Antonio Pampliega: El día en que decidí ponerle fin a mi vida cuando estaba secuestrado en Siria

Antonio Pampliega (madrileño de 35 años) tiene una de esas profesiones que ninguna madre quiere para su hijo: es de reportero de guerra. Y a Antonio Pampliega le pasó lo que más aterra a toda madre de reportero de guerra: fue secuestrado en Siria. Pero, a diferencia de otras madres, la de Antonio pudo volver a abrazarle el 8 de mayo de 2015 después de que él y sus compañeros de profesión, Ángel Sastre y José Manuel López, fueran liberados por la facción de Al-Qaeda que les tuvo 10 meses retenidos en el infierno. Vivieron para contarlo y Pampliega lo ha hecho en un libro que se titula En la oscuridad (Ediciones Península, 2017), pero durante su cautiverio hubieron momentos en los que pensó que ya no valía la pena seguir adelante, como cuenta en el siguiente extracto que le dedica a su hermana pequeña Alejandra.

Libro

En la oscuridad: Diez meses secuestrado por Al Qaeda en Siria

Casi 300 días de encierro de los que Antonio Pampliega se lleva la peor parte, porque desde octubre de 2015 y hasta el 7 de mayo de 2016, sus secuestradores le mantienen en aislamiento, creyéndole un espía, en medio de golpes y humillaciones.

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14 DE ENERO DE 2016

Hace tres meses que vivo en absoluta soledad. No sé nada de nadie. Ni de mis amigos ni de vosotros... Estoy completamente solo en este agujero. Solo veo a las personas que me tienen encerrado, y poco. Ellos controlan todo. Han cerrado la puerta y tirado la llave. Ellos me empujan cada día un poquito más cerca del abismo.

A lo largo de este tiempo de soledad, he perdido toda esperanza. Mejor dicho, se han encargado de robármela. Me han robado eso y otras muchas cosas: la felicidad, la alegría, la ilusión, la sonrisa… ¡Hace tanto tiempo que no sonrío! ¡Cabrones! Desprendo tanta tristeza, Aleja. Soy un ser pusilánime. No soy el Antonio que tú conoces. ¿Qué han hecho conmigo? ¿Por qué me están haciendo esto a mí? Ya no aguanto más. No soporto más golpes, ni más humillaciones, ni más vejaciones, ni más sadismo, ni más amenazas de muerte, ni más insultos, ni más interrogatorios ni más risas a mi costa. Sí, cada vez que pueden, me aprietan hasta que rompo a llorar y luego los oigo reírse de mí. Pero aún no han conseguido que llore mientras me golpean. Aún me queda un poquito de dignidad. Eso es lo único que conservo. Lo demás… me lo han quitado.

Lo único que sé, y que tengo absolutamente claro, es que el castigo está siendo excesivo, además de severo. Nadie se merece pasar por esto. Solo quiero que terminen de una vez con todo esto. ¡Que me dejen en paz! ¡Que dejen de castigaros con la incertidumbre! No os lo merecéis. Si me van a matar, que lo hagan lo antes posible. Que sea rápido y, sobre todo, que no me duela.

Pienso mucho en la muerte. Sobre todo después del vídeo que me grabaron el pasado 22 de diciembre. Los he visto colocarme un cuchillo en la garganta… Y no estoy preparado para morir. Ni de coña. Envidio a aquellos que presumen de estarlo. Yo no. Lo intento, de verdad. Trato de hacerme a la idea. Cada día trato de asumir mi destino, pero lo único que consigo es llorar y llorar. Me atormenta pensar cómo afrontar la hora de mi ejecución. Cr o que no voy a ser capaz de mantener la entereza. Soy un niño encerrado en el cuerpo de un hombre de casi treinta y cuatro años. El valor que creía tener no está. Estoy aterrado y tengo miedo. Mucho, muchísimo miedo.

Pienso en ti, en papá, en mamá, en Goyo… No quiero que me veáis por televisión mientras me cortan el cuello. No quiero que veáis cómo me derrumbo delante de una cámara de vídeo. No quiero que me oigáis suplicar por mi vida.

He tomado una decisión. Puede que no sea la correcta. Puede que sea la salida más sencilla. Puede, puede… Pero hay que verse en mi lugar. Me avergüenzo de mi actitud, pero quiero ser yo, de una vez, el que coja el toro por los cuernos. Hace muchos meses que no tomo decisiones. Seré yo, y solo yo, quien decida cuál es mi destino. Sé que no estaréis orgullosos de mí, sencillamente porque yo no lo estoy. Os vuelvo a fallar, una vez más, pero sé que me acabaréis perdonando porque siempre lo hacéis.

No puedo más, de verdad. Estoy desesperado. ¡Ya no puedo más! Miro las dos cuchillas que he robado a mis carceleros en el cuarto de baño. Las sostengo sobre la palma de mi mano derecha. ¡Se acabó seguir siendo un perro! ¡Se acabó seguir sufriendo! ¡Se acabó la incertidumbre a la espera de ir al cadalso! Miro esos dos trozos de metal…