El Angustioso Dilema De Pagar O No Pagar A Los Terroristas En Un Secuestro

Pocas alegrías hay tan hondas y sinceras como la que el domingo por la mañana embriagó a los familiares de los periodistas Antonio Pampliega, José Manuel López y Ángel Sastre. Los tres bajaron las escaleras del avión de las Fuerzas Armadas que los traía desde Turquía tras haber permanecido secuestrados en Siria desde julio de 2015.

Fueron retenidos por la filial siria de Al-Qaeda, uno de las decenas de grupos que tiñen de sangre el suelo del país. Ayer dijeron a la agencia Efe que estaban bien y los habían tratado correctamente.

En marzo de 2014 el fotógrafo Ricardo García Vilanova y el periodista Javier Espinosa también regresaron a España después de 194 días secuestrados en Siria, ellos por el Estado Islámico. La imagen de Espinosa con los brazos abiertos mientras su hijo pequeño corre hacía él aún encoge el alma.

Otros relatos, sin embargo, no tuvieron un final tan feliz. Los padres del periodista americano James Foley tuvieron que enfrentarse a la decapitación de su hijo, también secuestrado en Siria. El mayor horror hecho realidad.

Hay diferencias entre los casos. Cada uno es distinto, del mismo modo que cada vida es distinta. Pero hay hechos que hablan por sí solos. Según una investigación de The New York Times, entre 2008 y 2013, los gobiernos occidentales han pagado al menos 125 millones de dólares (unos 110 millones de euros) a cambio de salvar la vida de alguno de sus ciudadanos. A veces son periodistas y otras cooperantes, trabajadores de empresas occidentales o turistas.

Quien más ha pagado es Francia, unos 40 millones de dólares. España, al menos 11. Los rescates se han vuelto además más comunes. La mitad de esos 125 millones se pagaron en 2013, el último año del que la investigación recogió datos. Y mientras un secuestro en 2003 se podía saldar con 200.000 dólares, hoy algunos han necesitado más de 10 millones.

Estos datos son, sin embargo, previsiblemente oscuros. Ningún gobierno publica estadísticas sobre cuánto dinero da a un grupo terrorista. Y no solo eso, sino que todos niegan haberlo hecho. Aunque casi todos pagan.

El “casi” es aquí el factor determinante. La mayoría del dinero viene de países europeos. Los americanos apenas pagan. Y los británicos pagan menos que los continentales. La consecuencia de esto es doble. Por un lado, un estadounidense o un británico que sea secuestrado en Siria o en las zonas del Magreb controladas por Al-Qaeda tienen más probabilidades de ser asesinado que un europeo continental.

Y a la vez, un estadounidense o un británico tienen menos posibilidades de ser secuestrado. De los 53 secuestros que hubo entre 2009 y 2014, solo tres fueron americanos. Uno de ellos, Foley.

El dilema es apabullante. Parece probado que hay cierto efecto llamada en los países que pagan. Los terroristas lo saben y 'prefieren' a esos nacionales. Oficiales estadounidenses se han quejado de que no es posible establecer una estrategia conjunta con los europeos porque estos acaban siempre pagando. No pagar, sin embargo, acaba a menudo con la víctima asesinada.

Como en la mayoría de dilemas morales, la respuesta es distinta cuando la víctima tiene nombre y rostro que cuando no lo tiene. Pocas dudas entran si uno piensa en la posibilidad de que Antonio nunca llegue a abrazar a su hermana bajo la lluvia de primeros de mayo en Madrid o si se le niega a Javier el calor y la sonrisa de su hijo corriendo hacia él. En otras ocasiones más abstractas, sin embargo, pueden asolar las dudas.