La vigorexia femenina es el trastorno que está convirtiendo a mujeres en adictas al gimnasio

Ellos quieren bíceps, ellas quieren glúteos. Aunque suene simplista, basta con dar una ojeada a las principales cuentas de fitness, crossfit y bodybuilding de Instagram para darse cuenta de que, en los últimos años, el culto al músculo se ha normalizado entre hombres y mujeres. Es más algunas influencers del fitness como la venezolana Michelle Lewin, apodada ‘La Cuerpa’ y que protagonizó una transformación radical de chica random a fit, acumulan más 12M de seguidores. Por ello, cada vez es menos extraño encontrar a mujeres realmente fuertes dándolo todo en las secciones de peso libre de los gimnasios levantando peso muerto con discos de 20 kilos o dejándose la tarde haciendo sentadillas frente al espejo. Todo ello acompañadas de sus batidos de proteínas, aminoácidos ramificados o BCAA, creatina y demás suplementos para aumentar el rendimiento deportivo y facilitar la hipertrofia muscular.

Sin embargo, hace un par de semanas, la polémica sobre esta nueva tendencia se desató cuando la actriz Beatriz Rico utilizó su cuenta de Twitter para sincerarse sobre su adicción a consumir creatina —un producto para aumentar el volumen muscular— y advertir a todas las chicas que se inician en el mundillo de la musculación. “La creatina no es adictiva, lo que es adictivo es lo que rodea la obsesión por la musculación y el deporte: se llama vigorexia”, declaró el fin de semana la actriz gijonense después de dos semanas de linchamiento en las redes sociales y de que algunos llegaran, incluso, a increparle en su gimnasio habitual. Pero, ¿qué es la vigorexia y por qué nadie la había relacionado con las mujeres antes?

“La popularmente conocida como vigorexia o Dismórfia Muscular (DM) implica una percepción del cuerpo como mas delgado y débil de lo que es en realidad, lo que deriva en graves alteraciones tanto de la actividad física como de la alimentación, llegando a consumir sustancias ilegales para aumentar el desarrollo de masa muscular”, explica el psicólogo, Director de la Unidad de TCA de Instituto Centta y Miembro del Grupo de Investigación ESTILIFE de la Universidad Autónoma de Madrid, Robin Rica. Aunque los datos sobre la prevalencia de la DM en nuestro país siguen siendo escasos, el investigador apunta que hasta 700.000 personas podrían verse afectadas por este trastorno que enmarca dentro del espectro de los trastornos obsesivos-compulsivos. Eso sí, reconoce que la DM femenina es mucho menos común que la masculina —1 de cada 9 casos— y que, por tanto, “es un campo de investigación aún por explorar”.

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Por su parte, el profesor titular de la Universidad Rey Juan Carlos y psicólogo de la Federación de Gimnasia, Amador Cernuda, va mucho más lejos en sus afirmaciones y alerta del rápido aumento de la vigorexia femenina entre las jóvenes españolas. En un artículo publicado bajo el título La vigorexia femenina un fenómeno en alza, Cernuda relaciona esta tendencia con un cambio en los cánones estéticos de las mujeres que demanda mujeres más musculosas y definidas. “Entre las celebridades existe la difícil combinación de lucir un trasero prominente, como el de Jennifer López o las hermanas Kardashian, contrastando con un vientre plano y duro como una piedra así como el deseo de lucir ‘tableta’”, apunta el psicólogo señalando que “según datos de la Sociedad Española de Cirugía Plástica Reparadora y Estética, la abdominoplastia es de las operaciones más demandadas en España y sigue subiendo”.

Pero más allá del recurso a la cirugía, lo que realmente preocupa al experto es la extensión del uso de anabolizantes entre mujeres. “Aunque la mujer vigoréxica no busca el desarrollo espectacular y casi monstruoso de los músculos de algunos varones víctimas de la vigorexia, entra en el mismo circuito de problemas y peligros para su salud que antes padecían únicamente los varones”, recuerda el psicólogo que recuerda el tráfico de productos anabolizantes está muy extendido en España llegando a protagonizar intervenciones como la Operación Burn llevada a cabo en 2013 por la Policía Municipal de Madrid y que incautó 74.310 dosis de hormonas y sustancias anabolizantes que se vendían en gimnasios de la capital por un precio de entre 70 y 80 euros cada una. “A veces son los mismos chavales jóvenes que las consumen son los que enganchan a sus parejas femeninas en la adicción”, indica Cernuda.

