En Corea hay tan pocos niños que las abuelas vuelven al colegio para que no los cierren

Enviar a las mujeres a la escuela era considerado un gasto inútil. Por eso, miles de coreanas no pudieron recibir educación. Ahora, para afrontar el éxodo rural y la baja natalidad, han decidido que es hora de matricularse

Es una clase de segundo de primaria aparentemente normal. Hay pupitres, dibujos en las paredes, una caja de juguetes y libros con muchos colores. Es la hora del descanso, y los alumnos están cada uno con lo que más les apetece. En un rincón, unos niños juegan con unos coches de juguete. En la otra esquina, un grupo de dos mujeres leen un libro.  ¿Lo único extraño? Que los alumnos se llevan 50 años de diferencia.

Como cuenta un documental de Al Jazeera, esta es la estrategia que Corea del Sur ha adoptado para que las escuelas de las regiones más despobladas no cierren: aceptar la matrícula de mujeres ancianas analfabetas o sin escolarización. De esta forma, acercan a la tercera edad las bases educativas a las que miles de mujeres no pudieron acceder debido a la precaria situación del país después de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra civil coreana y a la cultura patriarcal que no consideraba a las mujeres dignas de recibir educación.

“Mi marido nunca me dejó hacer nada, pero mi sueño de ir a la escuela con mi mochila y mi tupper del desayuno siempre ha estado ahí”. Ahora, Park Go-ee, de 72 años, por fin lo ha podido conseguir. Se ha matriculado en la Bangrim Primary School, en una zona rural cerca de la frontera norcoreana, con dos amigas suyas: Park Kyung-soon, de 65 años, y Jeon Il-ok, de 78. “Cada día mi rutina es la misma: preparo el desayuno para mi nieta y yo y, juntas, cogemos el bus escolar. Ella está en cuarto, yo en segundo. Sabe leer mejor que yo. Pero al menos ya sé”, asegura, riéndose.

“Antes sentía mucha vergüenza. No sabía cuánto tenía en el banco, tenía que fiarme de lo que me decían los empleados. Una vez incluso mandé a una vecina a enviar una factura mía y volvió enfadada. Como no sabía escribir mi nombre, puse en cambio de Park Go-ee, Park Pepino [muy parecido en los caracteres coreanos], y se rieron de ella”. Ahora, sonríe mientras lee de un papel: “ya no tengo que preguntar al conductor de autobús donde va, ahora puedo leerlo yo misma, ¿ves? Ya puedo hacerlo”. Eso sí, “aprender las letras es fácil. Pero todavía no he aprendido esto del texting. Mira que me lo explican, pero se me sigue olvidando”, se queja Park, mientras aporrea el móvil.

La directora de la Bangrim Primary School, una de los diez centros por todo el país que ha adoptado estas medidas, asegura que “en la cultura coreana los hombres existen, son superiores, y las mujeres les sirven”. Por eso, tradicionalmente, solo los hombres iban a la escuela, educar a una mujer en plena posguerra era un gasto que no consideraban importante. “Dar una segunda oportunidad a estas mujeres es difícil, porque cuesta más aprender a esta edad, pero es muy gratificante. Ojalá vinieran más abuelas a estudiar”, añade.

Hace unos diez años, la escuela tenía hasta 700 alumnos, ahora menos de 22. Como explica The New York Times, esto se debe a que en Corea del Sur, uno de los países con más desigualdad de la OECD (como bien nos enseñó Parásitos), la tasa de natalidad ha disminuido, debido a que los jóvenes no pueden permitírselo. Hay poca estabilidad laboral y se ven forzados a emigrar a las ciudades. Así pues, el mundo rural se ha vaciado: no hay casi nacimientos y los pocos jóvenes que nacen, se van. Como añade otra de las ancianas que se han matriculado, “nosotras hemos pagado para aprender y también evitar que las escuelas donde van nuestros nietos cierren”, añade.

CN