Cuando Un Gobierno Decide Obligarte Por Ley A Donar Tus Órganos

Cada vez es más habitual la afirmación “yo voy a donar mis órganos cuando me muera”. Yo la he oído, pero no he visto a nadie solicitar su tarjeta de donante. A pesar de ello, España fue líder el pasado año en donación de órganos por vigésimo cuarta vez consecutiva. Ahí es nada. Cierta envidieja le ha debido de dar al gobierno colombiano este hecho, que ha decidido aprobar una ley para que toda su población esté obligada a donar órganos después de fallecer.

Los números son aplastantes, mientras que en España se registraron 4.769 trasplantes en 2015, convirtiéndola nuevamente en la líder mundial (sí, hay que repetirlo para una vez que somos los primeros en algo bueno), en Colombia de 2.256 personas que estaban en lista de espera para ser intervenidas, solo un 2% lograron un trasplante.

Con esta nueva ley, estaríamos hablando de todo un país entregando su cuerpo a aquellos que necesitan un trasplante. Pero hay opción de conservar cada pieza en su sitio si uno lo desea. Aquel que no quiera donar sus órganos a su muerte, podrá expresarlo en vida para poder dejar que se pudran bajo tierra o incinerarlos. Y he aquí la trampa: cuántos serán los que querrán presentar su rechazo a donar, pero lo irán dejando. “Pa’ la saca”, pensarán en Colombia.

La Fundación de Trasplantes colombiana calcula que un solo donante puede salvar de siete a diez personas y beneficiar con sus tejidos a un total de 55. Son unas cifras muy llamativas que nos pueden hacer reflexionar si esos pulmones negros de tanto fumar tabaco y ese hígado deshecho por el Vodka de 3 euros que bebíamos con 17 años, y algunos aún con 20 y pico, todavía pueden valer para ayudar a quienes los necesiten. Más aun cuando nos ha salido competencia directa por el liderato de la donación de órganos, y no queremos dejárnoslo arrebatar.

Cabe recordar que en España no existe ninguna ley que obligue a la población a donar órganos, sino que el factor de donar está considerado como un gesto altruista y de bondad. Lo habitual es que la donación sea de cuerpo entero, pero se puede expresar en vida a la familia no querer donar cierto órgano o tejido para que después ellos lo comuniquen tras el fallecimiento de la persona. Así que si alguien le tiene mucho cariño a cierta parte de su cuerpo (está permitido pensar mal), puede conservarla y ceder el resto.

Gestos como este destinados a salvar vidas están bien vistos por la Iglesia católica, entre otras religiones, por si alguien lo dudaba. Se trata de un último acto de caridad por parte del donante y tiene el reconocimiento que se merece. Así que si estás leyendo esto, nunca has hecho nada bueno por nadie y te persigue esa culpabilidad, siempre podrás marcarte un acto de caridad máxima en el último suspiro.