Las mujeres de la guardia nazi que torturaron a otras mujeres en la 2ª Guerra Mundial

La mayoría habían crecido en familias normales. Hijas de ganaderos, agricultores, zapateros. Sin demasiada formación, casi analfabetas. Muchas de ellas, católicas. Y todas ellas hipnotizadas por la imagen de su dios en la Tierra, Adolf Hitler. A pesar de que su labor no era reconocida oficialmente por las SS, las fuerzas de élite de la Alemania nazi, este grupo de aproximadamente 3.700 mujeres supo ganarse un lugar en el infierno gracias a su crueldad sin límites.

Vejaban, torturaban, golpeaban, fustigaban, acuchillaban y mataban sin piedad, generando miedo no solo entre los reclusos, sino también entre los demás carceleros de los campos de concentración. Así eran las guardianas nazis, las mujeres que trascendieron a su papel de madres de la raza aria y cuya adoración por el Führer las llevó a cometer algunos de los crímenes más atroces del Tercer Reich.

“Sin duda, el nazismo es el punto de inflexión en el que la maldad humana llega a sus cotas más altas, pero ellas son las mayores representantes de la degeneración humana que jamás haya existido”, afirma Mónica González Álvarez, autora del libro Guardianas nazis, el lado femenino del mal. La investigadora se ha ocupado de recopilar datos, biografías e historias de este brazo ejecutor del nazismo, que ha quedado relegado a un segundo plano frente al papel de otros personajes como Josef Mengele, el llamado "Ángel de la Muerte" que realizó horripilantes experimentos con los prisiones de Auschwitz.

“Su crueldad sobrepasaba los límites hasta tal punto que sus camaradas se debatían entre la admiración y el miedo”, asegura González, que ha centrado su foco en 19 de estas guardianas. Dentro de este grupo, la investigadora diferencia entre siete principales, que actuaban como supervisoras, y otras 12 auxiliares. Todas ellas abominables, todas ellas inhumanas y todas ellas imbuidas de un espíritu de lucha por el nazismo y por una necesidad de demostrar que, a pesar de ser mujeres, eran igual o más crueles que sus compañeros varones.

María Mandel tal vez fuera la más sádica. De ella dependía la formación de las guardianas, a las que aleccionaba sobre métodos de tortura en el campo de Ravensbrück”, explica González. Mandel fue la responsable última de medio millón de asesinatos, a pesar de ser la única guardiana que, en un momento dado, mostró signos de compasión: “tras la muerte de su madre, un niño gitano quedó desvalido y ella lo cuidó como suyo. Al ser sorprendida por sus superiores, lanzó al pequeño, todavía vivo, a la cámara de gas”.

La ‘adoctrinadora’, como se le conocía en el campo de concentración de Auschwitz al que fue trasladada en 1942, creó una orquesta con presas que contaban con formación musical y disfrutaba escuchando Madame Butterfly cada vez que ejecutaba a algún prisionero. Pero esta es solo la punta del icerberg de un grupo que parece sacado de la más cruenta película de ciencia ficción. Otro ejemplo, es Juana Bormann que adiestraba a perros que luego lanzaba contra mujeres y niños a pesar de, según parece, haber sido previamente misionera.

Dorothea Binz llegó a matar a hachazos a una mujer y a limpiarse sus botas, salpicadas de sangre, con el pijama de rayas de su víctima. Irma Grese, conocida como ‘la bella bestia’, que se enroló en las filas nazis nada más cumplir 18 años, propinó una patada en la cabeza a un niño con la suficiente potencia como para sacarle los ojos de las cuencas. Ilse Koch ordenaba extirpar la piel tatuada de los prisioneros para después fabricar tulipas para las lámparas que más tarde colgaba en el comedor de su casa.

Todas esas historias están recopiladas en el libro de González, que completa su tesis afirmando que “hasta el 75% de las muertes perpetradas por el régimen nazi corrieron a cargo, bien de forma directa o por derivar de una orden, de estas sanguinarias mujeres”. La escritora reconoce haber necesitado horas, días o semanas para reflexionar: "He llorado mucho leyendo, escribiendo y he estado a punto de abandonar mi trabajo”.

Aunque la mayoría de estas mujeres fueron condenadas a la horca en los juicios que siguieron la caída del régimen nazi, como el juicio de Bergen-Belsen, algunas otras salieron relativamente bien paradas. Herta Bothe fue castigada con 10 años de cárcel, abandonando su reclusión en 1951. Volvió a casarse, formó una familia y, en el año 2009, apareció en un documental justificándose y asegurando que “no había tenido otra opción”.

Un capítulo negro más que se suma a los cientos que el nazismo dejó para la Historia. Y una pregunta en el aire para González, una de las mujeres que mejor conoce a las guardianas: “Si pudierais ir hacia atrás en el tiempo, ¿rectificaríais todos vuestros actos, crímenes y vejaciones o seguiríais pensando que estabais cumpliendo una noble misión?”. La cuestión nunca obtendrá respuesta. Y tal vez sea mejor así.