La ceremonia de las mil vírgenes de Suazilandia, un mercado sexual de adolescentes

Eran más o menos las 12 del mediodía. Estaba en la ciudad africana de Mbabane, en lo que parecía un estadio de fútbol, una explanada abarrotada de gente y sin dar crédito a lo que veían mis ojos. A mi alrededor entre 20.000 y 80.000 jóvenes, adolescentes y niñas semidesnudas (las cifras bailan según las fuentes), se arremolinaban en una especie de desfile cuyo objetivo no era otro que ofrecerse en cuerpo y alma al rey Mswati III. El nombre de la impactante celebración que presencié es el 'Umhlanga' (‘El Baile de los Juncos’) y se trata de todo un acontecimiento nacional en Suazilandia, el último país de África en el que su monarca detenta el poder absoluto. De hecho, aquello es lo más parecido que jamás he visto a un mercado de mujeres esclavas en pleno siglo XXI. Algo que me dejó horrorizada y cuyas imágenes todavía no he podido borrar de mi cabeza.

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Lo peor de todo no es el machismo y la objetivización que implica la ceremonia, sino saber que muchas de esas niñas acabarán infectadas de VIH. En el Reino de Suazilandia, un pequeño país de 17 000 kilómetros cuadrados (un poco más de la mitad de la superficie de Bélgica) y casi 1,3 millones de habitantes, el 30% de la población se encuentra infectada por el virus del sida, lo que ha provocado la pérdida de generaciones enteras. El origen del problema, una vez más, es la desinformación. Los suazis creen que haciendo el amor con una mujer virgen se purificarán y podrán curarse del sida. Es duro, pero cierto. Muchas de esas jóvenes que asisten cada año a la ceremonia acaban siendo la esperanza para las personas enfermas en su familia. Es un bucle que nunca acaba.

Mientras bailaban a un ritmo frenético, la chicas se mostraban con el pecho descubierto y unos minúsculos trajes de plumas con telas de colores que tapaban sus genitales. Curiosamente, seguían el ritmo de la música sin soltar sus cuchillos (con los que cortarán los juncos) y agarrando con fuerza sus amuletos. Y es que, en Suazilandia -un país con un altísimo índice de pobreza- lo mejor que te puede pasar es que el rey te elija como esposa para pasar el resto de tu vida en su harén y vivir en un palacio propio. Eso sí, el protocolo dice que la boda no se celebrará hasta que la chica se quede embarazada. Básicamente el monarca se asegura de tu fertilidad y después decide si se queda contigo o no. Si no hay bebé, la joven será repudiada.

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Mientras observaba a aquellas chicas sumisas y ansiosas ante mí, me preguntaba, una y otra vez, ¿qué hago aquí? Quería levantarme y gritar a los cuatros vientos que lo que allí estaba pasando era una locura. Me hubiera gustado hablar con ellas y saber qué se les estaba pasando por la cabeza, que reaccionaran. Pero fue imposible. Estaban tan concentradas en ser las elegidas que fue imposible arrancarles una sola palabra. Yo las observaba y me imaginaba así hace unos años: horrorizada y desconcertada. Pero ellas, con la mirada firme y su mejor sonrisa en la cara, estaban tan concentradas en lo suyo que ni siquiera se daban cuenta de que tenían público extranjero. La Reina Madre no les quitaba ojo mientras bailaban para ella. Todo muy surrealista a mis ojos occidentales.

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Y esta monstruosidad se ha convertido, por increíble que parezca, en un atractivo turístico. Un acontecimiento al que asisten sin pestañear muchas personas cada año, incluidas mujeres. Y aunque sintiera impotencia, en el fondo sabía que no podía hacer nada. Yo estaba allí en un viaje de cooperación y fue el rey en persona quien nos había invitado a asistir a su "gran fiesta". Yo, desde luego, no me esperaba algo así. Tenía ante mis ojos un acontecimiento nacional con mujeres para uso y disfrute exclusivamente de Mswati III. Aquello era un espectáculo de mal gusto. ¿Dónde quedaba la Declaración Universal de Derechos Humanos?, ¿dónde estaban los observadores internacionales? 

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Entiendo que en Suazilandia la vida no vale lo mismo que en el primer mundo, que los derechos son algo abstracto que muy pocos comprenden y la dignidad pasa por Mswati III. Que, en realidad, todo pasa por el rey y lo que él diga va a misa. Quizás por eso me fui con mal sabor de boca, con una sensación horrible y con muy pocas ganas de volver, o ninguna. Este denigrante espectáculo para la mujer sigue existiendo en el siglo XXI al sur de África, entre Mozambique y Sudáfrica. A 8.000 kilómetros de España. Pero no quiero olvidar. Y por eso quiero dejarlo por escrito. 

Fuente de las fotografías: Diana Rodríguez Pretel