La brutal reflexión sobre la pena de muerte de la mujer que presenció 300 ejecuciones

La estadounidense Michelle Lyons publica el diario en el que recogió todos sus sentimientos tras 12 años en el corredor de la muerte

Aunque hayan pasado 18 años desde la última ejecución, sus ojos no pueden evitar soltar una lágrima cada vez que lo recuerda. Durante los 12 años que Michelle Lyons trabajó como reportera de un diario local y posteriormente como portavoz del Departamento de Justicia Criminal de Texas, esta mujer de 41 años asistió a la ejecución de 300 hombres y mujeres. En su cabeza, escenas como la de la señora McGinn con sus manos apoyadas sobre el panel de vidrio de la cámara de la muerte observando la ejecución de su hijo no pueden parar de repetirse.

"Ser testigo de las ejecuciones era, sencillamente, parte de mi trabajo (…) por entonces estaba a favor de la pena de muerte, pensaba que era el castigo más apropiado para cierto tipo de crímenes. Y como era joven y audaz, todo para mí era blanco o negro”, reflexiona ahora Lyons en las páginas de sus recientemente publicadas memorias Corredor de la muerte: los minutos finales. Su historia no es una más. Lyons trabajó en el estado norteamericano con el mayor número de ejecuciones y ella tuvo que enfrentar el dolor que suponía cada una de ellas.

Dejar de sentir para sobrevivir

Pero su forma de enfrentarlo no tuvo nada de valentía, ni de miedo, ni de ningún sentimiento identificable más allá de una indiferencia forzada. Lo suyo fue simplemente mirar hacia un lado hasta que no pudo soportarlo más. Tanto dolor no podía ser ignorado sin más. "Si hubiese empezado a explorar cómo las ejecuciones me hacían sentir cuando las veía, si hubiera reflexionado sobre las emociones en juego, ¿cómo hubiese podido regresar a esa habitación, cada mes, cada año?", se pregunta. "Era la insensibilidad lo que me permitía continuar", concluye.

Solamente durante su periodo como reportera, Lyons presenció un total de 38 ejecuciones por medio de la inyección letal. Justamente aquel primer año, en el 2000, el estado de Texas batió su propio récord con un total de 40 ejecuciones. Como periodista que era no pudo evitar anotar lo que observó en todos aquellos momentos como forma de lidiar con la situación: "Cuando miro mis notas sobre las ejecuciones, puedo ver las cosas que me molestaban. Pero cualquier duda que hubiera tenido, la guardaba en una valija en mi cabeza y la empujaba a un rincón”.

Lo horrible como parte de su rutina

Los detalles de cada una de las ejecuciones aparecen mencionados aquí y allá en sus escritos. Desde los diminutos pies de la señora Betty Lou Beets, quien enterraba a sus maridos asesinados en el jardín (se casó varias veces y los iba matando: era una clásica viuda negra), a Thomas Mason, el cruel asesino que se parecía a su propio abuelo. No obstante, según ella, el dramatismo de las escenas era menor que el que cualquiera podría esperar. "Observar los momentos finales de la vida de alguien y cómo su alma deja su cuerpo nunca se transforma en una experiencia normal o mundana. Pero Texas ejecutaba a delincuentes con tanta frecuencia que había perfeccionado su estilo y había eliminado toda teatralidad”, reconoce. 

Los sonidos de los pulmones de los ejecutados en forma de tos o carraspera solían ser lo último que emitían los presos. En los 12 años en los que tuvo que estar presente durante los ajusticiamientos, Lyons solamente escuchó el lloro de un preso y la rabia de otro. La mayoría recibían la inyección con resignación y desasosiego, con el único consuelo de saber que no morirían en la silla eléctrica como sí lo hicieron los presos ejecutados entre 1924 y 1964. Un ligero acto de misericordia en la vida de los asesinos y violadores que acabaron sus días en la camilla de un centro penitenciario. 

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Ser madre lo cambió todo

No fue hasta el 2004, cuando Lyons quedó embarazada de su primera hija, que comenzó a cambiar sus sentimientos hacia la pena de muerte. "Las ejecuciones dejaron de ser un concepto abstracto y se volvieron profundamente personales. Me empecé a preocupar de que mi bebé pudiese escuchar las últimas palabras de los presos, sus lamentables disculpas, sus desesperados reclamos de inocencia”, confiesa en su diario. Los restantes ocho años en los que Lyons continuó en su trabajo, su aversión por la pena de muerte fue en aumento hasta el punto en el que comprendió lo absurdo que resultaba tratar de eliminar la crueldad con más crueldad. 

Publicar sus experiencias ha sido una manera de sacar todos esos sentimientos encontrados de su interior. Desde no poder creer que actuó sin ningún tipo de sentimientos a cómo tuvo que dejar su carrera por el dolor que le producía enfrentarse al horror de tantas personas cada día. “¿Qué dice sobre mí el hecho de que no puedo recordar algunos de los hombre a los que vi siendo ejecutados? Quizá merezcan estar solos y ser olvidados. O tal vez sea mi trabajo recordarlos”, se pregunta Lyons. Puede que jamás consiga responderse o hacer las paces con ella misma, pero sus escritos podrían ser de gran ayuda a quienes todavía piensan que la pena de muerte es la solución y no parte del problema.