22 Años Más Tarde, La Iglesia Católica Reconoce Su Masacre En El Genocidio De Ruanda

Más vale tarde que nunca; eso es exactamente lo que deben haber pensado los obispos de la Iglesia católica de Ruanda. Más de veinte años después, la institución eclesiástica ha decidido pedir perdón por el papel que muchos de sus miembros desempeñaron durante uno de los genocidios más atroces de la historia de la humanidad: más de 800.000 miembros de la etnia tutsi fueron torturados, descuartizados y vilmente asesinados con machetes y piedras por sus compatriotas de la etnia hutu.

No hubo opción de acogerse a sagrado: Los mismos hutus que oficiaban misa por las mañanas, empuñaban luego un machete por las tardes. "Pedimos perdón por los abusos cometidos por la iglesia. Pedimos perdón en nombre de todos los cristianos por todo el mal que cometimos. Nos arrepentimos de que miembros de la Iglesia violaran su juramento de lealtad a los mandamientos de Dios", reza el comunicado de la Conferencia Episcopal de Ruanda.

Han sido algunos de los supervivientes los que se han encargado de mantener vivo el relato y, más de dos décadas después, sacarle los colores a la Iglesia: sacerdotes y monjas se convirtieron, a la par, en verdugos sádicos que arrebataron cualquier resquicio de humanidad a sus víctimas. El horror fue, en muchos casos, una vil traición, ya que miles de víctimas tutsis fueron masacradas en el interior de las propias iglesias, a las que habían acudido buscando refugio, caridad y compasión cristianas.

Las tensiones entre tutsis y hutus venían de lejos, pese a no haber diferencias raciales ni lingüísticas entre ellos. Durante la dominación colonial belga, los tutsis, que eran una minoría, gozaron de privilegios laborales y sociales, así como de la ostentación de los puestos de mando más importantes en la administración. Tras la independencia en 1961, los roles, sin embargo, se intercambiaron. Los tutsis fueron percibidos como cómplices del hombre blanco en su explotación africana y fueron los hutus quienes, entonces, comenzaron a copar todas las esferas del poder.

Cuando, en 1994, el helicóptero del presidente Juvénal Habyarimana -de la etnia hutu- se estrelló, los tutsis fueron culpados, desatándose así el infierno: en apenas cinco meses, el 75% de la etnia tutsi fue aniquilada. Para ello no hicieron falta armas sofisticadas ni grandes diseños tácticos; la radio emitió mensajes de odio constantes y movilizó a la población hutu local para que salieran en masa a vengar a su presidente y, en definitiva, a su propia etnia, masacrando a cualquier tutsi que se les pusiera por delante.

Mujeres, niños, monjas, curas… De la noche a la mañana, todos ellos se convirtieron en despiadados ejecutores. Ahora, las postura oficial de la Iglesia católica ha dado importante giro, ya que, hasta el momento, el discurso eclesiástico era que, quienes cometieron crímenes, lo hicieron de modo individual y sin tener en cuenta su papel religioso. Las investigaciones y los testimonios de quienes sufrieron y vivieron para contarlo han mostrado que esto no era cierto: miles de miembros de la Iglesia se aprovecharon de su pertenencia a la institución para matar participar en la masacre étnica. 

"Perdonadnos por haber odiado a nuestro prójimo por su etnia. No mostramos que todos nosotros somos una familia. En lugar de ello, nos matamos unos a otro". Unas palabras que, según varios investigadores, podrían contribuir a la reconciliación nacional. El problema es que también llegan demasiado tarde para casi un millón de personas.

Crédito de la imagen: James Nachtwey y United to End Genocide