El belén surrealista del barrio más chungo de Barcelona te representa a ti

Panas, gatos callejeros, payos, los charcos de agua, tanos, las torres eléctricas y el trompo del coche están todos del mismo bando en el barrio: San Cosme

"¿Ahí se va a pillar droga, no?",  "Joder, ¿en serio eres ahí? Pues aún has salido bien, ¿no?" Todos los que hemos crecido en barrios, también lo hemos hecho a base prejuicios disfrazados de bromas. Eso aparentemente inocuo pero tan peligroso.

Los de Sant Cosme arrastran el estigma del barrio chungo, de ese sitio que mejor no pisar. Pero gracias a una legión de vecinos aguerridos que plantó cara a su lastre por su origen de barraquistas y a la fama de supermercado de heroína que adquirió su barrio en los 80, Sant Cosme se reivindica sin concesiones.

Marina R. Colas

Son las 20h y se abren las puertas. El Pesebre viviente del barrio del Prat enciende las luces otra Navidad y demuestra con una franqueza casi hiriente que sí, que panas, gatos callejeros, payos, los charcos de agua, tanos, las torres eléctricas y el trompo del coche, todos están del mismo bando en el barrio.

Muchas asociaciones de San Cosme —desde los amigos de Extremadura, el grupo de teatro o los del local andaluz— han montado su escena propia del Belén, pero lo han hecho haciéndolo suyo, mezclando un Port Aventura con la Feria de Abril, donde se confunden Angelitos, Romanos y el olor a migas.

Marina R. Colas

La primera en llegar es una familia cargada de carritos de bebés, abuelas, patriarcas y niñas de pelo azabache que corren hacia una escena del Belén donde regalan churros con chocolate recién hechos. "Jamba, hace biruji, eh?", me dice el niño que se ha adelantado a todos, con la camiseta de Camarón y 3 vasos de chocolate que no sabe cómo sostener.

Decido seguir a la familia. Parecen saber muy bien cuál es la mejor ruta. No me equivoco, en la siguiente parada meriendo y ceno de golpe. “Toma migas, niña, estás flaca”. Me ponen un buen puñado en una servilleta y me las como bajo la atenta mirada del Pastor. “Son como las de mi padre”, le digo. Me sonríe.

Marina R. Colas

En cada escena del Belén siento que espío un pisito de una familia del barrio. Niños con zapatillas con luces de neón y calentadores de lana en la antigua casa de los herreros. Mujeres haciendo macramé y punto de cruz ponen a la venta su alijo en la Posada. Un móvil abandonado en la cuna del niño Jesús. El hilo musical que grita "Hacia Belén va una burra" para dar paso después a unas sevillanas. Las del grupo de danza del vientre que mueven la cintura delante de la Virgen. Pestiños. Una caseta cerrada donde se lee "Leprosos". Un riachuelo artificial. Luces rosas y verdes. Lloros de bebés. Chistes malos.

Este pesebre, construido con las manos  de los vecinos, no va  a crear la polémica del de Plaça Sant Jaume, pienso. Porque aquí sí estamos todos representados: cada uno hace lo que puede con lo que tiene. Han convertido algo anodino en una oda a la vida de su barrio, con tanta verdad que es capaz de acallar cualquier broma trillada.