Los austríacos que envenenaron a millones de europeos usando el vino del súper

Se les agrió la uva, así que decidieron añadir anticongelante en el vino para seguir vendiendo. Eso fue en los 70. Hoy en día, hay gente que todavía sufre las consecuencias médicas

El vino es muy frágil, basta con una mala lluvia o un cambio de temperatura para que la uva cambie de sabor y, por supuesto, también el vino. Es lo que pasó en Austria, en los años 70. Fue un drama económico para los vinicultores del país, y no solo porque su exitoso producto iba a saber diferente (y presumiblemente con una peor calidad), sino porque habían firmado contratos muy, muy lucrativos a 10 años vista con supermercados austríacos y alemanes, en los que se exigía que la producción del vino fuese igual y su designación, Prädikat. “Sencilla y llanamente no tenían suficiente Prädikat para suplir la demanda pactada”, recuerda Magnet, contando la historia de este escándalo.

Ante la crisis del vino, Otto Nadrasky, un químico y consultor vinícola que veía prácticamente imposible cumplir con las demandas contractuales, tuvo una idea: añadir anticongelante, en concreto, dietilenglicol, una sustancia que se suele usar para el deshielo durante el transporte de mercancías y que es viscosa, incolora e inodora… pero con un sabor dulce que absorbe el agua. Gracias a este líquido, se podía compensar la falta de dulzor de las uvas, sin tener que añadir azúcar, que rompería el proceso de creación del Prädikat.

Eso sí, un pequeño detalle: su ingesta puede ser mortal. Es decir, al mezclarlo con el vino, se estaba envenenando, poco a poco, a la población. “El dietilenglicol por sí solo es muy dañino. Al pasar a nuestro hígado éste lo transforma en ácido hidroxietil acético y ácido glicólico, lo que puede provocar en primera instancia necrosis y muerte celular y después acidosis metabólica y fallo renal (los efectos y el posible alcance a nivel neuronal son aún más difíciles de precisar)”, explica el artículo. Además, se le añadió azúcar en muchas bodegas (a pesar de que el objetivo inicial era no hacerlo), lo cual potenció los efectos del dietilenglicol en el cuerpo.

Todo empezó a destaparse en 1984 cuando una fuente anónima denunció a la policía que una cooperativa de vino estaba comprando cantidades extrañamente grandes de un producto. La policía investigó y, en efecto, encontró dietilenglicol en el vino. Y en más sitios, los ríos del estado vinícola de Burgenland estaban envenenados: alguien había avisado a los viñedos, que tiraron el producto al río antes de que la policía siguiese investigando… contaminando todo el ecosistema.

Empezaron a confiscar botellas envenenadas. En total, dos millones. Las investigaciones sobre el envenenamiento continuaron, pero no encontraron ninguna víctima mortal por consumir este producto. El veneno estaba tan diluido en la mezcla que para morirse necesitarían consumir doce botellas a la semana. Pero eso no quiere decir que no hubiera afectados: después de siete años con esa mezcla química, hubo gente que acabó con parálisis parciales, piedras en los riñones, desmayos, enfermedades neuronales (que, a día de hoy, siguen sufriendo), hospitalizaciones graves y úlceras estomacales. 

Después de muchas investigaciones, trampas del lobby vinícola para obstaculizarlo, empresas mezclando vinos malos con buenos para evitar que los pillasen, políticas a medio gas y conflictos entre Alemania Occidental y Austria, el primero decidió prohibir todas las importaciones de vino de sus vecinos. Se desató el caos, que siguió en la mayoría de los países y Austria pasó de vender 159 millones de litros de vino al año a solo cuatro. Se retiraron del mercado 38 millones de botellas y el Prädikat pasó de ser uno de los vinos favoritos de Europa central a convertirse en un producto industrial para refrigerar en fábricas y obras. Y, para acabar, un fun fact: hubo otro drama político, porque Japón y China se equivocaron y en vez de prohibir los vinos austríacos prohibieron los australianos.