La carrera de publicidad: entre la genialidad y el suicidio

Si hay algo que alimenta a los Universitarios es la motivación. Ese néctar aspiracional con el que sales del instituto. Lleno de euforia, chutado de hormonas, borracho de expectativas. Qué emocionante panorama el que se ve a lo lejos.

Si le sumas a ese estado catártico que vas a estudiar Publicidad, entonces hablamos de que en tu profunda e infinita imaginación (porque los publicistas de eso tienen mucho) sueñas en convertirte en un cuentas que maneje clientes como Ikea o en un copy que invente slogans como ‘te gusta conducir’ y cree conceptos como ‘Just do it’. Y si te vienes arriba hasta sueñas con poder trabajar como planner en Ogilvy, JWT o Leo Burnett.

Porque quien estudia Publicidad lleva un pequeño Padowan dentro, un Monstruo de las Galletas, un ‘A mi me daban dos’. Y después de los cinco años de carrera, las 12.836 noches de cafés (mucho más largas que las 500 de Sabina) estudiando con amigos, apuntes a gogó, viajes, trabajos en grupo, algún que otro desencuentro amoroso, exposiciones ante la clase y un par de profesores atravesados, termina la etapa dorada de nuestras vidas.

Y entonces le abres las puertas al momento ‘Hola, soy publicista y he venido a hablar de mi licenciatura y mis 3 idiomas’. Y se lo dices a un mercado saturado de genios que como tú, tienen un talento que quieren compartir con el mundo. Y como eres publicista además de decirlo tienes que hacerlo de una forma original, creativa, que destaque, que demuestre que tú eres distinto, que eres arte en estado puro. Ese emocionante panorama que al principio sonaba a Rock&Roll suena ahora a disco rallado.

Es hora de darle al play al Becario in da office.

Un rol que no esperabas desempeñar en tu vida pero que te mantendrá en activo dentro de las agencias. Míralo por el lado positivo: las fotocopias, las horas de research y la producción de presentaciones curten mucho; por no hablar del paupérrimo sueldo que te servirá para contarle a tus nietos esas batallitas que cuentan los abuelos a sus nietos.

Pero no nos pongamos melodramáticos

Porque la carrera de Publicidad es muy estimulante, no hay forma de aburrirse en ella. Cualquier persona que se interese por el arte y por la comunicación debería elegirla. Además está llena de sorpresas, nunca sabes a qué te dedicarás. Si será a eventos realizando un Mapping 3D en París o si el evento lo vivirás dentro de un catering de degustación en el supermercado de tu barrio; si trabajarás en el departamento de customer experience de Google o tendrás que conformarte con ser parte del equipo atención al público de Druni con un uniforme verde agua marina que oye, ni tan mal. O quizá después de haber testeado apasionantes trabajos a 20 horas, entrevistas en Honolulu y algún jefe intransigente, déspota y malfollado decides emprender tu propio camino como freelance liderando tu propio negocio. Aportando al mundo tu know-how, tu savoir-faire único y tus ganas que son muchas y ricas. Ya ves, los publicistas servimos igual para un roto que para un descosido.

Pese a que en la universidad se les olvidase contarnos el pequeño detalle de que para aumentar nuestras posiblidades laborales en el futuro no es necesario bajarse así los pantalones, mientras siga existiendo Don Draper y hasta que Saber y Ganar continúe en emisión; hay esperanza.

A una profesión vocacional no la frena ni una crisis, ni las 360, ni los cambios en los gustos o tendencias de los consumidores. A un Publicista le gustan los retos y no fracasa, solo se encuentra con diez mil intentos que no funcionan.