Excombatiente español en Ucrania: "En Debaltsevo aprendí a cavar mi propia tumba"

“Cada día a las siete de la mañana caía un puto bombardeo. Supongo que era su manera de mantenernos acojonaos”, explica al otro lado del teléfono el madrileño, Sergio Becerra. Cada vez que los morteros del ejército ucraniano golpeaban la línea de combate en Debaltsevo, una estrecha franja de tierra entre Ucrania y las autoproclamadas repúblicas populares de Lugansk y Donetsk, lo único que se podía hacer era contar los impactos, acurrucarse en la "tumba" (como se conoce a las trincheras individuales) para evitar la metralla y rezar para que el artillero no diese con las coordenadas precisas.

Sergio (segundo por la izquierda en la imagen) junto a sus compañeros en la retaguardia.

Sin pelos en la lengua y sin miedo a lo políticamente correcto, este joven de 29 años nos explica qué se le pasó por la cabeza cuando en agosto de 2014 dejó su trabajo como restaurador de automóviles, su casa y su familia en Pinto para unirse a las milicias de la región ucraniana de Nueva Rusia, como la llaman los ‘prorrusos’. “Si puedes dormir y estar tan a gusto con tu dinero, tu casa y tu curro sabiendo que en la misma Europa, a pocos miles de kilómetros, la gente está siendo bombardeada y además con el apoyo del gobierno de Mariano Rajoy. Allá tú”, explica desde su residencia en Ámsterdam.

Como era de esperar, su visión tiene muy poco que ver por la ofrecida por los grandes medios de comunicación del mundo occidental, la Unión Europea o los Estados Unidos. Lejos de considerar la anexión de Crimea y Sebastopol a la Federación Rusa como una agresión del gobierno de Vladimir Putin a la soberanía de Ucrania, el madrileño considera que la caída del expresidente de Viktor Yanukovich y la instauración del gobierno de Petro Poroshenko se debió a un golpe de estado apoyado por los Estados Unidos. Sin embargo, no se declara a favor de Rusia: "Sinceramente me la pela Rusia y su gobierno, pero hay que pensar quién está atacando a quién en Ucrania. En España no hay discusión, los malos siempre son Rusia, Irán, etc".

Apenas un mes después de regresar de Ucrania, a las 6:30 de la mañana del 27 febrero de 2015, Sergio y otras siete personas fueron detenidas en sus domicilios acusados de tenencia de armas y explosivos, asesinato y un delito contra la neutralidad de España. Se llamó Operación Danko. Sin embargo, el juez de la Audiencia Nacional, Santiago Ferraz, decidió archivar la causa al considerar que las únicas pruebas de que los detenidos hubiesen participado en acciones de combate eran las fotografías y vídeos publicados en sus redes sociales.

“Fue una operación más mediática que judicial. Querían llevar a las cámaras y explicarles que hay gente que somos terroristas y que nos vamos a guerras a tomar por el culo. No sabemos si la operación se debió a presiones por parte del gobierno de Ucrania, pero está claro que al ministerio de Interior no le hacía ni puta gracia tener a españoles yendo para allá”, asegura este comunista convencido. De hecho, fueron las experiencias narradas por el grupo de voluntarios de la brigada Carlos Palomino —un grupo de voluntarios españoles que, según declararon, viajaron al frente en Ucrania para prestar ayuda humanitaria— las que le hicieron decidirse a actuar.

Equipado con el uniforme de invierno, Sergio (a la derecha) posa junto al comandante Alexei Mozgovoy de la brigada Prizrak.

Ni corto ni perezoso, Sergio, apoyado por un colega de Madrid (cuyo nombre prefiere no revelar), estableció contacto con una de las organizaciones que se encargaba de introducir a combatientes en Donetsk. "Hablamos con los jefes, dejamos los trabajos y nos cogimos un avión hasta Moscú y de allí a Rostov del Don, cerca de la frontera con Ucrania. A los tres días en Rostov, nos metieron en un convoy hasta Donetsk donde se suponía que había dos españoles (Rafael y Ángel) combatiendo en el batallón Vostok", relata. Sin saberlo, él y su amigo se habían metido en la boca el lobo, en un par de días estarían en el principal frente de la guerra en uno de los momentos más difíciles del conflicto.

