El 15-M De Los Jóvenes Franceses Que Toman las Calles Para Reivindicar Sus Derechos

Los llaman los indignados franceses. Llevan diez días en las plazas de varias ciudades como Nantes, Toulouse o Lyon y han hecho de la parisina Plaza de La República su particular icono. Tienen, como tuvo el movimiento 15-M, asambleas y comisiones en las que, micrófono en mano, cualquiera puede exponer por qué está allí, qué le preocupa, qué es lo que quiere cambiar.

La protesta no es nueva en Francia, donde como quien dice cada dos por tres uno puede encontrarse con un sindicato paralizando el tráfico de casi cualquier ciudad, pero el movimiento, que se hace llamar 'Nuit debout' (Noche en Pie), ha sido calificado como fenómeno inesperado.

El magma que los impulsa lleva tiempo fraguándose y sus razones van desde los recortes económicos o los problemas para acceder a la vivienda hasta la protesta contra la vigencia del estado de excepción aplicado tras los atentados terroristas que dejaron 130 muertos en la capital el pasado noviembre.

Pero la gota que ha colmado el vaso y los ha echado, literalmente, a la calle es la reforma laboral que el gobierno del socialista François Hollande pretende aplicar. Según denuncian, la norma, que Gobierno y empresarios creen positiva para la creación de empleo, destruye derechos laborales básicos. Entre otras medidas prevé incluir más facilidades para el despido cuando una empresa atraviesa dificultades económicas y que algunos empleados puedan trabajar más del límite de 35 horas semanales que ahora existe. Los jóvenes no están solos en su protesta. Los sindicatos los han acompañado en las docenas de manifestaciones que llevan semanas teniendo lugar en Francia.

La que se celebró el 31 de marzo en París no terminó, pese a la lluvia, como una más. Un grupo de jóvenes decidieron quedarse. Como pasó en Madrid, en Washington, en Hong King. Distintos países, distintas plazas, distintas razones, pero el mismo sentimiento compartido de que algo debe cambiar, de que hay unos que ganan mientras otros, la mayoría, lucha para malvivir. La tasa de paro juvenil en Francia está en el 24%, la mayor en 18 años.

Entre los indignados, sin embargo, no hay solo jóvenes. Michel, un trasportista de 60 años, contó al diario británico The Guardian, cómo se fraguó la idea de quedarse a acampar. “Estábamos en febrero unos 300 o 400 en un encuentro público y nos dijimos: ‘¿cómo podemos asustar realmente al gobierno?’ Y surgió la idea: en la próxima gran protesta, simplemente no nos iremos a casa”.

La idea le debe mucho también al documental Merci Patron!, donde se cuenta la historia de trabajadores despedidos cuando el grupo de moda LVMH, dueño de Louis Vuitton, Sephora o Christian Dior y un poder fáctico absoluto en la República, movió una de sus plantas al Este de Europa para ahorrar costes.

La noche del 31 de marzo empezó proyectando la película y acabó a las cuatro de la mañana cuando la policía los desalojó. Al día siguiente, sin embargo, volvieron. Y al siguiente; y al otro. De momento no se cansan. Han montado una radio y una tele para amplificar su voz. Y aunque son un movimiento horizontal sin cabecillas, están recibiendo asesoramiento de líderes de movimientos ciudadanos como los eurodiputados de Podemos Miguel Urbán y Xavier Benito.

Ellos se dejan asesorar, escuchan y toma nota. Pero son franceses. Y eso se nota. Cual dulces cenicientas al filo de la media noche, después de haber debatido sobre sobre feminismo o precarización, recogen sus bártulos, se van a casa y dejan que los equipos de limpieza hagan su trabajo. ¿Quién dijo que la revolución no podía tener glamour?

Crédito de la Imagen: Nathanaël Semhoun