5 jóvenes te explican como el turismo ha cambiado sus vidas

"Están convirtiendo Barcelona en un gran hotel que no todo el mundo puede pagar"

Desde que el turismo masivo irrumpió en algunas ciudades de España años atrás, muchos vivimos entre alquileres con precios desorbitados, extranjeros en masa caminando por la calle en la que compramos el pan, ruidos nocturnos que no dejan dormir e importes de productos de consumo imposibles de asumir con nuestro salario. Pero eso no significa que debamos odiar a los turistas –ellos no tienen la culpa–, sino que tenemos que ser conscientes de como han cambiado nuestras vidas y como podrían ser en un futuro. Porque, de lo contrario, acabaremos viendo normal vivir en medio de un parque de atracciones en el que una botella de agua cuesta más de dos euros y un arroz amarillento que ni se acerque al gusto original de la paella.

Edu Sotos, El Born

Archivo personal

Cuando Edu Sotos, de 33 años, vivió en el barrio barcelonés de El Born, convivió durante cuatro años con uno de los peores rostros del turismo. Los pisos turísticos que había en su edificio hicieron que fuese habitual encontrar vómitos y condones en la escalera, especialmente en los meses de verano en los que los turistas —la mayoría muy jóvenes— parecían vivir en una fiesta continua. El recuerdo "más bestia" que tiene ocurrió la noche que unos turistas tiraban botellas de cerveza desde el quinto piso en el que se hospedaban. Caían a su balcón y al de otros vecinos, por lo que todos salieron a quejarse. Sin embargo, la reacción de los turistas no fue la esperada: "respondieron con agresividad tirándonos cubos de agua e insultándonos. Está claro que fue excepcional, pero la tensión acumulada de los vecinos hizo que la cosa se pusiera muy tensa y tuviera que intervenir la Guardia Urbana".

No solo se vieron interrumpidas las noches de Edu, también los momentos que salía al balcón a tomar el sol y el café por las mañanas. Al vivir en una calle "con encanto" situada al lado de la catedral de Santa María del Mar, siempre había turistas cámara en mano bajo el balcón de su habitación en el primer piso. Explica que estos le hacían fotos –normalmente por accidente– o le saludaban cuando lo último que quería era interactuar con desconocidos ya que solía coincidir con los fines de semana cuando se acababa de despertar con resaca y, en muchas ocasiones, con su ropa interior secándose a su lado. "Me sentía incómodo. Era como vivir en el stories de Instagram de otra persona", admite. Aunque claro, él no había dado permiso en ningún momento.

María T. Poveda Gálvez, La Barceloneta

La Barceloneta es uno de los barrios de Barcelona que más afectado se ha visto por el turismo. María, de 32 años, lo ha sufrido con el “abusivo” incremento de los precios de los alquileres. "Los propietarios de los pisos de La Barceloneta están optando por alquilar las viviendas a turistas, a personas que están de paso. Así que prefieren echar con buenos modales a los inquilinos del barrio y personas que alquilan a largo plazo –como es mi caso– porque ya no les interesa hacer un contrato de varios años”, detalla María sobre una realidad que está desplazando forzosamente a gente que ha vivido toda la vida en el barrio y que, después de vivir tres de años en el lugar, también podría echarla a ella. “La clase obrera que ya no puede pagar los altos precios de los alquileres y a quienes ni siquiera a veces se les da la opción de quedarse”, añade.  

Tal y como pinta ahora el panorama, María supone que, en un futuro, La Barceloneta acabará siendo uno de los barrios más caros de la ciudad y quedará en manos del turismo. "Los bares de siempre no podrán pagar los altos alquileres y finalmente cerrarán. Después los venderán a grandes empresarios", cuenta María al hablar de una posibilidad que probablemente no estemos lejos de presenciar.

