Los Nakam, La Brigada Judía Que Planeó Vengarse De Los Nazis Tras La Guerra

La venganza. Ese sentimiento tan propio del ser humano que, a lo largo de su historia, ha jugado un papel protagonista y determinante en un incalculable número de ocasiones. Las consecuencias son, en todos los casos, terribles. Pero lo son aún más cuando se dan en el marco de una guerra. Y se multiplican hasta el infinito cuando entran en juego la religión y el dolor por una aniquilación sistemática y calculada. Así debieron sentirlo en sus mentes los Nakam, un grupo judío de guerrilleros que, tras la Segunda Guerra Mundial, planeó la muerte de seis millones de alemanes para equilibrar la balanza y honrar la memoria de las víctimas del Holocausto. Una sed de resarcimiento que queda plasmada en el lema de esta brigada: “La sangre judía será vengada”. 

Mayo de 1945. La guerra acaba de finalizar. Vencido el ejército nazi, las brigadas judías al servicio de la Corona Británica obtuvieron el permiso de ir a reencontrarse con los familiares que, hasta ese momento, habían permanecido encarcelados en campos de concentración como Mauthausen o Auschwitz. No obstante, esa liberación, lejos de servir para poner punto y final a los horrores del conflicto, no hizo sino acrecentar el ánimo de las brigadas de devolver a los alemanes todos los horrores causados a la población judía de Europa.

nakam2-mileniales-codigo-nuevo

El ánimo revanchista fue avivándose con los meses hasta canalizarse en la concepción de dos planes terroristas que los Nakam, liderados por el poeta y guerrillero Abba Kovner, pondrían en marcha ese mismo año. El primero de ellos, mucho más ambicioso que el segundo, consistiría en envenenar el servicio de agua corriente de las ciudades alemanas de Berlín, Hamburgo, Núremberg, Múnich y Weimar, cuyas poblaciones, en suma, alcanzaban la cifra de seis millones de personas (similar al número total de muertos judíos durante los años de contienda). En segundo término, la célula terrorista se centraría en asesinar a los miembros de las SS encarcelados en varios centros de reclusión repartidos por toda Alemania.

Pero Kovner se encontró con la firme oposición de los altos cargos militares, de los que pretendía obtener ayuda para llevar a cabo sus actos de venganza. Asustados por la crudeza de sus ideas, trataron de convencerle de que la venganza no debía ser un ideal perseguido y que, atacando a la población civil alemana, no harían sino ponerse a la altura de los nazis. Pero la cerrazón del grupo era total: llegaron a considerar culpables a todos los alemanes, y a situarlos como objeto de atentado por el simple hecho de haber nacido en el país. Por ello, el líder de los Nakam fue encarcelado por las autoridades británicas, convencidas de que, descabezado el comando, sus planes quedarían automáticamente suspendidos.

No fue así: dada la dificultad de poner en marcha el primer plan, para el que se necesitaba organizar una infraestructura organizacional compleja y contar con enormes cantidades de veneno, los guerrilleros judíos decidieron centrarse en el segundo, poniendo en el punto de mira a los altos cargos de las SS retenidos en la cárcel alemana de Langwasser, en Núremberg. El plan era sencillo: bastaría con envenenar su comida para acabar con ellos y, de este modo, devolver, aunque en una proporción menor a la ansiada, el daño causado a los judíos.

La noche del 13 de abril de 1946, y tras haberse infiltrado en el centro de reclusión, un grupo de miembros del Nakam untaron con arsénico las barras de pan que se servirían ese día en el comedor. El efecto fue casi inmediato: cientos de oficiales nazis comenzaron a sentir fuertes dolores y fueron inmediatamente hospitalizados y sometidos a limpiezas de estómago, sin dar resultado para muchos de ellos, que morirían envenenados días después. Aunque se desconoce el alcance del atentado, se puede aventurar que un gran número de reclusos cayó a consecuencia del acto terrorista.

La de los Nakam es una historia silenciada. Poco o nada se conoce de la verdadera relevancia de sus actos de represalia contra los nazis, aunque sí se sabe a ciencia cierta que sus ansias de venganza sólo conocieron los límites que otros se encargaron de imponerles. Un ejemplo más de que el hombre, cuando está cegado por todo el odio que cabe en la ley del 'ojo por ojo', es capaz de realizar actos tan o más crueles que la misma barbarie que ha dado pie a ese sentimiento.