Antes Era Fotógrafo, Ahora Cocino Pollos En Londres Ganando Una Miseria Y Soy Feliz

Es la 1:47h en Londres. Estoy saliendo de un trabajo que nunca creí que acabaría haciendo. Sí, trabajo en la hostelería. Concretamente en una cadena de restaurantes de pollo. Es decir, que soy griller y mi puesto consiste, básicamente, en cocinar pollos. Suena a mierda, ¿verdad? Podría ser peor. Hoy he cerrado la cocina, lo he limpiado todo y, por curioso que te parezca, me he dejado el alma en ello. Pero no os creáis que yo soy cocinero. No lo soy. Soy fotógrafo.

Cuando vivía en España tenía mi curro, mi sueldo de autónomo y no vivía mal. Pese a lo mucho que nos roba el estado cada mes a los emprendedores, podría decirse que tenía una vida cómoda. Pero el dinero nunca lo es todo. Hubo un momento, después de buscarme la vida dos mil veces, que pensé en qué estaba haciendo con mi vida y hacia dónde quería ir. Me planteé la siguiente pregunta: ¿ahora qué?

Sin pensarlo dos veces, hice las maletas y me vine a Londres junto a uno de mis mejores amigos. Necesitaba empezar de cero otra vez, saber lo que era volver a nacer, enfrentarme a situaciones duras que te rompen pero que te salvan.

Y ahora estoy aquí, escribiendo desde una habitación con el cuerpo impregnado en olor a pollo, salsa barbacoa y sudor. Manchándome las manos por culpa del aceite que chorrea por las encimeras donde trabajo. Quemándome hasta las pestañas cuando abro el horno para sacar la comida, corriendo por los pasillos cuando no me quedan platos para servir el pollo antes de dejarlo en una mesa. Yo estudié fotografía, y ahora cocino pollos. Me repito.

A mi lado, en la cocina, trabaja un chico que ha terminado sus estudios de Derecho. En frente, una chica sudamericana que estudia literatura y escribe un libro. En el horno, un gallego que está creando una app para organizar las dietas que crea para sus clientes. En el floor, una chica sueña con una ONG para animales sin hogar. Y otro está luchando a mi lado para crear una productora audiovisual. ¿Es una casualidad que todos estemos cometiendo el mismo error?, ¿O es que tal vez no soy el único que vela por su crecimiento personal?

Entonces lo pienso. Pienso en si era esto lo que quería antes de venir aquí. Hacer pollos en una cadena de restaurantes no es que sea cool ni lo que uno se imagina al pensar en una vida en Londres. De hecho, cocinar pollos es incómodo y desagradable. Pero me paro a pensar, me paro a recopilar todo lo que aprendo cada día delante del grill a 35 grados y me siento afortunado por todo lo que aprendo. Y cuando digo "aprender" no solo me refiero a que si acercas la mano a la brasa te la achicharras –que también-, me refiero a que a veces hay que bajar cinco peldaños para pegar el salto de tu puta vida.

Coger unas pinzas para darle la vuelta al pollo, correr por la cocina porque tienes la pantalla llena de pedidos, fregar un horno después de haberse usado durante 18 horas o cortarle un tomate a tu compañero porque a él ya no le quedan manos para poder hacerlo, no es de perdedores. Es de luchadores. Qué más da las veces que te quemes la mano. Qué más da llegar a casa a las tres de la madrugada después de 14 horas de trabajo. Lo importante es lo que yo tengo en la cabeza. Lo que tienen ellos. Lo que tienes tú: tus metas. Mientras seas capaz de no dejar de visualizar lo que quieres conseguir, todo lo demás pasa a un segundo plano.

Claro que mi sueño no era trabajar 12 horas al día, claro que me gustaría volver a casa limpio, sin este olor que se tatúa en el cuerpo. Pero, ¿sabes qué? Que por ilógico que te parezca, soy feliz. Tan feliz que no paro de sonreír por todo lo que tengo ahora mismo. Amigos nuevos con los que al llegar casi no podía comunicarme por mi inglés pésimo, pero que ahora me entienden cuando les digo: Good job, mate! Paseos que empiezan saliendo de casa a cero grados y acaban siendo una aventura llena de descubrimientos junto a compañeros de locuras que nunca imaginé que tendría.

Si estás leyendo esto y has llegado hasta aquí, solo puedo decirte algo más: no dejes de sonreírle a la vida aunque sea ella misma la que te ponga obstáculos cada 50 metros. No dejes de soñar aunque te digan que lo que sueñas es una locura, que es imposible, que te quedas fuera. Ya habrá tiempo de volver para decirles a la cara que ya está, que lo has hecho. Pero sobre todo, y por encima de cualquier cosa, no te conformes nunca con lo que tienes. Conviértete en un inconformista empedernido que odie quedarse con lo que tiene ahora, por muy bueno que sea.

Tíralo todo por la borda y vuelve a empezar mil veces, una tras otra. Porque en el momento en el que renazcas, en el puto momento en que sientas que estas empezando de cero, entenderás que la vida, como tal, son dos días. Y, amigos mío, el primero ya nos lo hemos fumado.