Sobrevivir al verano con 'katsaridafobia': cómo es sufrir terror extremo a las cucarachas

El primer recuerdo que albergo de una cucaracha es bastante amable: atrapada entre mis manos, las de un niño, como un juguete cualquiera. El siguiente, años más tarde, es menos entrañable: reflejada en un espejo, escalando por mi cuello y provocándome un ataque de pánico. Entre un momento y otro, una gran laguna mental, un agujero negro en la memoria que esconde la causa que transformó la absoluta indiferencia en el espanto más profundo. Aquello que me hizo dependiente, que me volvió un cobarde, que me llevó a anhelar con todo mi corazón la erradicación irreversible de una criatura ridícula de apenas cuatro centímetros. El origen de mi katsaridafobia.

"Las experiencias traumáticas están detrás de buena parte de las fobias, ya que tienen la capacidad de generar asociaciones mentales muy sólidas entre el objeto protagonista de la misma e intensos sentimientos de rechazo y terror", asegura el director clínico del Instituto Madrid de Psicología, Héctor Galván. No obstante, el experto matiza que las fobias también podrían tener un origen evolutivo. Una interpretación basada en la idea de que el humano está diseñado biológicamente para vincular estímulos amenazantes para su supervivencia con miedos muy agudos.

Aunque aparentemente no representen peligro alguno para la supervivencia humana, la fobia a las cucarachas es una de las más comunes entre las fobias específicas a animales. Galván lo achaca a las características de la criatura: su forma, su color, su velocidad, su sonido. Cualidades que la convierten en un insecto productor de náuseas allá donde va. Y, sin embargo, del asco o el miedo moderado a la fobia hay un camino larguísimo. El camino donde, tal vez, se encuentran evolución y trauma.

Quedarse atrapado en la habitación durante días por la imposibilidad de enfrentarse a una cucaracha invasora. Mantenerse despierto toda la noche para vigilar el escaso hueco que separa la puerta del suelo. Petrificarse ante un encuentro fortuito. Requerir de otras personas para derrotarlas. Sufrir pesadillas recurrentes. Estallar de malestar tras observar una fotografía durante una milésima de segundo. O experimentar una gran ansiedad al escribir sobre ellas hasta el punto de verse obligado a parar y reanudar una y otra vez.

Es ahí, en el condicionamiento de nuestra existencia, donde el psicólogo sitúa la barrera entre el miedo natural y la fobia. “Cuando ese miedo interfiere significativamente en nuestra vida, nos obliga a alterar nuestra rutina y nuestros planes de manera drástica, y tan solo pensar en ello nos produce un malestar intenso, estamos hablando de una fobia”, explica el especialista. Sin embargo, y a pesar del menoscabo en la calidad de vida, el porcentaje de personas que padecen katsaridafobia y acuden a terapia psicológica es muy reducido.

Las razones de esta inacción son varias. "La falsa idea de que puede superarse individualmente, sin ayuda profesional. El hecho de que solo deban enfrentarse al objeto de la fobia durante un periodo de tiempo limitado, cuando las cucarachas regresan con puntualidad suiza para las vacaciones estivales. O la elevada prevalencia de la fobia, que lleva a la gran mayoría de personas a pensar que se trata de un miedo racional y no una patología", argumenta el experto. Este último pensamiento es, además, el punto de partida de la ridiculización de la fobia a las cucarachas.

La situación, vista desde fuera, resulta cómica. La cucaracha es, después de todo, un insecto prácticamente inofensivo en comparación con otros como el mosquito o la garrapata. Esto conduce a quien solo experimenta indiferencia o asco ante ellas a minimizaciones que no ayudan en absoluto a quienes padecemos katsaridafobia: que si “menuda ridiculez”, que si “menuda exageración”, que si “cómo es posible que siendo un adulto seas incapaz de pisarla”, que si “cómo es posible que tengas que llamar a tu novia para que te rescate”.

Ideas y expresiones que refuerzan en el katsaridafóbico la idea de no estar sufriendo ninguna patología y, por ende, no moviendo un músculo para solucionarlo. Y esto, según nuestro experto, es un error muy grave: “Si la persona que padece fobia a las cucarachas se ve obligada a vivir en un entorno donde abundan estos insectos, ello repercutirá en su salud y su bienestar. Si se pasa los días tratando de evitar un encuentro con una de ellas, debe acudir a un profesional”.

Para Galván, los tratamientos que han demostrado más eficacia contra las fobias específicas son los basados en técnicas de modificación de la conducta: exposición gradual al insecto, técnicas de relajación y respiración para controlar la ansiedad, o identificación de comportamientos contraproducentes para reconducirlos. La tecnología, por suerte, viene a echarnos un cable: “Se ha empezado a emplear la realidad virtual, ya que ofrece una exposición a los temores aparentemente real pero en un entorno simulado y controlado”, explica el experto.

Una exposición que, realidad virtual o no de por medio, debe ser escalonada. Nada de introducir a katsaridafóbicos en tanques herméticos repletos de miles de cucarachas. Porque esto, según el psicólogo, "conduce casi siempre a resultados negativos que hacen que se pierda la esperanza y se sienta aún mayor impotencia ante el miedo". Por eso, la principal recomendación que deja Galván es la de buscar un profesional que inspire confianza, "algo fundamental para guiar al paciente en un proceso tan delicado como este".

La noche es oscura y alberga horrores, especialmente la noche calurosa y húmeda del verano. Pero ahora al menos sabes que lo te ocurre es real y que, por suerte, tiene cura. Que, en definitiva, otro verano y otra vida son posibles.