Cómo sobreponerte a la depresión cuando el cáncer afecta a alguien de tu familia

Tan difícil como se me está haciendo escribir estas líneas se me hizo aceptarlo. Era un momento perfecto en mi vida, por fin había alcanzado la estabilidad laboral, económica y personal que tanto necesitaba y, de repente, los planes dieron un giro inesperado y la felicidad desapareció de mi cara. Era un 8 de junio, jueves. Estaba preparándome la cena antes de ir a un concierto. A la vez que abría la nevera, sonó mi móvil. Con escuchar el tono de voz de mi madre ya sabía que algo no iba bien. Apenas dijo un par de palabras, pero fueron suficientes para que un presentimiento negativo inundará mi mente.

Yo sabía que ese “estamos en el hospital” no pintaba bien pero aún así no quise alarmarla e intenté persuadir sus intuiciones. Las horas, días y semanas posteriores no son si no un hecho de lo que yo me temía. Mi padre tenía cáncer. Mejor dicho, tiene. Uno de los complicados, de los que las estadísticas no favorecen, pero siete meses, dos ingresos y una operación después, ahí sigue.

De la negación a la aceptación

Nadie lo ha invitado y nadie sabe cómo llegó, pero ahí está. Campando a sus anchas por tus pensamientos y ocupando por completo tus horas de trabajo, ocio y  sueño. Encajar de primeras un cáncer ya sea tuyo o de alguien cercano es psicológicamente imposible. Desde el minuto uno, te harán llegar frases como “mucho ánimo”, “hay que luchar”, “cuenta conmigo para lo que necesites”. Y se agradecen, por supuesto, pero escucharlas no sirve como técnica de aceptación. ¿Consejo personal? El tiempo. Ese que, según cuenta la leyenda, todo lo cura. Su labor es poner cada cosa en su sitio y, solo dejando que pase, te darás cuenta de que es el mejor en su trabajo.

Por supuesto que vas a llorar. Y nada ni nadie te librará de la ansiedad, el vacío interior y ese miedo irracional a la muerte y la soledad que harán de tu mente un oasis de tristeza. Pero tranquilo, esto no será lo primero que sientas. Hay más. Las fases de la aceptación se dan una a una y en su respectivo orden. Nada más recibir la noticia, lo negarás, pensarás que es una equivocación, un mal sueño del que despertar a pellizcos. Luego llega la ira, pisando fuerte. Con ella buscarás culpables, llorarás de rabia y tocarás la frustración. Negociación, dónde intentas autoengañarte y, al final de esta, llega la peor de todas: la depresión.

En mi caso el autoengaño fue tal que hasta llegué a pensar que mi fortaleza era tangible y había logrado evitar de puntillas eso que llaman ‘tocar fondo’. Falsas creencias. Lo toqué, tanto que me quedé sentada en él una temporada. No sabes muy bien cuando has pasado de nivel. Simplemente, un día empiezas a llorar sin saber por qué, a evitar el tema y te creas un ecosistema de autodestrucción en el que no dejas entrar a nadie y del que no tienes la llave. Tú no. Pero ellas sí. Las ganas de vivir. Esas que se pillaron vacaciones sin decir cuándo volvían pero que un día tocaron tu puerta de nuevo para decirte: “Hemos vuelto y, esta vez, para quedarnos”.

Jamás te sientas mal por ser feliz

Los polos opuestos se atraen, pero sobre todo, se necesitan. Necesitas caerte para aprender a levantarte. Necesitas el sol para secarte de la lluvia. Necesitas las discusiones para disfrutar de la pasión de las reconciliaciones­­­. Y, aunque parezca mentira, necesitas ver lo que puedes perder, para darte cuenta de lo que tienes, exprimir los momentos, dejar brotar los ‘te quiero’ y darte cuenta de que entre sonrisas la vida sabe mejor. Así que cuando por fin aceptes el nuevo camino, volverás a disfrutar. Al principio incluso te sentirás culpable por hacerlo. Por el qué dirán, por si es correcto verte contento, por miedo, por vergüenza. Hasta que entiendas que por lo único que debes preocuparte es por ti.

Ríe, canta, grita, llora, viaja, ama, haz lo que te de la gana a ti, gasta tus minutos como quieras, con quien quieras y como quieras. Pero hazme un favor, solo quiero que me hagas caso en una cosa: nunca te olvides de vivir.