Tu mente podría estar gobernada por las bacterias de tu intestino

Nuestro cuerpo contiene tantas bacterias residiendo dentro de él como células lo componen, lo que nos convertiría en algo así como mitad humanos, mitad bacterias. Y aunque pueda parecer el argumento de una película gore, hay una realidad científica innegable en torno a estos microorganismos: de manera directa o indirecta, se comunican con nuestro cerebro desde los intestinos para influir en nuestro comportamiento y en nuestro estado de ánimo. Es decir, que damos cobijo a billones de seres con sus propios intereses y sus propios medios para alcanzar esos intereses. ¿Pero cómo funciona exactamente esta influencia?

Según el doctor González Lamuño, director científico del CDEMAC, las bacterias de nuestra flora intestinal no hablan directamente con nuestra mente, sino que provocan cambios en el metabolismo y en los neurotransmisores, las biomoléculas que realmente generan cambios en nuestra conducta. "Dependiendo de nuestro particular tipo de microbiota tendremos un perfil serotoninérgico, dopaminérgico o catecolaminérgico, lo que generará impulsos muy diferentes en nuestra mente en cuanto al tipo de alimentos que debemos ingerir", explica el especialista. Estos alimentos, a su vez, harán que florezcan las bacterias que se nutren de ellos, que volverán a solicitarnos indirectamente estos alimentos, creando un bucle y un hábito.

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Sin embargo, además de la apetencia alimenticia, hay muchas otras cuestiones conectadas de una u otra forma con nuestra flora intestinal: "Nuestra microbiota puede ser determinante en aspectos relacionados con la composición corporal, la tolerancia al ayuno, la saciedad, el gasto energético o la resistencia a la acción de la insulina. Además, resulta muy significativa la relación entre la microbiota intestinal y la respuesta inmunitaria, por lo que cualquier desajuste puede generar una situación de estrés oxidativo y/o dificultades para desintoxicar, haciéndonos vulnerables a agentes tóxicos y gérmenes", señala el experto.

La influencia, no obstante, no acaba en el plano estrictamente fisiológico, sino que se extiende hasta alcanzar repercusiones psicológicas. Así lo explica el director del CDEMAC: "Cualquier cambio en nuestra conducta o en nuestro estado de ánimo puede estar influenciado por nuestras bacterias intestinales y su acción sobre los neurotransmisores. También nuestro rendimiento físico o nuestra inclinación hacia determinadas actividades físicas o intelectuales. Incluso nuestros patrones de sueño", explica el doctor González Lamuño. Una asamblea de microseres okupas diciéndonos qué debemos hacer.

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De hecho, la conexión intestino-cerebro es tan intensa que la microbiota podría condicionar la aparición de trastornos psiquiátricos. Según un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad McMaster de Canadá, las bacterias intestinales podrían jugar un papel fundamental en el desarrollo de conductas ansiosas o depresivas. La transferencia de bacterias intestinales de sujetos con depresión en ratones que no presentaban signo alguno de trastorno psicológico fue suficiente para que, pocas semanas después, estos ratones comenzaran a mostrar síntomas de ansiedad y de depresión. El doctor González Lamuño va más alla: "Existen evidencias que relacionan la microbiota con el autismo o con alteraciones psiquiátricas en personas predispuestas como la psicosis".

Aunque cada persona nace con una microbiota intestinal particular, la clave para mejorarla e impedir que nos juegue malas pasadas es la alimentación. Juana Mª González, nutricionista de la clínica Alimmenta, nos explica qué debemos comer: "Fruta y verdura, ya que los polifenoles que contienen son sustancias antioxidantes que promueven una microbiota saludable y reducen el estrés oxidativo. Legumbre y cereales, ya que la fibra y los carbohidratos fermentables son prebióticos y mejoran la función y ecología intestinal al aumentar el número de bacterias beneficiosas. Y lácteos fermentados, yogures o kéfir, ya que son probióticos y ayudan a aportar bacterias".

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También resulta muy importante, explica la especialista, cómo comemos: "Se sabe que al intestino le gusta más el aporte de energía continuo que el discontinuo. ¿Qué quiere decir esto? Que es preferible realizar un aporte constante de alimentos que aportar grandes cantidades de comida seguidos de periodos de ayuno prolongado". También debemos evitar, añade, el consumo de tóxicos como el alcohol o el tabaco, ya que ambos alteran la mucosa intestinal. Y el uso excesivo de antibióticos, ya que puede desequilibrar las diferentes poblaciones de la flora intestinal, favoreciendo así el crecimiento de algunas especies especialmente resistentes como los clostridios, muy tóxicos para el sistema nervioso central.

La alimentación, sin embargo, no alcanza a solucionarlo todo. Por eso en los últimos años se ha empezado a experimentar con una técnica muy peculiar: la transferencia de microbiota mediante el trasplante de heces. No obstante, explica el doctor González Lamuño, "los trasplantes de heces aún no se han incorporado a la práctica clínica habitual y se restringe su aplicación a situaciones clínicas extremas como enfermedades inflamatorias intestinales refractarias o infecciones graves por clostrodium difficile con colitis asociada". Quién sabe, sin embargo, que nos deparará el futuro. El eje intestino-cerebro parece, a ojos de la ciencia, cada vez más y más importante. Y quizá algún día técnicas como esta resulten de lo más habitual.