Estos son los riesgos que hacerte un tatuaje puede tener para tu salud

Dicen que el término ‘tatuaje’ viene de la Polinesia, en concreto de la palabra isleña que describe el sonido de un pincho introduciéndose en la piel. Entrando y saliendo, dejando tras de sí la marca de una fina línea negra, serpentina y sugerente, una masa de color que luce intensa, dando vida a la dermis. Los humanos nos hemos tatuado desde hace milenios. La antigua tribu escocesa de los Pictos, por ejemplo, la bautizaron así por estar coloreados, y hay evidencia de que el hombre de hielo apodado ‘Ötzi, y que vivió en el año 3.250 a.c,  llevaba un bigote tatuado en la cara. De hecho, no es algo que los humanos hayamos dejado de hacer en los casi más de 5.000 años que nos separan de él.

Aunque en nuestro país no disponemos de estadísticas oficiales al respecto, un cálculo estimado a partir de los datos de la Academia Española de Dermatología apunta a que un 30% de los mileniales españoles luce al menos un tatuaje en su cuerpo. Cruzando este dato con las tablas del Instituto Nacional de Estadística, el resultado apunta a que aproximadamente existen unos tres millones y medio de jóvenes españoles con dibujos en su piel. Una cantidad nada despreciable que nos lleva a plantearnos: ¿qué riesgos tiene la decisión de decorarnos así?

Tatuarse, ¿un riesgo para el cuerpo?

Lo primero que hay que tener en cuenta es que tatuar es herir. Hablamos de una aguja que atraviesa la piel como una metralleta, a una velocidad de entre 80 y 150 veces por segundo. Esta rapidísima destrucción de la barrera elástica que separa nuestro interior de lo que nos rodea abre la puerta a una serie de riesgos para la salud que conviene tener en cuenta a la hora de decidirse por un tatuaje. Al fin y al cabo, y según algunos estudiosuna de cada diez personas que se tatúan sufre problemas con el resultado.

El primer riesgo, y el más evidente, es una posible infección. Un equipo mal esterilizado implica el peligro de contaminar la sangre y contraer enfermedades nada divertidas como la hepatitis B o el tétanos. ¿La solución? De nuevo, resulta simple: escoge un buen estudio para tatuarte, vigila que el equipo y la tinta utilizados se adapten a las normas sanitarias y, si ves que tu tatuaje empieza a hacer cosas raras, acude rápido al dermatólogo.

Además de una potencial infección, un tatuaje también puede causar una reacción alérgica. La dermatóloga del New York University Langone Medical, Marie Leger, apuntó en la revista Contact Dermatitis dicho riesgo. Por si fuera poco, señaló que incluso si en un primer tatuaje el paciente no ha desarrollado alergia, esta puede aparecer en el segundo o tercer dibujo. Otro problema apuntado por Leger es la posibilidad de que un tatuaje esconda bajo su tinta lunares cancerosos u otros problemas que a un dermatólogo le podría costar más detectar en un examen de piel.

En cuarto lugar, en algunas personas un tatuaje puede actuar como una lupa, aumentando el riesgo de sufrir problemas en la piel por un exceso de exposición a la luz solar. Sobre esto, en este estudio conducido por investigadores daneses se observa cómo, tras examinar a personas tatuadas tras tomar el sol, un 42% de ellas reportó reacciones adversas. Otro riesgo de portar un tatuaje tiene que ver con las resonancias magnéticas, algo que quedó registrado en 2011, cuando a un jugador de fútbol profesional se le quemó su tatuaje negro mientras le hacían esta prueba médica. 

Más recientemente, un estudio publicado en la revista Scientific Reports ha logrado revelar que los pigmentos usados normalmente para tatuar contienen conservantes y contaminantes que viajan por el cuerpo hasta alcanzar los ganglios linfáticos. Esto puede tener un impacto negativo, por ejemplo, a la hora de detectar células cancerígenas. "Si hay pigmentos acumulados en los ganglios, pueden interferir con las técnicas de diagnóstico del cáncer", declaró una de las autoras del estudio en un artículo publicado en El Mundo.

Más allá de estos riesgos físicos, existe otro abanico de posibles riesgos psicológicos o sociales: cierto prejuicio que aún puedan mantener las generaciones más mayores o la perspectiva de llegar a despreciar un dibujo que jamás desaparecerá de tu piel a no ser que asumas el coste que implica quitarte un tatuaje. Pero la solución en estos casos es más sencilla. Todo es echarle morro, imaginar esas líneas sobre la piel llenas de significado y buscar siempre un profesional cualificado. A partir de ahí, el límite es el cielo. Un cielo lleno de tinta y magia.