Si Eres Mujer, Da Gracias Por No Haber Nacido En Afganistán

El pasado 19 de marzo lincharon a una mujer en las calles de Kabul, Afganistán, hasta matarla. Un grupo de hombres apalearon a Farkhunda, una joven de 27 años, acusada de haber quemado un ejemplar del Corán. Después de patearla sin parar mientras yacía en el suelo, la quemaron y tiraron su cuerpo al rio Kabul. Los hechos ocurrieron en pleno centro de la ciudad y la policía no actuó en ningún momento. Inicialmente se dijo que Farkhunda era una enferma mental, pero después se supo que no tenía ninguna patología y que fue acusada erróneamente.

Nunca antes había ocurrido algo así en Afganistán, y aunque existen ejecuciones públicas de mujeres, que son ilegales, siempre cuentan con el consentimiento de un mulá –líder religioso–. La periodista de El Mundo Mònica Bernabé, la única reportera española que vive en Afganistán, desde hace 8 años, retrató de manera impecable el papel de la mujer afgana en el reportaje Vestida de negro de TV3, donde explica que la situación desigual de la mujer se origina en un país totalmente conservador y religioso, que ha pasado más de 10 años de guerra y ha sido ocupado durante otros 13 por tropas internacionales. Un país donde la religión ha sido lo único a lo que acogerse entre bombardeos y penurias. Un país donde la religión es tabú y a la vez doctrina.

Uno de los principales problemas de la desigualdad es que el matrimonio de conveniencia, o sea, forzado, está a la orden del día. Los hombres pagan dotes de hasta 5.000 euros para casarse, lo que supone a la mayoría de afganos endeudarse el resto de su vida. Esto genera a los maridos una sensación de propiedad, de que las mujeres son suyas ya que las han pagado, y se atribuyen el derecho de pegarles, encerrarlas o mantener relaciones sexuales siempre que a ellos les plazca. Normalmente, la mujer afgana no conoce el hombre con el que se casará, que puede ser, tranquilamente, treinta años mayor que ella, y que en la noche de bodas podría acabar violándola.

Gervasio Sánchez – Exposición Mujeres. Afganistán

Las relaciones sexuales fuera del matrimonio están totalmente prohibidas, son delitos de adulterio y su Código Penal las castiga con penas de cárcel de hasta 15 años. No se tiene en cuenta las consecuencias del hecho –que debería ser lo más importante– y cualquier acto sexual fuera del matrimonio es un delito, y se trata igual si son dos jóvenes enamorados o de una violación. Tal y como cuenta Bernabé en uno de sus artículos: “en general, se considera que si un hombre se ha propasado con una mujer se debe a que ella ha hecho algo para que así sucediera”. Además, ante el juez la palabra de los hombres tiene más peso que la de las mujeres, aunque la Constitución Afgana, aprobada en 2004, reconoce la igualdad entre ambos. Papel mojado.

Esta situación hace de Afganistán el único país del mundo donde el número de mujeres que se suicidan es mayor al de los hombres. Durante 2012, unas 2.500 mujeres se quitaron la vida, lo que equivale al 95% del total de casos de suicidio del país, según el Ministerio de Salud Pública afgano. Tal y como se explica en la exposición –y también libro– Mujeres. Afganistán, impulsada por la Asociación de los Derechos Humanos en Afganistán, la mayoría de mujeres que intentan acabar con su vida son jóvenes de entre 14 y 21 años que sufren maltratos en el seno familiar o se ven obligadas a casarse con un hombre que no desean. La mayoría se suicida quemándose a lo bonzo, pensando que morirán con rapidez, pero lo que pasa es que sufren una muerte lenta y dolorosa.

Gervasio Sánchez – Exposición Mujeres. Afganistán

La igualdad afgana es una carrera de fondo

Durante diez años de gobierno del Emirato Islámico de Afganistán (régimen islamista de los fundamentalistas talibanes) o los llamados “señores de la guerra”, por sus crímenes de guerra contra civiles, las mujeres no podían estudiar ni trabajar fuera de casa, y llevar el burka cubriendo todo su cuerpo era una obligación; a la vez que obligaban a los hombres a rezar cinco veces al día en una mezquita, en plenos años noventa. Más de una década después del derrocamiento talibán, a raíz de la intervención estadounidense, la situación de la mujer ha mejorado muchísimo, pero tal y como argumenta Bernabé: “no hace falta que los talibanes estén al poder, ya que la violencia más brutal es la que sucede en casa de las mujeres”, a raíz de la cultura afgana, lo que remite directamente a la religión.

Contra todo pronóstico, en 2009 el gobierno afgano aprobó la Ley de Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, el mayor avance legal a favor de las mujeres que se ha producido en el país. De esta manera, se estipulaban como delito más de veinte situaciones de violencia contra el género femenino, entre ellas la violación y el matrimonio forzado. El resultado: solo se aplicó en un 17% de los casos, según el informe de las Naciones Unidas Un camino a seguir: una actualización sobra la implantación de la Ley de Eliminación de la Violencia contra las Mujeres en Afganistán, de diciembre de 2013.

Pero el debate sobre las mujeres afganas que tanto escandaliza a occidente suele quedarse en la superficie de la problemática, centrándose en la vestimenta, en el burka. Son obligadas a ir tapadas, a ocultar su rostro y su identidad, y esto es indignante. O quizás lo visten porque quieren, entonces deberían darse cuenta de que tienen el derecho de mostrar el rostro, tal y como lo hacen los hombres. De nada sirven nuestras opiniones occidentales. El burka nunca ha sido el problema de las mujeres afganas. El problema es que el 80% de ellas son analfabetas y que por su falta de educación, y una sociedad que les da la espalda, no pueden elegir su camino. No pueden elegir nada porque no son nada.

Crédito de la imagen: Gervasio Sánchez