"El Monstruo del Caspio" el superavión soviético que pudo cambiar la Guerra Fría

Si hubiera funcionado habría convertido este mar interior en un territorio inexpugnable para los enemigos del régimen comunista

Tenía todo para ser el arma definitiva de la Guerra Fría: más rápido y barato que un barco de guerra, armado con misiles, inalcanzable para los submarinos e indetectable a los radares enemigos. El “Monstruo del Caspio” , como bautizaron los aviones espía norteamericanos al Ekranoplano Lun MD-160 en 1967, era capaz de mover sus 73 metros de largo, 44 de envergadura y 286 toneladas de peso a más de 500 km/h con apenas tres metros de altura sobre las aguas del Mar Caspio, una de las fronteras más valiosas de la Unión Soviética. Si hubiera funcionado habría convertido este mar interior en un territorio inexpugnable para los enemigos del régimen comunista, pero la realidad es que en estos momentos el superavión se pudre en las orillas de una de sus playas. Roto, abandonado e incapaz de moverse, una reliquia de un tiempo pasado que fracasó.

La historia de uno de los aviones más monstruosos de la historia se remonta a la década de los 60. En aquel momento la tensión entre las dos superpotencias de la época (Estados Unidos y la URSS) llegó a límites casi insostenibles. La tecnología militar se convirtió entonces en el aspecto diferenciador que podría cambiar el equilibrio del poder en el mundo y, para ello, había que avanzar más rápido, más lejos y más grande que el rival. Es por ello que el ingeniero Rostilav Alexeiev presentó su idea al mismísimo Nikita Kruschev. Y lo peor de todo es que al dirigente soviético no solo no le sorprendió, sino que le encantó y aprobó su construcción para finales de esa misma década. Para hacerlo posible, ademas de destinar una gran cantidad de recursos el ingeniero echó mano de un concepto novedoso: el efecto suelo. Al moverse a una distancia tan escasa del mar, el flujo del aire que se mueve bajo la nave genera sustentación por lo que permite a la aeronave un vuelo bajísimo sin apenas turbulencias.

Para cuando las posas se pusieron en marcha allá por 1975, quedó claro que semejante aparato necesitaría mucha potencia y más si pretendía cargar con misiles lo que obligó a equiparlo con ocho motores turbofan Kuznetsov NK-87. En seguida se dieron cuenta de que semejante monstruo era prácticamente imposible de maniobrar debido a lo costoso del despegue y que prácticamente no podía realizar giros cerrados. El proyecto empezó a tambalearse tras las pruebas con el primer prototipo y tras comprobar que el oleaje hacía casi imposible un despegue seguro acabaron por descartar el proyecto que quedó aparcado en la base naval rusa de Kaspiysk. Allí permaneció varias décadas hasta que el pasado 31 de julio las autoridades rusas decidieron su traslado a Derbent, en Daguestán, donde formaría parte de un museo militar.

El problema llegó cuando en el momento de remolcar la nave desde la orilla los cables que la sujetaron se rompieron y ya no supieron qué hacer con ella. Y ahí sigue, uno de los grandes inventos de la Unión Soviética se pudre lentamente como una idea demasiado grande para hacerse realidad y que muere bajo su propio peso. La cruel metáfora se hace inevitable.