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Entre las consecuencias del consumo de estas sustancias en mujeres, el especialista señala “la ginecomastia o voz ronca, reducción del tamaño de las mamas, aumento del tamaño del clítoris, redistribución de la grasa a formas andróginas, aumento del vello facial y pérdida de cabello”. Sin embargo, y teniendo en cuenta que el consumo de esteroides se produce únicamente en los casos más extremos de DM, tanto Cernuda como Rica coinciden en que las consecuencias psicológicas y sociales pueden ser tanto o más dañinas que la parte física. “El cumplimiento obsesivo de la rutina de alimentación y de actividad física, impacta significativamente a nivel social, académico, laboral y también económico. Cuando una persona no puede alterar su rutina de alimentación o de entrenamiento por ningún motivo puede ser habitual que termine ausentándose de planes sociales o familiares y aislándose más en esa rígida y patológica rutina”, explica Robin Rica.

Y es que, como indica la dietista y nutricionista en Alimmenta, Jéssica Hierro, las rutinas alimenticias de las personas vigoréxicas no dejan nada al azar y pueden convertirse en una verdadera obsesión. “Se trata de una alimentación que se divide en 5-6 comidas diarias con un aporte especialmente elevado en proteínas, y algo más moderado en carbohidratos para conseguir que el músculo crezca, limitando mucho el aporte de grasas, frituras y preparaciones con salsa en la dieta. La obsesión por su alimentación es tal que la persona que sufre vigorexia evita comer fuera de casa afectándole en su vida social y familiar”, explica Hierro. Si bien ha tenido clientas que “toman una gran cantidad de suplementos, en muchos casos sin saber muy bien qué toman o por qué lo toman” y que se trata de algo “bastante usual”, matiza que, por su parte, no se ha enfrentado a casos de vigorexia femenina en su consulta.

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Precisamente, uno de los problemas que señala el psicólogo Robin Rica es que, sobre todo a nivel social, la mayoría no estamos al corriente de que estas personas, tan aparentemente sanas y preocupadas por su salud, podrían tener un trastorno psicológico. “Socialmente se cuestiona poco a alguien que está muy activo y cuida mucho su cuerpo y lo que come, por lo que la enfermedad se va desarrollando silenciosamente sobre esa base de dificultades en la gestión emocional, necesidad de auto-validación e insatisfacción corporal”, apunta. Es por ello que, tanto Rica como Cernuda, aprovechan sus entrevistas para hacer un llamamiento sobre un problema incipiente y que será objeto de sus próximas investigaciones. “Es muy necesario revisar nuestros estudios sobre la DM en la juventud española y orientarlos específicamente en la incidencia del trastorno en las mujeres”, concluye el profesor de la Universidad Rey Juan Carlos.

Entonces, ¿qué hacer si sospechamos que a una amiga (o amigo) nuestro se le está empezando a ir la olla con el tema de la musculación? “El primer paso para superar un trastorno y que haya cierta conciencia de que lo es y acudir a un profesional de la salud mental, ya que, aunque tiene que ver con la actividad física y la alimentación, estamos hablando de problemas psicológicos. A partir de ahí lo ideal desde luego es que el tratamiento sea multidisciplinar y contemos con la ayuda de nutricionistas, preparadores físicos, etc.”, responde Rica quien cree que, con la debida ayuda, es posible que esta persona pueda comenzar a “ejercer un control y una flexibilidad sobre esas conductas”. Porque, si algo ha quedado claro, es que todo llevado al extremo es dañino aunque se trate de actividades tan beneficiosas como hacer ejercicio y cuidar tu dieta. Así que moderación en el gimnasio y piensa que, ante todo, ponerse en forma no es una cuestión de estética sino de salud.