Meritxell Saperas, Gòtic

Archivo personal

En algunas calles del centro de Barcelona es imposible moverse en bici o en moto a casi cualquier hora del día. Meritxell Saperas, de 26 años, se ve obligada a caminar con la moto al lado cuando hay una gran afluencia de personas –la mayor parte suelen ser turistas en esa zona–. Su movilidad es limitada, y eso se entorpece, aún más, por la imagen que cree que se ha dado de la capital catalana en el extranjero. "Hay gente que piensa que puede hacer lo que quiera, que se cree que no pasa nada por ser incívica. Pero no. Barcelona puede ser un desfase, pero también hay gente que vive aquí", dice indignada. 

El enfado de Meritxell va más allá de su incapacidad para moverse. Otra de las quejas es la "inasumible" subida del precio de los productos de consumo del casco antiguo de la ciudad. "Ayer compré cuatro tonterías: dos paquetes de palomitas, un Aquarius, zumo y agua, y me gasté unos 12 euros. Esto ya parece Londres, pero con los suelos de España", cuenta al hablar de una realidad con la que también se encuentra en el supermercado más cercano de casa. "El Carrefour de Las Ramblas está hecho para turistas porque casi todo es más caro. Por ejemplo, las cápsulas de café cuestan 85 céntimos más que en otros Carrefours de las afueras", cuenta. Después, asegura que si las cosas no cambian no tendrá más remedio que marcharse a otro barrio.  

Silvia Laboreo, El Raval

Silvia, de 24 años, aún vivía en El Raval el verano pasado cuando los narcopisos empezaron a degradar el barrio. "Cuando salía de casa a las 8:30 para ir a trabajar veía gente pasadísima fuera de estos pisos. Muchos de ellos eran mochileros del norte de Europa", explica Silvia sobre una tendencia que han alimentado tanto residentes de Barcelona como los turistas. Aunque con la llegada de estos últimos, el número de narcopisos suele ser aún mayor porque, por ejemplo, el diario La Directa vinculó a algunos de estos con la especulación inmobiliaria. 

Las drogas han degradado la esencia del barrio del mismo modo que la apertura de restaurantes para turistas. Aquellos en los que aparece un menú de tapas por 18 euros que se puede asumir estando de vacaciones o viniendo de un país con salarios más elevados que los de España. Sin embargo, pocos españoles pueden o quieren pagar importes de este estilo por una comida que, en realidad, nunca tendría que haber valido tanto. "Están convirtiendo Barcelona en un gran hotel que no todo el mundo puede pagar", sentencia Silvia. Después recuerda que esta triste verdad podría acabar echando a un incontable número de residentes de sus casas.

Todos estos testimonios prueban que debemos hacer lo posible para frenar modelo turístico que ha cambiado nuestras vidas. Podemos mostrar nuestro descontento en las redes, protestando en la calle o poniendo una pancarta en nuestro balcón. Quizás no conseguimos nada. Pero lo importante es que, al menos, tendremos la tranquilidad de haber recordado a las autoridades que hace tiempo que no piensan en sus ciudadanos.

Angie Varkal, Gracia

Archivo personal

Angie, de 27 años, ha sido testigo de cómo la esencia del barrio de Gracia se ha ido apagando con el tiempo. Ha ocurrido progresivamente con la llegada de turistas –años atrás se veían pocos en el barrio–, la aparición de comercios con precios más elevados destinados a estos y la apertura de un gran hotel en una de las esquinas de la mítica Plaza del Sol. Y todo ello no ha hecho más que desatar el malestar entre sus vecinos. 

Sin embargo, explica que su mayor enfado se produce cuando se encuentran con extranjeros. Angie, que es originaria de Argentina, lleva tres años viviendo en la ciudad pero su acento hace que los vecinos piensen que también está de paso –que es turista– y, por tanto, que no siempre sean hospitalarios con ella. "Hace tiempo se ve como a los vecinos de toda la vida les caes mal. Cuando me escuchan se cierran en banda, se sienten atacados", dice. Aunque, también es importante es recordar que la responsabilidad no es de los turistas, sino de quienes únicamente piensan en hacer más y más dinero explotando uno de los barrios con más personalidad de la ciudad.