'La La Land', Premio A Lo Que Pudo Haber Sido Y No Fue

Entré en la sala con buena predisposición. Lo juro. La cantidad de elogios que había recibido La La Land la noche de los Globos de Oro no era para menos. Tampoco la opinión unánime de los críticos, todos a una como Fuenteovejuna. Damien Chazelle, su hasta hace poco desconocido director, se había revelado como el nuevo 'mesías' de Hollywood.

Pero, segundos después de que un locutor de radio anunciase que aquel era “otro día soleado y caluroso en el Sur de California”, cuando ni siquiera había logrado acomodándome en mi butaca, los conductores retenidos en un atasco matutino en una autovía de Los Ángeles se habían subido al capó de sus coches a cantar sobre sus sueños.

Al parecer, es el rincón del mundo donde hacerlos realidad. Aunque no tengan un duro y los rechacen en cada casting al que se presentan, mañana volverá a ser un día soleado en la ciudad de las estrellas. Un despliegue de bailarines coreografiados sobre el asfalto al estilo de 'Las señoritas de Rochefort' intentan con empeño convencerme de ello. Pero me creí más a la pequeña huérfana Annie cuando cantó aquello de “el sol brillará mañana”.

El atasco se deshace y chico conoce a chica. Él le lanza un bocinazo y ella le devuelve una peineta. Bien, pienso, puede que esto no sea la sucesión de clichés manidísimos que me había apresurado a anticipar. Al rato vuelven a encontrarse en el bar en el que a él le pagan por tocar villancicos al piano. Pero el chico, problemático él, aparta de un empujón a la chica para salir del bar al ser despedido.

Tras encontrarse de nuevo en una fiesta, el destino parece empeñado en cruzar sus caminos, le pide perdón mientras ella se hace la difícil. A la tercera va a la vencida. Cantando y bailando se enamoran y se animan el uno al otro a perseguir sus sueños, aunque acaben alcanzándolos por separado.

Él es Sebastian (Ryan Gosling), un pianista obsesionado con el jazz que quiere abrir su propio club, ella, Mia (Emma Stone), una aspirante a actriz que sirve cafés en una cafetería de los estudios Warner para pagar sus facturas. Quieren triunfar en su profesión y devolverle el esplendor que un día tuvo, algo así como su director al género musical: ¡Ay, the good old days! ¡Cuánta nostalgia hay en los zapatos bicolor de él y los vestidos entallados a la cintura de ella!

El gusanillo de la interpretación le picó a Mia cuando su tía le enseñó los clásicos Encadenados, La fiera de mi niña y Casablanca, cuyas escenas recreaban en su habitación. Sebastian lleva a Mia a un club de jazz cuando esta le suelta que “odia el jazz”. Le cuenta que Sidney Bechet mató a alguien porque le dijo que había tocado mal una nota para hacerle ver que el jazz no es relajante. Que MonkMiles y Evans no eran relajantes cuando tocaban. Lo que suena cada noche es nuevo, dice Sebastian. Pero él se opone a cualquier cambio que pueda corromper la pureza del jazz.

Este afán de pureza, que el director comparte, me devuelve a la realidad de que, lo que veo en pantalla, es una película. No puedo creerme a los personajes porque veo los hilos que los mueven. Damien Chazelle quiere hacer hoy un musical como los de antes pero los muertos no pueden resucitar. Alterna discusiones de pareja con besos interrumpidos y pies que bailan claqué con cafés vertidos sobre camisas.

Dos horas para que me crea, nos creamos, que los sueños pueden hacerse realidad aunque haya daños colaterales. En el fondo, ¿qué mejor sitio que Los Ángeles para vender un sueño, verdad? Un paraíso soleado entre decorados, teatros, clubes y mansiones. Y es que, la ilusión que se hace realidad no es otra que triunfar en el mundo del espectáculo: ¡Cómo les gusta el autobombo a los fabricantes de sueños!

Al cabo de cinco años la historia encuentra su destino (¡Ojo, spoiler!). Mia está al otro lado de la barra en la que servía insistiendo en pagar los cafés a los que quieren invitarla. Se pone las gafas de sol, como hacía Audrey Hepburn, y sale. Ha alcanzado la fama como actriz, pero yo solo la he visto en audiciones interrumpidas y antes de salir al escenario. Sebastian ha logrado abrir su propio club de jazz al que acude Mia sin saberlo.

Es entonces cuando se muestra, a todo color, lo que pudo haber sido y no fue una vida en la Mia y Sebastian siguieron cantando y bailando juntos. Nunca Hollywood premió con tanto afán una posibilidad. Las ganas de olvidar el presente y volver a un pasado, casi siempre idealizado, deben ser muchasMake Hollywood great again.