El horror de vivir en un campo de concentración nazi contado por un republicano español que logró sobrevivir

Ramiro Santisteban pasó casi cinco años sufriendo vejaciones, trabajos forzosos, torturas y el temor diario de que mataran a su padre

Ramiro Santisteban ha muerto a los 97 años en París. Santisteban vivió más de lo que muchos podrían aguantar en una sola vida. En su juventud fue recluido en Mauthausen, el famoso campo de concentración austríaco, por ser un exiliado republicano. Pasó cuatro años y nueve meses sufriendo la barbarie nazi, una experiencia que calificó de “cruel, dura e inhumana”. Durante toda su vida se dedicó a contar los episodios que vivió allí a través de las asociaciones creadas por los supervivientes. Con su muerte, son cada vez menos los testimonios de esa etapa atroz de la historia europea y muchos fallecen sin siquiera haber recibido un reconocimiento.

"Lo peor que podía pasarte en un sitio como Mauthausen era estar allí con algún miembro de tu familia. Es lo peor porque ves cómo maltratan a tu padre. Allí, delante tuyo. Y no puedes hacer nada", explicó en vida, según unas declaraciones que recoge Carlos Hernández en un artículo de eldiario.es. Su encarcelamiento en Mauthausen lo pasó con su hermano y su padre. Los tres salieron de Cantabria hacia Francia al empezar guerra. Fue uno de los 500.000 españoles que abandonaron el país a través de los Pirineos para huir del golpe de estado militar.

"El Gobierno francés nos encerró en campos de concentración como si fuésemos bestias. Allí moríamos de hambre, de frío y de todo tipo de enfermedades. No esperábamos ese trato del país que tanto presumía de la libertad, la igualdad y fraternidad". Muchos republicanos españoles que cruzaron los Pirineos para huir del franquismo fueron internados en campos franceses hasta morir, o hasta que se alistaron al ejército de la Resistencia de ese país, en una sección específica de exiliados españoles. Cuando Francia fue derrotada y ellos capturados, los mandaron hacia Mauthausen.

Fueron de los primeros españoles en llegar, todos apiñados en un tren para animales de granja. Allí no había prácticamente nada, así que las fuerzas nazis les obligaron a ponerse a edificar. "Nosotros construimos buena parte del campo. Los muros, la plaza de formaciones… construimos nuestra propia cárcel", explicó. Las condiciones eran de esclavitud. “Él y el resto de compatriotas trabajaron en la cercana y durísima cantera de granito, picando rocas y subiendo piedras de 30 y 40 kilos de peso por una empinada escalera de cerca de 200 escalones”, relata el autor del obituario.

Para los nazis, los presos no eran nada. "Los nazis nos llamaban stück, que significa cacho o trozo. Nunca nos llamaban hombres. No nos consideraban personas". Y los soldados jugaban con eso. Además de obligarlos a trabajar forzosamente, se les acosaba con la posibilidad de ser asesinados por los soldados en cualquier momento. Las SS arrojaban por acantilados a los trabajadores, otros eran ahorcados y colgados por los brazos hasta que morían, algunos otros eran hasta despedazados por los perros. "Veías que el soldado iba con un perro al que tenía amarrado. Y, de repente, soltaba el enganche y lo lanzaba contra el primero que pasaba. Lo hacía por pura diversión. Si te enganchaba, salías en trozos". Ante esta situación, muchos eran los que se suicidaban lanzándose contra las vallas electrocutadas.

Pero para Ramiro, lo peor era, en efecto, estar con tus familiares ahí. Porque morir es duro, pero es peor saber que tus seres queridos han muerto así. "El jefe de barraca se llevó a mi padre al lavabo, le metió una ducha de agua fría y le dio una buena paliza. Mi hermano y yo quisimos entrar pero los compañeros nos detuvieron. Cuando oyes los palos...”, explicó hace un tiempo en una entrevista. Aunque su padre no murió de esa paliza, el miedo de que eso pasara era aún peor.

Su familia pudo sobrevivir hasta que les rescataron las tropas aliadas. Después del campo, dedicó su vida a perseguir los que cometieron estas atrocidades y a mantener viva la memoria de las víctimas a través de varias asociaciones, incluida la Federación Española de Deportados e Internados Políticos (FEDIP), que él presidió. Ahora, ha muerto a los 97 años sin haber recibido reconocimiento por parte del Estado. Nadie se disculpó por su exilio forzoso, en el cual vivió hasta sus últimos días.