Entramos En El Hotel De Lujo Ocupado Por Cientos De Refugiados En Atenas

En su día alojaba a turistas adinerados de visita a las ruinas del Partenón. En la actualidad, de la ‘H’ del Hotel City Plaza cuelgan unas bragas rosas, caídas del tendedero de alguna de las familias sirias o afganas que lo habitan. El edificio es una metáfora perfecta de la última década en Atenas, la capital de uno de los países más decadente de la zona euro. En cosa de unos cinco años ha pasado de hotel de lujo a ruina abandonada y, de ahí, a comuna ‘okupada’ por cientos de refugiados y activistas llegados de todos los lugares del planeta.

Situado en pleno centro, entre la estación central y el barrio de Eksarchia, mítico por sus paredes empapeladas y los enfrentamientos entre antidisturbios y anarquistas, el City Plaza entró en bancarrota en 2010 y estuvo seis años abandonado hasta que, el pasado abril, entraron por la fuerza unos 400 activistas y refugiados de Oriente Medio, África y Afganistán. Vista la situación e incapaz de mantener los gastos del edificio, la propietaria del hotel les cedió el uso. Ahora es uno más de los refugios autogestionados de Atenas aunque se sabe que existen al menos cuatro experimentos similares en la ciudad.

En mi primera visita me pasé de largo el edificio, una mole gris que podría estar en cualquier callejón de Benidorm. De hecho, a nadie le llamaría la atención en medio de la arquitectura setentera de la capital griega. Esta vez, he venido al Plaza para visitar a una amiga paquistaní que lleva instalada en el hotel una semana. La última vez que la vi, vivía en una especie de arresto domiciliario en un piso de Tesalónica, una ciudad por cuyas calles circulan cientos de refugiados recién llegados a Europa.

Sin embargo, es en el City Plaza, en pleno centro de Atenas y junto a cientos en su misma situación—el hotel alberga a unas 400 personas en sus 146 habitaciones— donde lleva mejor la espera ansiosa, la soledad y el trauma de no saber qué ocurrirá con su vida en los próximos meses. "Al principio se me acercaba la gente a preguntarme si soy chico o chica. Ahora les respondo preguntándoles lo mismo y se quedan cortados”, me explica mi amiga, que es transexual y prefiere que no escriba su nombre.

Estamos en su habitación en lo alto del hotel, bebiendo zumo de melocotón y poniéndonos al día. Le pregunto cómo pasa los días aquí, y contesta sonriendo: "pensando en cómo salir de este país". Ni siquiera atiende las clases de inglés que organizan los voluntarios. Al igual que hacía en Tesalónica, apenas sale de su habitación aunque reconoce que aquí la vida comunal la obliga a socializar, como mínimo un par de veces al día. De hecho, me ha sorprendido bastante encontrármela al entrar, limpiando cristales con otras refugiadas.

Después de subir juntas los siete pisos que llevan a su habitación —ni que decir tiene que el ascensor no funciona— me muestra su pequeño rincón en el hotel. Comparte el cuarto, estrecho y de techo bajo, con dos paisanos paquistaníes que ya conocía de antes de iniciar su éxodo. Hay una cama individual, un colchón en el suelo, un espejo largo y una mesilla. En su día, debía ser una de las habitaciones más baratas del City Plaza. En un momento dado llegan sus dos compañeros, que se sientan en el suelo y conversan en urdu. Así pasan las tardes, hablando en su lengua con la persiana medio bajada, a la espera de que pase algo.

Pero no todo allí es tan aburrido. El Plaza lleva meses atrayendo medios de comunicación y voluntarios internacionales, algo que se nota en el movimiento de personas de su interior. Recuerdo que lo primero que vi al entrar fueron unos hipsters americanos con aspecto relajado y las manos en los bolsillos. Nos miraron —a mí y a mi colega italiano— sin mucho interés, saludando con un movimiento de cejas. Eran voluntarios en el turno de puerta: vigilan que no entre nadie sospechoso y dan información a quien se la pide.

Otra voluntaria con rastas regentaba la recepción, limpísima, iluminada como en los tiempos de opulencia. No es casualidad, de hecho, la primera palabra que sugiere aquella recepción, en comparación a las entradas valladas y mugrientas de los campos, es dignidad. Los refugiados del Plaza le levantaron el dedo corazón al gobierno griego, a la Unión Europea y a todos los que les querían hacer dormir en tiendas de campaña. En el Plaza se ahorran la humillación de vivir una existencia paralela en campos lejos de las ciudades, donde no tienen libertad de movimiento ni hay parques ni cafés ni avenidas por las que pasear.

Esta dignidad conlleva también un plus de responsabilidad. Todos sus habitantes, refugiados y activistas, se turnan para mantener el hotel decente y con vida: en la cocina, para los turnos de limpieza, regentando el bar, dando clases de inglés o haciendo actividades para los niños. Por todas partes parece haber gente fregando escaleras, chavales transitando por los pasillos, etc. Me cuentan que en este momento están a tope, no cabe ni un alfiler más. De ahí el valor que mi amiga otorga a su pequeño espacio propio.

La conversación hace que nos entre el hambre y a las cuatro de la tarde, dejamos la habitación para bajar al comedor y reponer fuerzas. Veo a dos conocidas en una esquina, apurando su ración del día. Ambas son voluntarias españolas con experiencia en los campos de refugiados del norte de Grecia. Acaban de llegar al hotel pero ya están metidas de lleno en el engranaje; vienen de una reunión y después de comer se dirigen a otra. El menú de hoy es 100% vegano, mitad judías con una salsa inescrutable, mitad ensalada de patata.

Mientras rebañan sus platos con pan de pita, comentan las rencillas diarias de la cocina: dificultades logísticas, montañas de carne que se acaba pudriendo. La comida proviene de donaciones y de la distribución de alguno de los almacenes de Atenas, también coordinados por voluntarios. "Es una putada tener que comer aquí cada día, sobre todo para los que llevan meses y echan de menos un poco de intimidad", dice una de ellas. El ambiente es de comedor de colegio: la cola para servirse, el ruido de niños y tenedores rascando platos, la comida que se tira sin muchos miramientos en grandes bolsas de basura.

A pesar de todas las dificultades, es evidente que el sistema fluye, la gente se lo toma con paciencia y no queda nadie sin un plato en la mesa que es lo importante. Mientras comemos, una pancarta gigante en medio del comedor nos recuerda la historia de dos activistas vascos que fueron detenidos por tratar de sacar refugiados de Grecia: “Os cogieron a vosotros pero nos quieren a todos”. Un enorme puño cerrado rojo acompaña la frase. Por ironías del destino, mi amiga estaba entre las que intentaron salir en aquella ocasión. Cuando le pregunto por el percance sonríe fríamente y no responde nada.

Aunque la organización y el voluntariado han conseguido ofrecer un mínimo de confort a sus habitantes, el City Plaza sigue siendo un lugar de paso. Como una visitante más, mi estancia allí concluye en el mismo día. Me voy pensando que aunque a los europeos ‘progres’ nos fascine y la revista Time le dedique extensos reportajes, para mi amiga el Plaza es sólo un episodio más en su odisea hacia Europa; un pequeño descanso entre abusos y maltratos institucionales.

Quizá algún día recordará esas caras con gratitud o cariño pero, de momento, sólo piensa en pasar a la siguiente página. Después de despedirse de mí en la puerta de hotel, mi amiga se aleja en dirección contraria, sin abrigo y contraída por el frío, perdiéndose por los callejones de Atenas. Con suerte, la próxima vez nos veremos en el lugar en el que de verdad escogió permanecer.