Maduro consigue su Asamblea Constituyente y Venezuela se despide de la democracia

Venezuela borró el domingo su último atisbo de democracia y, de paso, cualquier esperanza de una salida negociada a la profunda crisis política, social y económica que atraviesa. En una tensa jornada electoral marcada por la muerte de 12 personas —que se suman a los más de 120 fallecidos en las protestas ciudadanas desde el mes de abril— el Gobierno del presidente Nicolás Maduro consiguió llevar adelante las votaciones para la instalación de una Asamblea Nacional Constituyente. Un gesto de poder que vino precedido por 48 horas de paro nacional decretado por la oposición en todo el país y que dejó a Venezuela completamente paralizada. De hecho, el olor a goma quemada de las barricadas acompañó la visita a las urnas.

El ‘autogolpe’ de Maduro, como ha sido tildado en la prensa internacional, permitirá a la todopoderosa ‘Constituyente’ establecer una nueva Constitución en Venezuela que barrerá de un plumazo la Asamblea Nacional dominada por la oposición y diseñar un nuevo parlamento 100% chavista. De nada ha servido ni la bajísima participación en los comicios —el chavismo habló de un 41% mientras que la oposición calculó apenas un 12%—, ni la presión de la comunidad internacional, ni tan siquiera la total negativa de la Mesa de Unidad Democrática (bloque opositor) a presentarse a unas más que condicionadas elecciones que sabían que suponían su sentencia de muerte política.

Las condenas a esta última maniobra de Nicolás Maduro no se han hecho esperar. El primero en atizar al presidente bolivariano fue su homólogo colombiano Juan Manuel Santos quien se negó tajantemente a reconocer los resultados de la votación al tener “un origen ilegítimo”. Por su parte, en declaraciones a el diario El País, el director para las América de la ONG Human Rights Watch, José Miguel Vivanco, sentenció que la estrategia permitiría al Chavismo “no solo perpetuarse en el poder, sino contar con un séquito de seguidores que se encargarán rápidamente de desmantelar las pocas instituciones independientes que quedan en pie, como la Asamblea Nacional o el ministerio público, suspender elecciones y continuar con la espiral de violencia y represión”.

Venezuela es en estos momentos un país que camina hacia el totalitarismo más fracturado que nunca. Por un lado, la oposición continúa tomando las calles cada día y lidiando con la severa represión de la Guardia Nacional Bolivariana y los colectivos, civiles armados por el chavismo que reprimen las protestas de manera violenta. Por el otro, el Gobierno de Nicolás Maduro y el vicepresidente Diosdado Cabello, verdadero cerebro del chavismo y que aspira a presidir la Constituyente, se aferran al poder con la única consigna de prolongar el legado iniciado por el comandante Hugo Chávez hace ya 18 años. En cualquier caso, una brecha demasiado profunda que está llevando al país al abismo y de la que más de dos millones de venezolanos han tenido que huir en las últimas dos décadas.