicitó su ingreso en la Guardia Nacional, tras ser rechazado por el instituto militar de West Point por sus escasas habilidades físicas, su evidente mala visión y su sobrepeso, acabó por optar por las unidades aerotransportadas del Ejército donde aceptaron su ingreso pero fue finalmente expulsado por sus problemas psicológicos y conducta extraña. Tras su efímero paso por la vida castrense, y con solo 22 años, Daniel vio en los los grupos neonazis del país su oportunidad de destacar. Fue allí donde sus discursos incendiarios le valieron cierta popularidad y se ganó la aprobación de algunos líderes del Ku Klux Klan. Finalmente, se desvinculó de los grupos neonazis por ser demasiado teóricos e ingresó en el KKK de la mano del ‘mago imperial’, Robert Shelton, el máximo mandatario de la organización. Gracias a ese apoyo personal sus orígenes judíos no fueron descubiertos y Burros pasó el filtro sin ser investigado ni tener que acreditar su origen 100% ario.

Durante su actividad en el Ku Klux Klan, Dan resultó increíblemente útil a la organización al dar rienda suelta a su odio antisemita con la revista ultra xenófoba The Free American. En sus artículos, el gran dragón apostaba por un gran holocausto similar al de Hitler en Alemania para acabar con todos los judíos del país, incluidos sus padres. “Una purga de judíos en un país violento como Estados Unidos excedería en ferocidad y totalidad a lo que hizo la Alemania nazi, que era un país altamente cultural y civilizado”, escribía en uno de los artículos. Sin embargo, fue su extremada radicalidad la que llamó la atención de las autoridades y medios de comunicación y le llevaron a su final. Incapaz de mantener su secreto por más tiempo, Dan se había refugiado en Pennsylvania confiando en que el periodista no tuviera el coraje de desvelar su historia. Pero lo hizo y él no pudo soportar que todo el odio que había vertido se volviera en su contra. Él apretó el gatillo, pero fueron su propia mentira y su odio los que lo mataron. 

CN