Menstruación, pezones y libertad: el libro con las fotos que Instagram no quiso que vieras

El concepto sobre el que se creó Instagram está basado en la libertad, la expresión y la modernidad, permitiendo que cualquiera con un móvil y conexión a internet pueda mostrar sus ideales, gustos e incluso sus obras, consiguiendo no solo democratizar el arte, sino también llegar a audiencias impensables antes de la existencia de las redes sociales. Sin embargo, dentro de sus condiciones de uso encontramos importantes limitaciones a la hora de colgar nuestras imágenes. Como ellos mismos citan en su web, “se prohíben las imágenes transgresoras y los desnudos totales o parciales”.

En un mundo donde hasta las revistas de moda, las series y películas más mainstream dan por sentado que el desnudo y la transgresión forman parte de la libertad artística, resulta profundamente contradictorio que una plataforma con una imagen tan moderna como Instagram tenga una política tan conservadora y no implante otros mecanismos alternativos para evitar los contenidos inapropiados como la violencia o la pornografía entre sus usuarios.

A partir de esta reflexión surge el libro Pics or it didn’t happen. Sus creadoras, Arvida Byström y Molly Soda, hicieron un llamamiento online para que los usuarios de Instagram les enviasen las fotos que les habían censurado, y a partir de ahí pudieron sacar un retrato de la sociedad tan reprimida en la que seguimos viviendo, escondida bajo una conveniente pátina de libertad y modernidad.

El trabajo versa sobre todo en cómo la verdadera feminidad busca ser escondida y falseada de cara a la galería. Conceptos como la menstruación, los pezones y los cuerpos imperfectos parece ser que no pueden formar parte de la imagen que se quiere proyectar de la mujer. Aparentemente, la mujer de Instagram no tiene pezones, ni la regla, ni nunca jamás estará gorda. Aunque, algunos de los post censurados claramente están fuera de los límites que marca Instagram para sus publicaciones, nos llama poderosamente la atención el haber encontrado en este libro fotografías como las de la mujer hablando por el móvil bajo su hiyab, pues nos muestran hasta qué punto el conservadurismo reina en las redes sociales.

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Molly Soda, co-autora del libro, ofreció su particular punto de vista sobre el por qué de esta censura, en una declaraciones a la revista estadounidense Dazed and Confused: “el cuerpo femenino está constantemente inspeccionado, ¿por qué tendría que ser Instagram diferente?”. Y es que, al fin y al cabo, las redes sociales son el gran escaparate para las marcas. Empresas e Instagram se necesitan recíprocamente para generar dinero y el hecho de que internet proyecte una imagen poco cercana a la realidad del cuerpo femenino es de lo más beneficioso para crear una idea colectiva de cómo debe ser la feminidad. 

Es más, esa imagen irreal impulsa la obsesión consumista en la que muchos (y sobre todo, muchas) vivimos actualmente, convenciéndonos de que necesitamos muchos, muchísimos productos  para poder sentirnos bellas. Más allá de este libro, otro buen ejemplo de censura del cuerpo femenino en Instagram es el caso de la artista Petra Collins. Hace un tiempo, generó muchos titulares por ver como su cuenta era eliminada a causa de la fotografía que veréis a continuación:

Réstale a esta imagen unos milímetros de vello público, y ni siquiera te llamaría la atención en tu feed. Este es precisamente el punto donde esta política se muestra contradictoria: Instagram sí acepta fotos sexistas en muchos casos pero considera fuera de tono que se enseñe el vello femenino o pezones de mujeres —que no de hombres—. Para denunciar precisamente esto último se creó la cuenta @genderless_nipples, donde se publican fotos de pezones masculinos y femeninos indistintamente para que los moderadores se vuelvan locos decidiendo cuáles deben censurar.

Está claro que Instagram está en su derecho de imponer los términos de uso que ellos crean convenientes, de la misma manera que los usuarios son libres de decidir si los aceptan o no, pero no por eso debemos pasar por alto que las grandes corporaciones —Instagram es propiedad de Facebook— fomenten el sexismo en vez de sumarse a la lucha por la igualdad. Gracias a proyectos como estos, estamos un poco más cerca de conseguirlo.