Creo que estoy enamorada de mi gato

Tu gato te quiere, no lo dudes. Aunque se comporte como si pasase de ti, te adora. Los dos vais colocados de oxitocina, aunque no lo sepáis

Su pelo es suave y cuando me mira con esos ojos medio vacíos, medio indiferentes, algo vibra dentro de mí. Quiero besarle y abrazarle, estrujarle entre mis brazos y fundirme en ese suave ronroneo que nos da tanto gustito a ambos. Cuando estoy con él me siento feliz. Me aburro un poco con mis amigos y sólo pienso en que saldrá a recibirme cuando llegue a casa, en que me mirará en cuanto cruce la puerta. Con alegría o con reproche, nunca lo tengo del todo claro. Pienso en él cuando estoy en el trabajo, y mi móvil está plagado de fotos suyas durmiendo, disfrutando, apoyado contra la ventana, abrazados juntos y poniéndonos caras. Si una semana ando justa de dinero, siempre rasco lo suficiente para que no le falte nada, aunque tenga que privarme yo de mis vicios. Lo que siento por él es puro y verdadero. Creo que estoy enamorada de mi gato.

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Dándole vueltas al tema, me puse a pensar en mis relaciones anteriores. Menos una, todas han sido más o menos cortas, y la convivencia, en la mayoría, fue totalmente desastrosa. Con Stampy, mi gato, eso no me pasa. Desde que le ví —al igual que me ha pasado con todas mis parejas humanas— supe que era para mí. Dejé de hacer scroll y me quedé atrapada por esa carita que me miraba fijamente diciéndome: "yo soy tu gato". Fue un auténtico flechazo, como cuando ves a alguien en un bar y sabes que vais a liaros. Lo mismo, pero con papeles y vacunas de por medio. 

¿Podemos enamorarnos de un animal?

Lo que sentimos por ellos y las relaciones que construimos muchas veces son más satisfactorias que las que mantenemos con las personas. Convivimos bien y nos damos cariño. Es cierto que nos falta lo de hacer planes y lo de la vida sexual (cada uno nos lo pasamos bien con nuestros respectivos juguetitos), pero nuestra relación a nivel vida casera es de lo mejorcito que me he encontrado. Investigando en Internet, aparte de encontrar los típicos artículos moñas sobre que si tu gato te quiere o no, encontré este estudio realizado en la Universidad de Viena y publicado en la revista Behavioural Processes, que sugiere que la relación entre gatos y mujeres goza de un vínculo especial: los felinos, además de interactuar con sus dueñas, también pueden entenderlas e incluso manipularlas.

También encontré estas demoledoras declaraciones: "Los gatos parecen recordar los favores y devolverlos después". Y como en cualquier relación amorosa que se precie, lo gatos son más propensos a corresponder las necesidades de sus dueños si ellos han respondido previamente a las suyas. Vamos, como en cualquier pareja.

"Las relaciones entre los gatos y los humanos involucran atracción mutua, compatibilidad de personalidades, facilidad de interacción, juego, afecto y apoyo social", dijo Dorothy Gracey, coautora del estudio, "y pueden desarrollar relaciones complejas con mutuo entendimiento", agregó. Claro que sí, Stampy y yo nos entendemos de maravilla. Sé lo que significa cada uno de sus maullidos con más claridad que las palabras que me han dicho muchos de mis amantes. Una complicidad subliminal, una empatía invisible. ¿Es posible que mi gato me esté embrujando? Si, pero no es una cuestión de magia. Es ciencia.

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Colocada de oxitocina

"La oxitocina es el responsable neuroquímico de la formación de vínculos sociales a largo plazo en especies mamíferas", concluyó la investigación de la veterinaria Teresa Romero, publicada en la revista científica 'Proceedings of the National Academy of Sciences'. Otro estudio, de la Universidad de Claremont, llegó a las mismas conclusiones. La llamada 'hormona del amor' regula las relaciones y hace posible que perdamos la cabeza por alguien. Hasta hace poco se creía exclusiva de los humanos, pero no, los mamíferos de compañía —esos a los que egocéntricamente conocemos como 'mascotas'— la segregan de la misma manera, y tiene el mismo efecto. En algunos casos, como en el de la británica Barbarella Buchner, les ha llevado incluso a pasar por el altar. En dos ocasiones. 

Sí, todo por culpa de la oxitocina. Una nubecilla invisible que controla nuestras emociones sin que nos demos cuenta. Ese interruptor loco de las pasiones. Esa droga. Yo creo que voy hasta las cejas por mi gato. Ahí tenemos la explicación científica, pero, ¿y la psicológica? ¿Qué nos lleva a entregarnos a esos pequeños cuadrúpedos peludos de ojos cristalinos con la misma devoción con la que nos lanzamos al vacío del amor? 

Un apoyo que no pide nada a cambio

Para Daniel Rodríguez, terapeuta especializado en terapia asistida con animales (perros generalmente, aunque también con gatos y caballos) ha trabajado con todo tipo de pacientes, desde personas tetrapléjicas a niños maltratados, pasando por autistas o mujeres víctimas de la violencia machista, la respuesta está clara: "Un animal no te juzga, no te critica, no te manda. Simplemente está ahí". Según Rodríguez, con nuestras mascotas se crea un vínculo inconsciente que "hace que proyectemos en el animal lo que nos falta en la vida: aceptación, cariño, jugar... amor" y añade que, en el caso de los gatos, "está demostrado que alivian el estrés de los humanos". Por otro lado, recuerda que aunque en España, este tipo de terapia que "no ha terminado de entrar del todo" en países como Japón "hay gatos incluso en algunas oficinas".

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Gracias a los animales, en sus terapias ha visto mejorías que rozan lo milagroso. Entonces, ¿es posible que el amor—en el sentido más puro de la palabra— no entienda de especies? "Para algunos, el animal se convierte en un humano más. Tuve el caso de un paciente que le compraba ropita al perro, tenía una habitación sólo para él en casa y le ponía videos de canes para entretenerle. Ya no era un perro, era su hijo", recuerda el terapeuta. Y para mí está claro, mi gato es mi novio.