Sin ningún tipo de instrucción militar previa o conocimientos de ruso, y sin rastro de los combatientes españoles, fueron recibidos por el comandante Deutsch y el jefe de brigada Kot (gato en ruso) que, sin mediar palabra (al menos en cualquier otro idioma que no fuera el ruso), les entregaron sus armas y uniformes. “Nos dieron una ametralladora ligera RPK a cada uno, nos dijeron básicamente ‘estas son las balas’ y ‘disfrutad de la vida’”, recuerda. Allí pasaron tres semanas para olvidar. “Nos tiraron en medio de un campo y, de vez en cuando, caían pepinazos. En realidad, Ucrania se parece a los campos de Castilla: ni un puto árbol y un barrizal enorme de tierra roja con calor y frío extremos”, cuenta.

Sergio (abajo a la derecha) posa junto a sus compañeros de unidad con un fusil de asalto Ak-74

Como es lógico, Sergio se resiste a comentar si intervino (o no) de manera directa en alguna ofensiva de combate. No obstante, sí reconoce la dureza de levantarse cada día al sonido los morteros y los disparos de los francotiradores: “Una vez estás en el frente el sentimiento es que te van a matar todo el rato, estás cagado en los pantalones. Pero, después de la primera semana, te acostumbras”. Otra de las cosas que sorprenden al hablar con él es la naturalidad con la que habla de los bombardeos. “Como no había aviación eran morterazos y disparos de tanque. Incluso te lo vas aprendiendo, si vienen de tres en tres son de mortero, de seis en seis, mortero ligero, etc.”, apunta.

Pero la suerte de los españoles cambió el día que escucharon hablar de las Brigadas Internacionales. “Nos enteramos de que había una brigada internacional, la Prizrak, con legionarios franceses, paracaidistas serbios, alemanes, italianos, americanos y en la que se hablaba inglés”, relata. Nuevamente, hicieron las maletas y se desplazaron hasta la ciudad de Alchevsk, en el territorio de la República Popular de Lugansk, donde se integraron en la unidad 155 bajo las órdenes del conocido comandante Alexei Mozgovoy, quien falleció en 2015 víctima de un ataque que, según el gobierno ucraniano, fue perpetrado por una brigada Spetsnaz, el cuerpo de operaciones especiales de Rusia.

Sergio (segundo por la derecha) sostiene su ametralladora ligera RPK junto a los demás españoles en el batallón Vostok.

"En Debaltsevo es donde aprendí a cavar mi propia tumba", comenta con un juego de palabras al referirse a la trinchera individual en la que se tenía que meter cuando estaba en primera línea. Dos semanas en el frente y dos días de descanso, así durante cuatro meses.

“Dormir, lo que se dice dormir, nunca duermes. Tampoco se come demasiado bien y, si tienes que ir al baño, suele haber un lugar al final de la trinchera, vas y te vuelves a meter en el agujero. Con suerte cada dos semanas nos daban permiso para ir a los barracones en Alchevsk, tomar una buena ducha y descansar un par de días. En la trinchera las horas se pasan volando, hablábamos de nuestras cosas, había risas y la camaradería normal cuando juntas a 20 o 30 hombres durante 24 horas al día”, detalla. En el fondo, más que las batallas en el frente, lo que recuerda con más intensidad fue la bienvenida de las personas.

Emocionado, el madrileño describe el recibimiento de su brigada cada vez que patrullaba alguna de las aldeas cercanas a Alchevsk: “Los civiles lloraban al vernos y nos abrazaban. Nos regalaban azúcar y comida para expresar su gratitud. Pero nosotros no éramos héroes. Un héroe es la persona que, sabiendo que va a morir, decide quedarse allí luchando cada día por sus ideas”. Escuchando sus palabras, es imposible no dejarse conmover por su versión aun a sabiendas de que, por mucho que se resista a decirlo, Sergio fue allí para matar o morir, aunque fuera por ideas.

Los miembros de la brigada Prizrak posan junto a las banderas de sus respectivos países.

Como era de esperar, tras más de cinco meses en Ucrania, su regreso a España no fue un camino de rosas. La mañana en que una docena de policías encapuchados y armados hasta los dientes tocaron a su puerta le devolvió a la realidad. En las acusaciones de terrorismo que lanzaron desde la brigada de información de la Policía Nacional no había ni rastro del héroe que las personas de la autoproclamada Nueva Rusia parecían ver en él. Aunque todo se resolvió a su favor, la etiqueta de terrorista y mercenario que se le colocó será difícil de borrar. A pesar de todo, para Sergio, ser consecuente con sus ideas valió la pena.