Lo Confieso: Soy Mujer, Musulmana Y He Votado A Trump

Hemos asumido la victoria de Donald Trump como una victoria red neck. Su votante de base se imagina como un neanderthal con más tatuajes que neuronas; un hombre blanco, racista y homófobo con un fusil de asalto en la parte de atrás de la pickup.  Alguien a quien no le echan atrás varias denuncias de acoso sexual y que no sabría colocar Siria ni Oriente Medio en el mapa, pero odia a muerte todo lo relacionado con el islam. Por eso, hace unos meses las palabras de Asra Nomani sembraron el caos en la red: “Esta es mi confesión. Yo, una mujer de 51 años de color, inmigrante y musulmana, soy una de las votantes silenciosas de Donald Trump”.

Su testimonio se publicó en un artículo en el Washington Post el día después de las elecciones. Medio país estaba aún de resaca, esperando encontrar una cámara oculta. La distopía se hacía real y el artículo de Nomani flotaba en un mar de histeria colectiva. Era contraintuitivo: además de misógino y presunto depredador sexual, Trump ha propuesto cerrar las fronteras a los musulmanes del mundo. Pero, a pesar de ello, casi 63 millones de personas eligieron al magnate de manos minúsculas y piel finísima, y no todos eran obreros del Midwest. Nomani forma parte de la “minoría silenciosa” que le ha dado la presidencia. Su voto, y el de otras personas como ella, es clave para entender los fracasos demócratas que han llevado a la situación actual.

“No soy intolerante, fanática ni supermacista blanca”, continúa en el artículo Nomani, ex reportera del Wall Street Journal y profesora en la universidad de Georgetown. “Apoyo la posición del Partido Demócrata respecto al aborto, las bodas homosexuales y el cambio climático. Pero soy una madre soltera que no puede permitirse un seguro médico bajo el Obamacare”.

El voto de los musulmanes había generado expectación. Son el 1% de los norteamericanos, unos 3,3 millones de ciudadanos. Se especulaba que saldrían a votar en masa, y fueron a las urnas cerca de un millón, el doble que en las elecciones de 2012. El hashtag #MyMuslimVote acumuló decenas de selfies en colegios electorales. Muchas eran mujeres con chapas de “I’m with her” (con Hilary, claro). Todo en orden.

Por eso al artículo de Nomani le llovieron insultos desde las cavernas de Twitter. Abría una grieta en lo que debería haber sido una unidad sin fisuras. También cuestionaba la cobertura liberal de la campaña, que retrataba a los votantes de Trump como white trash con el encefalograma plano.

Nomani dejó claro que alguien perteneciente a uno de los múltiples colectivos atacados por Trump podía cederle su voto. No era un mero conflicto de raza, falta de educación o clase social. Tampoco la motivaron un autoodio misógino, ni el miedo a los mexicanos, ni la voluntad de marginar a sus correligionarios.

Su motivo principal fue la decepción con el Partido Demócrata. La reforma sanitaria de Obama —el Affordable Care Act, o más popularmente Obamacare— no cubría sus necesidades de madre soltera. También era un voto de castigo a la alternativa, la ambigua Hillary Clinton, símbolo del estatu quo y la doble cara del poder. La puntilla definitiva la dieron las revelaciones de que la Clinton Foundation realizó donaciones multimillonarias a Qatar y Arabia Saudí. “Me preocupaba la influencia que podrían tener algunas dictaduras teocráticas musulmanas en la América de Hillary Clinton”, escribió en el artículo. 

Pero Asra Nomani no había sido la primera musulmana en declararse seguidora de Trump. Saba Ahmed, abogada y fundadora de la Republican Muslim Coalition, anunció su apoyo entusiasta meses antes de las elecciones. También una ex demócrata reconvertida, tenía sus propias razones para apoyar al showman. Básicamente lo hacía por lealtad al partido, pero denunciaba que Trump tuiteara alegremente sobre el  “Islam radical” a cada ocasión. Durante la campaña, Ahmed aparecía en debates de Fox News luciendo un hijab con la bandera norteamericana e invitando a Trump a visitar una mezquita y conocer a sus feligreses. Nunca obtuvo respuesta.

Pero Nomani está a las antípodas de Ahmed. Militante laica, ha abogado contra el uso del hijab y por el empoderamiento de las mujeres musulmanas. De hecho, criticaba duramente a Obama por no hablar de la radicalización del Islam y ceder a lo “políticamente correcto”.  

A partir de hoy, Trump tendrá cogido el país, en sus propias palabras, by the pussy. Veremos si sus expectativas - las de Asra, Saba y la minoría silenciosa que esperaban arreglar el país - tenían algún fundamento.